Las que tiran del carro

nortesur1.jpgMukéchuru quiere decir “anciana” en kinyaruanda, la lengua que se habla en Rwanda. Quiere decir también mujer respetada, con autoridad, cuya opinión se tiene en cuenta. La primera Mukéchuru que conocí no tendría mucho más de 40 años, pero merecía ese nombre sin ninguna duda. Su nombre real es Vénéranda, pero nadie la llama así. Dirige un Centro de Nutrición en un barrio muy duro a las afueras de Kigali. Allí cada mañana atienden a muchas niñas y niños que padecen desnutrición, huérfanos de sida, algunos de ellos bebés muy pequeños. Vienen acompañados de sus madres o abuelas y, con los pocos alimentos que están a su alcance (plátanos, alubias, arroz), Mukéchuru y su equipo –más mujeres increíbles- les enseñan a preparar, y comen allí mismo, comidas nutritivas y equilibradas. Por la tarde, es el turno de las mujeres embarazadas y de los bebés: cursos de preparación, peso escrupuloso, seguimiento de las gráficas, para asegurarse de que los niños crecen bien. La preocupación de Mukéchuru por cada una de esas madres, por cada uno de esos niños, aunque se desarrolla muy profesionalmente, no es sólo profesional. Viéndola trabajar, una diría que es la madre de una enorme familia formada por cientos de mujeres y niños. Muchas personas se acercan a ella, le preguntan, le piden ayuda, consuelo, consejo o simplemente que escuche sus penas. Y tienen la seguridad de que sus respuestas serán sabias, y de que ella, con sus fuerzas de mujer africana, hará lo que pueda.

Una mujer africana, pensamos a veces, puede hacer poco. Pero nos equivocamos. Cuando conocimos a Mukéchuru en 1996, no pudimos llegar a saber con certeza cuántos hijos tenía. Yo creo que son seis, pero cuando una noche nos invitó a cenar en su casa a las afueras de Kigali, descubrimos con enorme sorpresa que vivía con ella y su familia, en su propia casa, una docena de niños y adolescentes. No había manera de distinguir cuáles eran los “suyos”. Estos otros hijos de Mukéchuru eran huérfanos de sida, o niños que habían perdido a su familia en el éxodo de millones de refugiados que siguió a las masacres de 1994, niños abandonados o perdidos a los que esta mujer les ha devuelto la dignidad y la sonrisa, la posibilidad de sanar y de estudiar. Una oportunidad para olvidar las heridas de la guerra.

Aunque reparte lo que no le sobra, Mukéchuru no se siente especial por hacer esto. En Rwanda, durante la guerra y después de ella, mucha gente ha hecho lo que podía, así que si intentas decirle que te admira su solidaridad, te cortará con una mirada de hielo. Ah, sí, una mujer africana también puede ser terrible: cuando alguien se equivoca en perjuicio de los usuarios del Centro –personas muy pobres que sufren mucho cada día- o hace algo con mala intención, esta mujer es capaz de reconducir la situación sólo con una mirada. También vimos un día cómo se le saltaban las lágrimas de alegría y emoción al recibir una donación de leche en polvo para los bebés: en ese momento, varios recién nacidos, huérfanos de sida, estaban luchando por salir adelante, sin madre y por tanto sin leche materna. Y esa donación era un milagro.

nortesur2.jpgMujeres excepcionales

Por mi trabajo, he viajado a África varias veces, y he vivido cinco años con mi familia en el Perú. Allí hemos parido y criado a nuestros hijos. Hemos conocido a muchas mujeres excepcionales, y es imposible comparar entre ellas. Hay muchas formas de ser una mujer excepcional, y son millones las mujeres excepcionales que no conocemos. A pesar de las enormes dificultades culturales, de costumbres, y de la marginación tradicional y actual que sufren en la mayor parte del mundo, muchas mujeres consiguen no sólo salir adelante, sino ser las que tiran del carro. Ése es el caso de nuestra buena amiga peruana, Bene. Benedicta Serrano Agüero, una mujer muy chiquita de tamaño, que llegó a Lima en la infancia desde la fría sierra de Huánuco. La pusieron a servir en una casa, donde con 13 años tuvo una caída, pero no la llevaron al médico a pesar de sus dolores, y desde entonces arrastra una lesión permanente de caderas, resistente a varias operaciones y tratamientos. Con esos dolores, sin estudios y agarrada a sus muletas, fue la primera Presidenta de la Federación de Comedores Populares de Lima. La conocimos en España, hace 13 años, cuando Intermón Oxfam la invitó a contar su experiencia aquí con motivo de las movilizaciones para conseguir el 0,7% de ayuda al desarrollo. Ese mismo año recibió en Cambridge, EEUU, un premio de la Universidad por su trabajo al frente de los Comedores. Otro de los premiados era Noam Chomsky, de quien ella nunca había oído hablar. Con el dinero del premio, compró un cochecito de segunda mano “para taxear”, y un carrito para preparar “salchipapas”… Estrategias de mujer emprendedora para, como dicen los peruanos hábilmente: “recursearse”. Bene fue una de las líderes de un gigantesco movimiento que empezó con las mujeres de los barrios marginales de Lima, y durante años estuvo amenazada de muerte, como María Elena Moyano, primera dirigente de los comedores de Villa el Salvador asesinada por el grupo terrorista Sendero Luminoso, y muchas otras mujeres sencillas que sólo buscaban la supervivencia de sus hijas e hijos.

Es más inteligente compartir

La costumbre de compartir tiene algo que ver con la tradición incaica, pero estos miles de mujeres la han convertido en una estrategia histórica. En 1990, el entonces presidente de Perú, el inenarrable Fujimori, hizo, entre otras intervenciones estelares, un “shock”, un ajuste radical en la economía, para acabar con la hiperinflación de los años anteriores. Eso significó para muchas familias que, de un momento a otro, su sueldo del mes sólo servía para comprar un paquete de fideos. En esas circunstancias, fue la organización de las mujeres la que permitió que millones de personas no murieran de hambre. Cada una puso lo que tenía en casa, y cocinaron en común, a veces sacando las ollas a la calle. Cuando fueron consiguiendo ayudas o donaciones de alimentos, también las pusieron en común. Después se asociaron para aportar una pequeña cantidad, conseguir alimentos sanos, y organizaron su alimentación de manera muy básica: enternece ver en la pared de cada comedor un enorme papel con los precios pagados en la compra de la mañana por cada alimento que se sirve. Y también detectaron los “casos sociales”, personas y familias de la comunidad que no pueden pagarlo, pero tienen derecho a comer todos los días, y por eso se les atiende gratuitamente. Las ollas comunes permitieron a las mujeres reflexionar a fondo sobre su realidad: si se turnaban para cocinar, tendrían tiempo para salir de casa, buscar trabajo, formarse y conseguir ingresos para pagar los estudios de sus hijos. Pero además, reflexionaron sobre la calidad de la alimentación que consumían y se asesoraron con nutricionistas, establecieron centros de acopio para compartir las donaciones y comprar los alimentos al por mayor con precios más bajos, y en cada zona se organizaron por distritos para dar algunos servicios fundamentales para ellas: atención psicológica, abogados, formación para el empleo, pequeñas empresas de servicios… Los expertos internacionales aún no han conseguido explicar completamente este fenómeno. Y cuando conocemos la vida de Bene, es aún más difícil explicarse cómo esta mujer que camina dificultosamente con muletas, y que tiene una hija enferma en cama desde hace casi treinta años a consecuencia de una meningitis que el médico no atendió, ha conseguido dar estudios universitarios a sus otros dos hijos, con el sueldo mínimo de su marido como vigilante. Y cómo ha llegado a ser concejala de su distrito, y se organiza para poder mantener su trabajo como dirigente de las mujeres limeñas: “Hay días que sólo hay dos soles (moneda peruana y coste del pasaje del autobús público) en la casa: si Esther tiene que ir a la Universidad, yo no puedo ir a mi reunión”.

Un mundo de diferencias

Pensando en la vida de estas mujeres, a veces es difícil hacerse a la idea de que son ellas las verdaderas mujeres de nuestro tiempo. Las mujeres occidentales nos sentimos orgullosas de nuestros logros, y creo que es justo y bueno que lo hagamos, pero con mucha conciencia del privilegio del que disfrutamos. Para mí es muy gratificante trabajar en lo que más me interesa (una ONG que se llama Intermón Oxfam, dedicada a la cooperación al desarrollo, acción humanitaria, campañas de sensibilización y comercio justo). En mi organización, la Directora General es una mujer, Ariane Arpa, y hay muchas más en los puestos directivos. Aunque hay mucho trabajo y todo es siempre muy urgente, es una de las pocas organizaciones donde se entiende bien que una persona prefiera reducir su jornada, o tome una excedencia por maternidad. Tengo tres hijos, y es encantador y agotador criarlos, incluso contando con un compañero excepcional para la tarea. A veces me quejo –supongo que como todo el mundo, ¿no?- pero sé que, pensando en la historia de miles de mujeres, mi madre y mis abuelas incluidas, debo sentirme muy privilegiada. Lo más interesante de mi trabajo es, por un lado, participar en proyectos que pueden ayudar a que la vida de otras personas en todo el mundo sea mejor. Y por otro, hacerlo con compañeras y compañeros que a veces conoces personalmente, y a veces no, pero que son de distintos países, etnias, culturas y creencias. Eso nos permite pensar en problemas globales, y buscar soluciones también globales, y nos da mucha fuerza cuando hay que perseguir a los Gobiernos o denunciar determinadas prácticas de las empresas.

En nuestro trabajo, buscamos siempre el “enfoque de género”. Este tecnicismo muy propio de las ONG quiere decir buscar la perspectiva de las mujeres, cómo afectan todas las decisiones que se pueden tomar, cómo podemos hacer para favorecer la igualdad, para promover sus derechos, para que ellas participen y tomen el poder en sus comunidades e instituciones.

Porque lo cierto es que el desarrollo está en sus manos. En manos de mujeres como Mukéchuru, como Benedicta, como Carmen, que gestiona una enorme familia en la selva de Perú, como Maimouna que ha puesto en pie a las mujeres de Matiacoali en Burkina Faso, como Sofía que perdió las piernas por una mina pero salió adelante cosiendo y cría a sus dos hijos, como Ruth que ha trabajado y estudiado a la vez para que su gente pueda vivir mejor. Son mujeres como ellas las que se ocupan de que la gente, en todo el mundo, pueda nacer, comer, descansar, vivir. Y sin esas mujeres, cuyo trabajo no se valora ni se paga, cuya vida vale tan poco y cuyas opiniones no cuentan, el mundo no funcionaría. Porque son ellas, siempre, las que tiran del carro.

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