Estallido social o actitud sensata, en el Perú

Resulta muy difícil entender desde afuera lo que está pasando en el Perú, pero todavía es más difícil que sus pobladores puedan imaginar qué será de sus vidas y de este país en unos meses cuando concluya el gran cataclismo social que acaba de empezar.

Imágenes de la intervención policial en Cuzco, en las cuencas de Patacancha y piso de Valle de Ollantayta.

Todo se inició cuando en las elecciones generales del 5 de abril de 2021 la votación por el candidato llamado Pedro Castillo, maestro rural cajamarquino, pasó en pocos días del sexto al primer lugar. En la segunda vuelta, Castillo creció arrolladoramente en las áreas rurales y superó a su rival Keiko Fujimori, en apenas 44.000 votos.

El nuevo presidente, Pedro Castillo, surgió en la escena pública peruana como líder de una agrupación sindical -el sindicato «rojo» de maestros que había puesto en jaque a varios gobiernos- arrebatándole la hegemonía al Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (SUTEP). En 2017, después de una tensa huelga, el SUTEP decidió dialogar con el Gobierno a cambio de obtener beneficios políticos. En Cajamarca, Pedro Castillo, líder local hasta entonces desconocido por la opinión pública, se enfrentó al SUTEP y comunicó al Gobierno que los maestros por él liderados seguirían en huelga.

En los años siguientes, el perfil político de Castillo se fue difuminando, reapareciendo «sorpresivamente» en las elecciones del 2021. En la segunda vuelta, los niveles de polarización política aumentaron de manera alarmante, gracias al considerable apoyo del establishment limeño a Fujimori, incluyendo a grupos conservadores y de extrema derecha, en oposición al entusiasmo político de los partidarios de Castillo, mayoritariamente del interior del país, además de grupos de extrema izquierda. El temor a la izquierda llevó a los simpatizantes de Fujimori a caracterizar a los seguidores de Castillo como «terrucos», un término despectivo utilizado entre 1980 y el 2000 para referirse a los miembros de la organización terrorista Sendero Luminoso.

Entre los grupos de mayor poder económico y social en el Perú, que suelen acaparar los espacios del Estado, se suele calificar de «izquierda» a todo lo que se mueve en contra de lo que piensan, creen o defienden. Esto es característico, además, de la extrema derecha, que necesita siempre de un discurso maniqueo y absoluto para evitar cualquier debate. La palabra «izquierda» les es útil para poder, de inmediato, desplazarse hacia el terruqueo o -peor- el ninguneo, con un matiz abiertamente racista, de los opositores, que resultan siempre ser manipulados, ignorantes…

Resistiendo a los partidarios de Fujimori, que demoraron varias semanas en aceptar el triunfo de Castillo e insistían en pedir la anulación del resultado electoral arguyendo prácticas ilegales y fraudulentas -que nunca llegaron a demostrar- por parte de los votantes de Castillo, el Jurado Nacional de Elecciones, con absoluta transparencia, declaró ganador a Pedro Castillo.

Nunca antes había ocurrido algo así; la mayoría de ciudadanos de las provincias del interior sintieron que, por primera vez, uno “como ellos” había logrado hacerse con el poder. Estaban exultantes. Mientras, los perdedores, se resistían a aceptar que un “cholo”, “un indio ignorante” fuera quien gobernara el país que consideraban suyo desde el virreinato.  Este fue el clima político y social que marcó al Perú desde el inicio del gobierno de Castillo hasta el día en que él, inexplicablemente, disolvió el Congreso y, por ello, de inmediato fue cesado por la mayoría de congresistas y llevado a prisión. 

LO QUE PUDO SER Y NO FUE

El fracaso de Castillo ha sido analizado desde diferentes enfoques. Objetivamente, algunos arguyen que no tenía un partido que lo respaldara y que Perú Libre, el grupo político con el que logró postular como candidato, tenía su propio ideario marxista de comienzos de siglo cuyos objetivos políticos eran distintos a los que el candidato expresó en su campaña.

Los medios de comunicación, como suele ser usual, respondieron a los intereses de sus propietarios desde el Congreso y fueron muy hábiles en mostrar las inconsistencias, los errores y los atisbos de corrupción que detectaron en Castillo.

Castillo, un hijo más del sistema educativo de bajísima calidad que existe en el Perú provinciano, además, careció de buenos asesores. La mayoría de ellos terminó abandonándole y no tuvo un norte fijo. Aislado y solo intentó ayudar desde el poder a los más pobres cercanos a él, pero en sus discursos suavizó muchas de sus propuestas como la promesa de cambiar la constitución, arguyendo que solo se haría si toda la sociedad estaba de acuerdo y siguiendo los procedimientos constitucionales.

Durante los 16 meses de gobierno, sus logros políticos fueron escasos, casi cero. A su falta de recursos humanos y de gestión se juntó su limitado manejo político. Sin embargo, para sus partidarios, Castillo no fracasó, sino que no le habían dejado gobernar. 

Por eso, horas después de la destitución de Castillo, el clamor que recorrió el país fue el reclamo de su regreso al poder. El Perú de las provincias, de los campesinos y de los pobladores de la Amazonia peruana tomó conciencia de que, una vez más, los limeños, los empresarios de la costa peruana, los ricos seguían sintiéndose dueños del país y los pobladores andinos y amazónicos estaban condenados a seguir ninguneados y despreciados por los blancos y poderosos. 

El Perú es rico en materias primas, en cultura y calidad humana, pero con mucha pobreza, injusticia y desigualdad. Un país cuya clase social dominante es tremendamente discriminadora. Pobreza y discriminación constituyen una mezcla explosiva.

Actualmente, un pueblo indignado rechaza a la presidenta Dina Boluarte, quien fuera vicepresidenta de Castillo, a la que consideran traidora y exige que se convoquen elecciones en el menor plazo posible y que se cambie la constitución.

Quienes ganaron las elecciones no tienen hoy otra forma de manifestarse que saliendo en marcha hacia Lima y es lo que han hecho formulando consignas contra la pobreza y la discriminación. Desde el Congreso, liderado por la presidenta Dina, se ha recurrido a las amenazas y a la represión dejando en menos de dos semanas más de 50 muertos. Lamentablemente, se desconoce hasta la fecha quiénes son los asesinos de los civiles muertos.

El futuro es oscuro. Puede ser luminoso y también dramático. Nadie sabe qué pasará mañana. Lo que se ha visto estos días es una población que camina hacia la capital reclamando su derecho a ser escuchados. Ese río seguirá su curso cada vez con más fuerza y, ojalá, que logren ser tomados en cuenta sin morir o matar.

También puede haber un feroz estallido social o una actitud sensata y generalizada que haga posible el surgimiento de un Perú en el que todas las personas se sientan iguales y ciudadanas. Apostemos por esto último.

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