Fernando Cardenal, la voz que sigue siendo libre

Fernando Cardenal en su despacho en Managua. Estaba terminando un viaje de dos semanas por Nicaragua. Unos reportajes sobre proyectos de desarrollo en educación y con familias campesinas me trajeron hasta ese país centroamericano. Pero me faltaba algo. Mejor dicho, alguien que me contara, breve, alto y claro, cómo está el país. Me encontré a gente que me lo contaba pero preferían hacerlo off the record. ¿Por qué? Bueno, parece que la sombra del gobierno actual es demasiado alargada y no consiente muchas disensiones ni opiniones críticas publicadas.

En ello estaba cuando me acordé de Fernando Cardenal, el jesuita que dejó de serlo por presiones vaticanas y que volvió a serlo por el coraje del padre Kolvenbach, que, cuando vio el momento, propicio lo rehabilitó. Fernando Cardenal fue ministro de Educación durante la revolución sandinista y antes había encabezado la famosa Cruzada Nacional de Alfabetización que logró en menos de un año bajar 40 puntos el porcentaje de analfabetos.

Hablamos un poco de todo, especialmente de la realidad más cruda de su país, el segundo más pobre de América Latina. El jesuita no se anduvo con rodeos a la hora de describir el proceder del Gobierno de Daniel Ortega: “tenemos un gobierno de orientación autoritaria. No respeta las leyes ni la Constitución. Acaba de hacer una reforma para poder ser reelegido indefinidamente. Antes, como en otros países, se podía reelegir una vez más. Ahora no. Ahora es indefinida, todas las veces que el presidente quiera. Eso lo hizo el presidente, no el Congreso. No estamos en un Estado de derecho, sino de lo que la pareja presidencial está decidiendo que se haga”.

Hablamos sobre la falta de voces autorizadas que critiquen la situación política: “Es que hay mucho miedo. Por eso en las encuestas aparece el presidente con tanto apoyo popular a su gobierno. Hay contradicciones en esas encuestas. Te dice la gente que está muy mal, que hay mucho desempleo…pero que el Gobierno va bien. Este gobierno está comprando el voto de los pobres, con dinero venezolano, con regalos, láminas de zinc, bonos alimenticios, animalitos para los campesinos, hay muchos regalos para, de esa forma, ir comprando votos”.

La cuestión es cómo se puede hacer esto. Cardenal me lo cuenta: “El presidente maneja 500 millones de dólares anuales donados, primero, por el presidente Chávez y que luego el presidente Maduro ha mantenido. Una ayuda que no viene al presupuesto del país. No entra en educación, en salud, en seguridad social. Va directo al presidente, es un regalo que no tiene control. Y lo que hace es manejarlo pagando grandes anuncios publicitarios de su persona con los que ha llenado todo el país, actividades políticas, los regalos a la gente, etc”.

Un cartel lleno de firmas de afecto que decora el despacho de Fernando Cardenal. Fernando Cardenal es director de Fe y Alegría Nicaragua, con lo que llevo la conversación a su terreno: la educación. La situación tampoco parece muy satisfactoria: “No hay un proyecto educativo nacional, cada ministro hace uno. No hay continuidad para que, venga quien venga, se continúe con el proyecto. El problema principal es la baja calidad de la educación. Cada año entran entre 30 y 40 mil candidatos para la universidad. No más allá del 7% pasan el examen de matemáticas. Es un desastre, es un cataclismo nacional. Es un escándalo, el escándalo de enero porque cuando llega febrero ya se pasó, porque nadie se plantea solucionarlo y hasta el enero siguiente. Lo mismo sucede con la lengua, cuyo examen solo lo pasa el 20%. Ha habido avances en la cobertura, hay más estudiantes, la educación es gratuita. Pero no basta con llevar a la gente a la escuela, tiene que ser de calidad si no, es un engaño”.

“Los datos que da el Ministerio de Educación son falsos -comenta Cardenal-. No podemos estar casi como un país europeo. El ministro que vino después de mí suspendió el programa de educación de adultos. Ese ministro decía que nuestro programa era muy importante, pero que buscaran ayuda económica en las alcaldías y en las iglesias, es decir, limosna. ¿Qué pasó? Comenzó a crecer el analfabetismo vegetativo. No sabemos cuánto hay, por la propaganda política. Pero hay mucho más de lo que dice el Gobierno. Estamos seguros”.

Nos vamos al terreno eclesial, donde las cosas sí han cambiado: “Ahora hay una Conferencia Episcopal de verdad –comenta Cardenal– antes solo se oía hablar del cardenal Obando. Y se trata de una conferencia con valentía y coraje, con actitud profética permanente contra toda violación de los derechos humanos, de la Constitución y de las leyes. Los obispos están muy unidos. Por ejemplo, la crítica a la reforma de la Constitución es un documento genial y consensuado por todos. Después de años de pedir diálogo con el presidente, les recibió y llegaron con un documento con todas las cosas que no están funcionando en el país. Se lo entregaron al presidente, pero no hubo diálogo. El presidente dijo que iba a estudiar el documento. Eso fue hace seis meses. Todavía no ha contestado. Yo me siento ahora feliz, después de ver durante años con tristeza a la Iglesia, a la que yo amo y a la que pertenezco. Ahora tenemos, por un lado, al papa Francisco. Y, por otro, a monseñor Brenes, nombrado cardenal por este papa, que se parece mucho a Francisco en la cercanía con la gente, en la pastoral con los pobres.

Me propongo acabar en positivo y le pido que me telegrafíe qué quedó de aquella revolución. Fernando no tarda ni dos segundos en pensarlo: “Tanta gente alfabetizada, la cooperativas campesinas, la reforma agraria… Y algo más intangible: la conciencia de la gente. La revolución trabajó mucho en formar personas críticas. Es difícil decir con toda claridad porqué Nicaragua es el país más tranquilo de la Centroamérica norteña comparado con Guatemala, Honduras, El Salvador. Este país es un paraíso, no es que no haya delincuencia pero la comparación resulta aplastante para esos pobres países. No se ha hecho un trabajo sociológico profundo pero hubo una revolución que creó conciencia. Somos mucho más pobres que esos otros países, la delincuencia es producto de la pobreza. Sin embargo, aquí tenemos esa feliz contradicción”.

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