Casi todo está parado, eso ya no es novedad sino que está empezando a convertirse en costumbre. También en el sector cultural, los museos, las librerías, los centros culturales y comunitarios permanecen cerrados. Sin embargo en este mes que llevamos de confinamiento estamos consumiendo y produciendo más cultura que nunca. Vemos películas, leemos libros –sobre todo quienes no tienen peques en casa–, buscamos exposiciones virtuales por internet… pero también escribimos, dibujamos, tocamos el piano, dejamos volar la imaginación. Porque la cultura es, precisamente, lo que nos hace humanos.

La cultura no sólo es entretenimiento, ni grandes espectáculos. La cultura no sólo está en el Museo del Prado y en el Reina Sofía, ni siquiera está sólo en los cines y en los teatros principales. La cultura está en cada pequeña exposición organizada con esfuerzo en un centro de mayores de barrio, está en ese proyecto de recuperación de la sabiduría popular de algún lugar perdido del Pirineo, está en la performance experimental y en las notas que salen cada instrumento en cada conservatorio.

Cultura digital y… ¿gratuita?

En tiempos de confinamiento todas esas manifestaciones culturales han visto cómo se bifurcaba el camino, mostrándose dos posibilidades: por un lado los cierres, cancelaciones o aplazamientos y, por otro, la difusión a través de las herramientas digitales por supuesto de forma gratuita y abierta. Pareciera que nuestra mente no concibiera que los contenidos digitales tengan que ser de pago (salvo “honrosas” excepciones como Netflix y plataformas similares).

Escena de la obra de teatro “Home" de Geoff Sobelle, representada en Los Ángeles
Escena de la obra de teatro “Home» de Geoff Sobelle, representada en Los Ángeles

Desde la primera semana de confinamiento el mundo de la cultura se volcó para dar gratis lo mejor de sí mismo con conciertos en vivo desde casa, conferencias y diálogos entre artistas y críticas de arte, festivales virtuales, talleres o propuestas colaborativas de poesía o teatro. Sin embargo ese mismo entramado se encuentra expuesto como casi ningún otro a los riesgos de la crisis económica y al impacto que la COVID-19 tendrá en nuestros hábitos sociales. ¿Se permitirán los eventos con aforo de más de 30, 50… 200 personas? ¿Tendrá la gente liquidez como para comprarse libros, pagar butacas de teatro o entradas para ver las exposiciones? ¿Tendrán las entidades locales presupuesto como para financiar los pequeños proyectos culturales que surgen en el tejido rural o de barrio?

A esta incertidumbre, que es el pan nuestro de cada día en todos los ámbitos de la sociedad, se suma el hecho de que el ecosistema cultural está formado fundamentalmente por autónomos o pequeñas empresas. Hablamos de actores y actrices, pequeñas librerías, editoriales independientes, compañías de teatro… pero también de todo el sector que hace posible su desarrollo, desde las empresas de iluminación y sonido, hasta el transporte, la escenografía, las personas que se dedican a la mediación, quienes imparten talleres o guían exposiciones. Agencias de comunicación, como la mía, dedicadas a dar voz y difusión a proyectos culturales, para lograr que lleguen a la mayor cantidad de gente posible, para conseguir que el arte llegue a todos y todas, que sea para toda la ciudadanía en cualquier lugar.

Cultura generadora de pensamiento y de economía

Los «bastidores» están soportados por una estructura frágil, pese a su capacidad creativa y su potencial de trabajo. Un sector compuesto por pequeños nodos pero que aporta en torno al 3,2% del PIB y da empleo a unas 690.300 personas, según el Anuario de Estadísticas Culturales 2019. Artistas, creadores, técnicos, profesionales… que como cualquier otra persona tienen la mala costumbre de comer tres veces al día –por lo menos– y pagar facturas.

Desde que estalló la crisis sanitaria por el coronavirus y se declaró el estado de alarma ha habido muchas voces que se han alzado desde el mundo de la cultura para reclamar medidas concretas de apoyo al sector. Quejas que han sido criticadas con virulencia por aquellas personas cuya mente está aún cargada de prejuicios. Nos critican quienes piensan que las gentes de la cultura somos poco menos que bohemios y vividores, a quienes se tendría aplicar la ley de “vagos y maleantes” como en el franquismo, que vivimos de subvenciones o de “la teta del Estado”.

Obra de Bansky en Essex St, Chinatown, Boston. Foto: Chris Devers
Obra de Bansky en Essex St, Chinatown, Boston. Foto: Chris Devers

En estos días hemos leído tuits que van desde el sarcasmo a la violencia, escritos por quienes piensan que la cultura es algo superfluo, un lujo, puro ocio o vanidad. Nos acusan de frívolos, de no tener en cuenta el dolor de las víctimas del virus o de querer aprovecharnos cuando hay otras cosas más importantes. Cuando precisamente la cultura es lo que nos va a ayudar a expresar ese dolor, a cristalizarlo como sociedad, a sacar conclusiones a largo plazo e integrarlo como parte de nuestra historia y nuestras vidas.

Hemos escuchado y leído mil veces las palabras que Federico García-Lorca pronunció en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre del año 1931, pero en una ocasión como esta se perfilan como más oportunas que nunca:

“Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”.

Cultura, derecho humano

Hoy el ministro de Cultura se reunirá con representantes de las distintas ramas del sector, de las distintas artes, para valorar posibles iniciativas de apoyo a la cultura ante la situación de pandemia. Por supuesto que, además de lo que pueda surgir de los presupuestos públicos, el ecosistema cultural se esforzará por reinventarse, por buscar formas de llegar al público y de ser sostenibles, por integrar las herramientas digitales como parte de la práctica artística. En eso ya no hay vuelta atrás. Pero confío en las medidas de apoyo del Estado porque creo en esa cultura como bien común, como bien de primera necesidad. Porque hay una pléyade de manifestaciones culturales que nunca podrán ser rentables, pero que no por eso deberían dejar de existir.

Tengo esperanzas en los frutos que puede dar esa reunión y espero que de ella salgan herramientas y medidas que permitan que la cultura pueda seguir el proceso de democratización y crecimiento en el que estaba en los últimos años. Porque si no, las únicas posibilidades culturales que estarán a nuestro alcance serán las de la cultura de masas (permítaseme aquí citar de nuevo a Netflix, cuyo nicho de negocio no está en riesgo en absoluto). Sería esa una cultura centralizada y desarrollada por quienes tienen el apoyo de las grandes empresas, los grandes medios. Sería cultura que no tendría la capacidad de escuchar las voces de las minorías o, peor aún, que apenas podría surgir de esas propias minorías, ni recoger su identidad o necesidades específicas. Consumir cultura, pero también producirla y ser protagonistas de ella es un derecho humano. Prescindir de ella es caminar hacia el pensamiento único y el sinsentido.