Madagascar: cárceles inmundas

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El padre Ángel Santamaría es un misionero paúl que lleva casi 40 años en la isla roja. Entre sus múltiples tareas destaca la atención a los presos de la cárcel de Fort Dauphin y del campo penal de Ranomairity (en el desierto de l’Androy, al sur de Madagascar). Su lucha es devolverles la dignidad y procurar que sus hijos, nacidos en presidio, puedan tener un futuro mejor en libertad.

Limbiaze nació en la cárcel de Fort Dauphin. Su padre está condenado a cadena perpetua, y su madre cumplía varios años por haber cometido un delito empujada por la pobreza extrema en que vivían.

El mundo de esta pequeña se reducía, desde que nació, a un patio miserable de minúsculas dimensiones, unas letrinas desbordadas de heces humanas y el hacinamiento de 573 encarcelados que se disputaban la ración diaria de mandioca con las ratas. Junto a ella otros 18 niños y otras 15 madres como la suya.

Sus primeros cinco años los ha pasado cumpliendo una condena por un delito con el que ella nada tenía que ver. Hasta que llegó a la cárcel Ángel Santamaría. Este religioso paúl, nada más conocer su historia, movió cielo y tierra hasta que logró los permisos necesarios para liberar a Limbiaze.

«Cuando salió a la calle -cuenta el padre Santamaría- se quedó absorta mirando al cielo». «¿Qué te parece?», le preguntó el misionero. «No es cuadrado, es muy grande». La pequeña pensaba que el cielo era sólo el rectángulo que podía ver por encima del enorme muro de piedra que rodeaba el patio de la prisión.

Desde hace tres años la pequeña vive en un internado para huérfanos e hijos de presas atendido por los voluntarios de la Asociación Internacional de Caridades (AIC). Desde allí acude al colegio de las Hijas de la Caridad, come tres veces al día, juega con otros niños, la llevan al médico cuando está enferma y cuenta con el cariño de las voluntarias y los misioneros.

Ahora Limbiaze visita a sus padres durante las vacaciones en el campo penal de Ranomairity donde han sido trasladados.

La cárcel

El sacerdote diocesano Jean Berlín y la religiosa Emerentienne Razanadrakoto son los responsables de la pastoral penitenciaria en Fort Dauphine desde hace un año. Desde que el padre Ángel fue destinado a la zona rural donde los padres paúles tienen una misión de 22.000 kilómetros cuadrados. Más o menos la extensión de todo el País Vasco, Navarra y La Rioja juntos. El padre Ángel conoce muy bien la situación del único centro penitenciario en el sur del país. Esta cárcel, con capacidad para 300 internos, alberga hoy a 573, casi el doble. La mayoría están por robos y conflictos por la posesión de la tierra y el 80 por ciento son analfabetos.

Jean y Emerentienne se ocupan de enseñarles a leer, cuidar su salud y escuchar sus problemas. Fuera son los únicos que se preocupan por agilizar sus papeles. Muchos de los encarcelados son inocentes que no tienen dinero para costear su procedimiento judicial.

“Los que son ricos tienen facilidades en el juzgado y los que son pobres tienen problemas. Es la diferencia entre ricos y pobres en Madagascar. Los pobres son víctimas. Los pobres son siempre víctimas. Los ricos no porque tienen medios y hacen lo necesario para acelerar los juicios. Este es el problema”. Aclara el joven sacerdote malgache Jean Berlin.

Los presos, cuanta Santamaría, se hacinan en un recinto donde las letrinas rebosan excrementos y las ratas campan a sus anchas. Las condiciones higiénico sanitarias son precarias. La alimentación es deficiente. En la cárcel entregan diariamente a cada recluso 300 gramos de mandioca para todo el día. La mayoría de las familias tienen que traerles comida para que no mueran de hambre o caigan enfermos.

La hermana Emerentienne, Hija de la Caridad malgache, explica cómo sobreviven los presos: “La situación de la alimentación es que hay malnutrición, mucha malnutrición. La gente viene del campo y no tiene qué comer. Están lejos de la familia y no les pueden traer alimentos. A causa de la malnutrición hay muchos enfermos en la prisión”

La dirección del penal no nos permitió entrar al centro penitenciario alegando motivos políticos. (Madagascar sufrió el 16 de marzo de 2009 un golpe de estado con un cambio de presidente que la comunidad internacional aún no ha reconocido). Angelo Claude Moha, director de la cárcel de Fort Dauphine intenta explicar por qué hay tantos inocentes encarcelados en este presidio inmundo:“Depende de los papeles. Hay que enviarlos de lejos. Si los papeles están aquí el juicio se celebrará muy rápido”.

Años atrás, un grupo de letrados burgaleses se unió para costear el pago de algunos procesos que el padre Ángel seleccionaba. De este modo agilizaban los trámites burocráticos y podían costear los viajes de los testigos para que, finalmente, se hiciera justicia y los inocentes pudieran recuperar la libertad que nunca deberían haber perdido.
En Madagascar la presunción de inocencia no existe. Cuando se produce un delito todos los sospechosos son encarcelados hasta que un juez dictamina quién es el culpable. En ese instante, los inocentes quedan en libertad. Pero para que se pueda celebrar el juicio es necesario que alguien agilice los trámites, que alguien pague el desplazamiento de los testigos, que alguien subvencione todo lo que el proceso conlleva. Y, por supuesto, que alguien pague los “peajes” necesarios para que se haga justicia. Ese alguien era el misionero burgalés.

El campo penal

En mitad de la nada, surge el campo penal de Ranomairty. Entre las ciudades de Fort Dauphin y Amboasary. El paisaje es absolutamente desértico. Apenas unos árboles dan sombra y sirven para que los presos corten madera y elaboren el carbón vegetal que venden en un puesto junto a la carretera.

No hay muros, ni vallas, ni alambradas. Tampoco torres de vigilancia, ni puertas con pesados cerrojos. Sólo un montón de chozas de palos y paja sin ningún tipo de saneamiento. Tampoco hay luz eléctrica.
Aquí cumplen condena 40 presos con sus familias. En total son 130 personas las que viven en esta cárcel al aire libre. Los niños acuden a la escuela en un pueblecito cercano cuando no tienen que ir a por agua o trabajar con sus padres en las labores agrícolas que el gobierno les ha encomendado a cambio de salir de la prisión de Fort Dauphin. Cinco de los reclusos cumplen cadena perpetua, como el padre de Limbiaze. Algunos llevan casi 20 años trabajando para el gobierno. El nombre del campo, Ranomairty, significa “agua negra”, toda una metáfora.

Los presos están vigilados por un único guardián que cursará una orden de búsqueda y captura si alguno decide escapar. Si lo encuentran tras la fuga, la pena será más dura y jamás volverán a disfrutar de “los beneficios” de un campo penal. “Aquí sólo pueden venir los que tienen buen comportamiento y prometen que no se van a escapar. Es un campo orientado a la reinserción”, asegura el director de la cárcel Angelo Claude Moha sin sonrojarse.

El sur de la vainilla

Madagascar es una encrucijada entre Asia y África; un país desconocido. Apenas tiene presencia en los medios de comunicación y la afluencia de turistas todavía es insignificante a pesar de su exuberancia y belleza.
Se trata de la cuarta isla más grande del mundo con una extensión equivalente a la de España. Es la tierra del “mora-mora”, de la vida sin prisas, el olor a vainilla y las especies únicas.

Los malgaches que habitan la “isla grande” son un pueblo amable y pacífico que se refiere a los extranjeros con el término “vahiny”, que significa “invitados”.

El sur de Madagascar es la zona más pobre del país. Su paisaje es mágico. Matorrales espinosos de la zona subdesértica cubren la tierra a la que dan nombre: El Androy, “el lugar de las espinas”.

La aridez de esta región, habitada por la etnia Antandroy, se puede entender con uno de sus dichos: “El agua es tan preciosa que no merece la pena derramar una sola lágrima”.

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