Un retrato de Haití al otro lado de su frontera

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Muchas personas haitianas refugiadas en Rep. Dominicana, viven en barraconesA una veintena de kilómetros de Santiago de los Caballeros se encuentra la población de Los Almácigos. Se trata de una pequeña comunidad rural en la que casi un tercio de sus habitantes es de origen haitiano. Aquí, desde hace casi veinte años, los dominicos desarrollan un amplio programa de atención socio-educativa entre los vecinos haitianos.

Las personas refugiadas que llegan desde Haití son, no cabe duda, un colectivo marginal en el país. Pero es fácil caer en la simplificación y pintar de un brochazo una compleja realidad que hunde sus raíces en la historia de esos dos países que comparten esta isla del Caribe.

Uno de los pilares del trabajo de los dominicos, tanto religiosos como laicos, es la educación de los hijos de las familias haitianas. La escuela es el mejor ámbito para la integración. El problema es que muchas niñas y niños de origen haitiano progresan muy poco en sus estudios, entre otros motivos, por no saber español, ya que en su casa se habla en criollo. Por ello, en este pequeño centro de Los Almácigos, se les escolariza para familiarizarlos con el idioma y que este no se convierta en un problema más de los muchos que tienen.

Junto a las aulas, los dominicos han levantado una pequeña sala de estudios con biblioteca. Aquí vienen estudiantes de cursos superiores que no tienen en sus casas las mínimas condiciones necesarias para estudiar. Poco a poco, el apoyo que se les está dando a los jóvenes de Los Almácigos está dando sus frutos.

Extranjeros de sí mismos

Entre la juventud de origen haitiano que han conseguido llegar a la universidad me encuentro con Margarita. Su camino no ha sido nada fácil, más bien al contrario, estuvo empedrado de complicaciones sociales y familiares. El apoyo de los dominicos resultó fundamental para que ahora estudie magisterio.

Margarita, como tantos jóvenes de origen haitiano, tiene el problema de su situación legal en el país. Una compleja trama administrativa hace que los nacidos de progenitores haitianos vivan en esa extraña situación de no saber de dónde son. Margarita, como tantas chicas de Los Almácigos, vive ese desgarro interior de no sentirse ni haitiana ni dominicana. Extranjeros de sí mismos, apátridas de no saben qué patria… solo habitantes de una tierra donde sus gentes luchan por sobrevivir.

Foto. Ricardo Olmedo-Pueblo de DiosLas personas de origen haitiano que viven en República Dominicana trabajan, en su mayoría, en el campo. Hacen faenas duras, largas y mal pagadas. Aquí, en Los Almácigos, me acerco hasta una plantación de tabaco, uno de los cultivos típicos en los que hay mucha mano de obra haitiana. Bajo un sol de justicia, un grupo de trabajadores recoge las hojas que ya están en sazón, mientras que otros se emplean en pulverizar insecticidas sobre las plantas. En el secadero, otro grupo de trabajadores no pierde un segundo en hacer las ristras con las hojas del tabaco que luego se cuelgan bajo los altos techos. Alrededor de cuatro euros, al cambio, pueden ganar estos trabajadores cada día. Pese a todo, les compensa: no tienen otra salida y saben que en su tierra los verbos en futuro son difíciles de conjugar.

Me lo dice María Lucía, una haitiana explusada de su tierra por el hambre: “Allí no encontraba empleo, ni para comer hay. La gente que tiene tierras se queda con el dinero y no nos da trabajo a nosotros”.

¿Dónde y cómo viven muchos de estos trabajadores haitianos? Acompaño a Silvia, una doctora salvadoreña que trabaja en el servicio de salud del proyecto de los dominicos. Sus pasos nos llevan hasta la vivienda de Dedé, un trabajador haitiano que lleva varios días enfermo. Lo que podríamos llamar “la casa” de Dedé no es más una habitación dentro de una edificación de madera que aquí conocen como “los barracones”. Dedé no se encuentra bien y su dolencia no tiene buen pronóstico. Cuando su mujer le abandonó se hizo cargo de sus cuatro hijos. Los misioneros han conseguido matricular a dos de ellos en la escuela dominicana. “A mí me gustaría quedarme en Haití, pero allí las cosas no están bien. Aquí trabajo en el campo y, claro, me gustaría llevar otra vida pero, ¿cómo y dónde?” me pregunta Dedé.

La penúltima idea de los responsables del proyecto de Los Almácigos pretende dar una respuesta a la indigna situación en la que viven muchos de los que están en los barracones. En un terreno de casi tres mil metros cuadrados ya está pensado levantar una sencilla edificación para las familias que viven en condiciones más precarias.

Las esclavitudes de siempre

Pongo rumbo ahora al este del país. A pocos kilómetros de lugares como Punta Cana o Bávaro, voy en busca de los haitianos que viven de la recolección de la caña de azúcar. Estoy en La Higuera y cientos de hombres trabajan sin descanso metidos entre inmensas plantaciones de caña. Bueno, sin descanso, no. Resulta que descansan dos días al año. Por lo demás, el sistema sigue siendo muy parecido a regímenes esclavistas de siglos pasados: ganan una miseria, viven en barracones de la compañía azucarera, compran en las tiendas de la compañía y, como no tienen papeles, pues a callar.

Junto a las casas se instalaron hace unos años unas monjas haitianas que recogen a los ancianos en peor situación, atienden a personas enfermas en su ambulatorio y tienen una guardería para los pequeños.

Las religiosas haitianas han acogido en su casa a un par de hermanas supervivientes del terremoto. Una de ellas ha perdido la razón. Lógico, pienso, si ha pasado cuatro días bajo los escombros de su casa en Puerto Príncipe donde murieron otras dieciséis hermanas.

Según datos no oficiales, en República Dominicana, de 8,5 millones de habitantes, residen más de 800.000 haitianos. Haití, que ocupa la porción occidental y más pequeña de esta isla caribeña, tiene una población de 8,3 millones de personas.

Según una encuesta sobre inmigrantes haitianos en República Dominicana de 2004, elaborada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), el 71% de los haitianos entrevistados afirmaron haber sido ofendidos por dominicanos debido a su origen y color de piel, tanto en el barrio como en su trabajo. «Haitiano del diablo», «negro», «brujo» y «fuera del país», fueron los insultos y agresiones más mencionadas.

Mientras, de vez en cuando, en la prensa dominicana se suelen leer apocalípticos artículos criticando la presencia de los haitianos, avisando de su silenciosa invasión y poniendo en alerta sobre los vecinos.

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