México: independencia, revolución y búsqueda de proyecto

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Foto: Alexandre MeneghiniEl país más sureño de Norteamérica celebra dos efemérides clave, el Bicentenario de su Independencia y el Centenario de la Revolución, mientras la sociedad sigue interrogándose por su propia identidad

¿Mueran los gachupines?

El 16 de septiembre de 1810, reunida la población del municipio de Dolores Hidalgo ante la puerta de la parroquia por el tañido de la campana de la torre de la iglesia, el cura Hidalgo se dirigió a sus conciudadanos con esta arenga: “¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII!”. Doscientos años después, México celebra este momento como el del inicio de su independencia. Es el conocido como “Grito de Dolores”.

El caso es que, según algunos, al bueno del cura Hidalgo no lo entendió nadie. El detonante de la rebelión popular, como ocurrió en otros países de América Latina, fue la desaparición del poder legítimo en la metrópoli, donde Carlos IV y Fernando VII, su hijo, habían sido obligados a ceder los derechos sucesorios a Napoleón. Bien es cierto que lo que empezó siendo una rebelión contra los franceses acabó generando un movimiento independentista imparable, que no detuvo ni la vuelta al trono de Fernando VII, pero el cura Hidalgo no gritó “¡Mueran los gachupines!”, como insiste buena parte de la historiografía mexicana. Gritó “¡Viva Fernando VII!”, quizá con la esperanza de que el retorno del Borbón, reivindicado por el pueblo, trajera nuevos aires. En Cádiz, los diputados constituyentes compartían el mismo sueño.

Por otra parte, la causa última del descontento tenía raíces profundas en el “mal gobierno” denunciado por Hidalgo. Los niveles de injusticia social y de abuso de poder eran de tal magnitud que el pueblo no aguantó más. En aquel momento la causa de los males se imputaba al virrey de Nueva España impuesto por José Bonaparte, pero la cosa venía de antiguo. Reclamando independencia, como pronto se hizo, la gente exigía justicia. Como en otras ocasiones en la Historia, una parte de la Iglesia fue capaz de identificar el sufrimiento popular y ponerse de parte de los injustamente tratados.

Doscientos años después, México anda todavía dándole vueltas a su identidad cultural –incapaz en buena medida de pensarse a sí misma en términos mestizos e indígenas– y contempla, con cierto espanto, cómo la pobreza, la desigualdad y la injusticia generan una espiral de violencia que hace recordar la Historia reciente de otros países de la región, como Colombia o los vecinos centroamericanos. La Iglesia Católica, por su parte, tras haber acogido en el pasado el Sínodo de Puebla y haberse posicionado en buena medida de parte de la Teología de la Liberación, se repliega a los cuarteles de invierno y, con honrosas excepciones, vuelve cómoda al lado de los poderosos y a defender posturas socialmente conservadoras. El cura Hidalgo es conocido como el Padre de la Patria, pero es dudoso que estuviera satisfecho de las consecuencias de lo que inició.

También un centenario

Por si celebrar el bicentenario de la independencia fuera poca cosa, México recuerda en este 2010, también, los 100 años de la Revolución Mexicana, uno de los procesos políticos más llamativos y peculiares de todo el siglo XX. La revolución cambió el rostro del país y marcó su destino, sin duda alguna. Pero la democracia que trajo fue de baja calidad y la justicia social no acabó nunca de llegar: las componendas políticas hirieron de muerte ambos caminos.

En México la democracia llegó de la mano de una revolución dividida en su propio seno entre los partidarios de las reformas políticas democráticas y aquellos que identificaban las reformas sociales como la verdadera prioridad de un país conformado, en su gran mayoría, por una población rural y pobre. La conciliación de ambas facciones tras años de lucha dio lugar a un sistema de partido único de facto que dirigió el país durante décadas y que, si bien propició la promulgación de una Constitución muy avanzada y posibilitó un desarrollo social y económico mucho más sólido que los del resto de los países de la región, acabó degenerando hasta el punto de que se cuestionara la propia existencia de una verdadera democracia en México.

Finalmente, los resortes del propio sistema y un activo protagonismo de diferentes actores sociales posibilitaron la alternancia política y, en cierta medida, la regeneración institucional. En todo caso, las ideas de la Revolución Mexicana, su Constitución todavía vigente y la capacidad del sistema, siempre formalmente democrático, para reconstruirse desde dentro, esconden valores que en otros países latinoamericanos han sido negados con frecuencia.

Foto: Alfredo Estrella-AFP-Getty ImagesMéxico, hoy

México es consciente de haber perdido el liderazgo que, durante años, ejerció en el conjunto de América Latina, superado por países como Brasil o Chile, pujantes en lo económico, exitosos en la lucha contra la pobreza y la exclusión y políticamente estables. Ser rico en México es ser rico de verdad, pero buena parte de la población, sobre todo la indígena, sufre una pobreza crónica que no tiene visos de resolverse, y la emigración a Estados Unidos sigue siendo el proyecto vital de millones de ciudadanos. Para complicar más las cosas, el cambio de color político en el gobierno tras 70 años de presencia del PRI en el Palacio Nacional, no ha traído una mayor estabilidad política. De hecho, el Estado parece incapaz de resolver la endémica corrupción inserta en muchas instituciones de la Administración y, peor todavía, ve crecer la violencia vinculada al crimen organizado, que se adueña progresivamente de enclaves como Ciudad Juárez o incluso Monterrey. Y ya parece cosa del pasado, pero va para 17 años que el EZLN se levantó en Chiapas y casi nada ha cambiado para los indígenas.

La doble celebración de 2010 está inundando el país de ceremonias, congresos, actos populares y, sin embargo, México no termina de armar un proyecto colectivo de país que recupere lo mucho de bueno que tiene su pasado (sobre todo en ideas e intenciones), que consolide el presente y que construya un futuro mejor. Como siempre, los signos de esperanza están en las muchas y diversas organizaciones de la sociedad civil (desde grupos barriales a universidades, pasando por ONG) que trabajan, incansables, para revertir la situación. Por suerte, aunque no siempre consiguen alzar la voz, son muchos.

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