Palestina sin tregua en mitad de la barbarie

Más allá de los deseos de paz que podamos albergar íntimamente, debemos admitir que son muchos los actores que entienden la violencia ya no sólo como un medio válido para lograr sus propósitos a toda costa, sino incluso como un fin en sí mismo, como una forma de vida, por mucho que eso implique negar esa misma vida a otros seres humanos

Imagen de los bombardeos que causa destrucción y miles de bajas civiles, muchos de ellos niños. Autor: Mahmud Hams/AFP via Getty Images, en la web de Amnistía.

Un trágico ejemplo de ello es lo que ocurre desde hace décadas en Palestina, donde confluye un Estado que pretende ser reconocido como democrático y de derecho, a pesar de su evidente incumplimiento de la responsabilidad que le corresponde como potencia ocupante desde 1967 en Gaza y Cisjordania y de sus recurrentes violaciones del derecho internacional en todas sus dimensiones, y un grupo como Hamás (junto a otros como la Yihad Islámica Palestina), empeñado en promover una visión iluminada del islam que contempla el uso de la fuerza como recurso aceptable.

Es obvio que por esta vía ninguno de los dos logrará nunca sus objetivos- sea el dominio total de la Palestina histórica o la instauración de un Estado palestino regido por su particular visión de la sharía-. Pero eso no impide que ambos lleven a cabo acciones tan condenables como las que se están registrando desde el pasado 7 de octubre. Lo que ha hecho Hamás no sólo es absolutamente reprobable, sino que además no sirve a la causa palestina y añade más sufrimiento a quienes se encuentran encerrados en la mayor prisión del planeta al aire libre (sin olvidar lo que ocurre en Cisjordania). Y lo mismo cabe decir de un Israel que, en manos del gobierno más extremista de su historia, ha entrado en una espiral supremacista y violenta que va en contra tanto de los principios y valores que propugna la religión judía, como de su aspiración a ser aceptado por sus vecinos dentro de fronteras seguras.

Tras lo visto en estas últimas semanas, y una vez que la violencia ha vuelto a apoderarse de Palestina, el inmediato futuro no parece que vaya a deparar ninguna buena noticia. Así, podemos entender que:

  • No cabe esperar que ninguno de los actores directamente implicados en el conflicto vaya a modificar su rumbo a corto plazo. Israel, aprovechando la cobertura diplomática y militar que le presta Estados Unidos, continuará su operación de castigo hasta dónde considere necesario, sabiendo que ni los países de la Unión Europea ni los países árabes van a ir más allá de los tan habituales como inútiles discursos de lamento ante cada nuevo ejemplo de barbarie. Por su parte, Hamás tampoco cejará en su empeño, aunque no tenga la más mínima posibilidad de dar vuelta a la situación actual ni de defender (si esa fuera su intención) a la población palestina.
  • Hamás no va a desaparecer por muy duro que sea el golpe sufrido a manos de las fuerzas armadas israelíes. Por el contrario, cabría preguntarse si lo que está haciendo Israel, en lugar de eliminar terroristas, no acabará por crear muchos más, como resultado de la rabia acumulada por muchos de los que sobrevivan en un territorio donde no es posible desarrollar una vida digna, satisfacer las necesidades más básicas y ver respetados los más elementales derechos.
  • El sentimiento antioccidental crecerá sin remedio no sólo entre los palestinos, sino en el conjunto del mundo árabe-musulmán ante la evidencia de la doble vara de medida que se está empleando para responder a lo que el gobierno liderado por Benjamín Netanyahu está haciendo en Gaza y lo que, por ejemplo, Vladimir Putin está haciendo en Ucrania. Y de ahí no cabe esperar más que el auge de nuevas opciones aún más radicales y del terrorismo yihadista dirigido contra objetivos occidentales.
  • La desigual relación de fuerzas sobre el terreno y la pasividad internacional ante las atrocidades que se están cometiendo hacen aún más probable que Netanyahu y los suyos busquen aprovechar la ocasión para provocar una nueva expulsión masiva de la población palestina, con la convicción cada vez más sólida de que eso les aproxima definitivamente a su objetivo final: el dominio total del territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo. De hecho, tras la reanudación de la operación Espadas de Hierro, los ataques israelíes ya se concentran también en la mitad sur de la Franja de Gaza, a pesar de que previamente Tel Aviv había forzado el traslado de la población hacia la zona con el falso argumento de que era un lugar seguro.
  • En estas condiciones ni el derecho internacional, ni los derechos humanos, ni las normas más básicas de la guerra sirven para detener la masacre. Por el camino, la ONU queda totalmente desprestigiada, al igual que tantos otros actores (con Alemania como ejemplo más negativo entre los Veintisiete) empeñados en negar lo evidente y sin voluntad política para actuar en consecuencia. Por su parte, la movilización de la sociedad civil en su afán por detener la tragedia humana y la brutal crisis humanitaria tampoco permite imaginar una pronta detención de la violencia y, mucho menos, la paz en la región.

De ahí que, en ocasiones como esta, resulte especialmente difícil seguir confiando en que, a pesar de todo, al final se imponga la verdad y la justicia y se alcance la paz.

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