En Sudán del Sur, el país más joven del mundo

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Foto. R.O. No todos los días vemos nacer un país. Hace poco más de un año –el 9 de julio de 2011– venía al mundo Sudán del Sur, la nación número 153 del planeta y la 54 de África. La gestación y el parto no fueron fáciles. Dos largas guerras civiles, un acuerdo de paz y un referéndum fueron necesarios para que viese la luz de la independencia frente a Sudán, su vecino del norte. Ahora hay que escribir una nueva historia en un territorio lleno de problemas.

La primera vez que estuve por aquí, estas tierras eran el sur de Sudán. Vuelvo ocho años más tarde y ya es Sudán del Sur. Entonces, finales de 2004, había terminado la guerra, aún no habían derribado el helicóptero donde viajaba John Garang (líder del SPLM) y tampoco se había firmado el acuerdo de paz que dio paso al censo y al referéndum. Todavía no se podía viajar a ciertas zonas del país porque estaba en manos del ejército sudanés.

Cuando he retornado veo esperanza en la gente y pequeños síntomas de que la mentalidad de los tiempos de guerra está cambiando: en las pequeñas ciudades hay unos incipientes mercados y en la capital, Juba, hay una actividad inusitada.

Pero, excepto el nuevo estatus político, todo está por hacer en una de las regiones menos desarrolladas del continente africano. Los índices de desarrollo son alarmantes. El 90% de la población vive por debajo del nivel de la pobreza, solo uno de cada tres menores va a la escuela y uno de cada cuatro muere antes de cumplir cinco años. Tantos años de guerra destrozaron el escaso entramado social que había. Porque la realidad es que lo que ahora llamamos Sudán del Sur siempre fue la zona más terriblemente subdesarrollada de Sudán. Ahora se trata de un país que necesita absolutamente de todo, donde nada se produce, la agricultura está bajo mínimos y no hay profesionales de casi nada.

Por otro lado, los conflictos con el vecino del norte no acabaron el día de la independencia. Las fronteras no quedaron perfectamente claras en los acuerdos bilaterales. ¿Y cuáles son las zonas en litigio? Casualmente aquellas donde hay mayores reservas petrolíferas. Esto ha provocado en los últimos meses una escalada de tensión entre los dos países, escarceos militares, seres humanos muertos y desplazados. La llamada a la calma por parte de Naciones Unidas y, sobre todo, por parte de China –la gran interesada en los recursos naturales africanos– parece que han dado algún fruto y los responsables políticos llevan varias rondas de negociación.

Los conflictos en la frontera han provocado uno de los grandes problemas actuales: miles de personas refugiadas, unidas a las retornadas sursudanesas que vivían en el norte. Me encuentro con uno de estos campamentos en las afueras de Yirol, una ciudad del centro del país. Desde que acabó el conflicto, allá por 2004, comenzó el éxodo de vuelta de las personas sursudanesas que vivían en el norte, la mayoría en Jartúm. Aún recuerdo la visita que hice a uno de los primeros campos de retornados y retornadas. Era en las afueras de Rumbek y el entonces obispo Césare Mazzolari ya vislumbraba lo que, con el tiempo, se ha convertido en una gran marea humana de regreso a su tierra.
Foto. R.O.
Las cifras, en un país donde cualquier dato es aproximado, dicen que cerca de 400.000 personas han vuelto desde la independencia. En muchos casos, obligados por la presión de las autoridades de Jartúm, empeñadas en borrar de su territorio a barrios enteros de personas nacidas en el sur. Después de muchos días de un viaje en penosas condiciones, estas familias de las afueras de Yírol se encuentran viviendo bajo unos plásticos y dependiendo del Programa Mundial de Alimentos para comer algo. Últimamente llegan menos sacos de comida y nos tememos que el tiempo de lluvias haga aún más difícil el reparto. Una dificultad añadida a las muchas que ya tienen.

En este panorama de un país donde todo está por hacer, el papel de la Iglesia es de capital importancia. A día de hoy es la única institución que puede vertebrar y ayudar a implantar la idea de una nueva nación entre la población sursudanesa, gran parte de la cual no tiene conciencia de pertenecer a ninguna comunidad sociopolítica más allá de su tribu. Es más, en muchos casos esa cuestión identitaria se refuerza entrando en guerra con las tribus vecinas. Un encuentro celebrado en octubre del año pasado por la Iglesia sursudanesa lo puso aún más de manifiesto, junto con la certeza de que la mayoría de las pocas iniciativas eficaces de desarrollo las llevan a cabo las congregaciones misioneras. Entre otros, los misioneros combonianos, cuya historia está unida a la de este rincón de África.

Me encuentro, tras ocho años desde mi última visita, con un comboniano español, el padre José Javier Parladé. Cuarenta y dos años después de llegar a Sudán, la mitad de ellos viviendo en el sur del país, José Javier ha hecho de este rincón de África su lugar en el mundo. Este sevillano ya no se entiende a sí mismo lejos de África. Compartir su existencia con la de la población de Sudán del Sur le llevó a vivir largos años de guerra, de aislamiento, de penalidades, de esas aventuras marcadas en negrita en una biografía.

En Sudán del Sur hay una palabra que dice mucho, una palabra que evoca lo mejor, una palabra que no es inglesa ni árabe ni dinka ni nuer ni proviene de ninguna de las decenas de lenguas nativas. Se trata de la palabra “comboni”. La figura de Daniel Comboni y la presencia de sus misioneros en esta parte del mundo han dejado una estela de confianza y de credibilidad entre el pueblo. Es sinónimo, por ejemplo, de escuela, ya que los combonianos siempre promovieron la educación allá donde llegaron. La ciudad de Yírol no es una excepción y José Javier Parladé, tampoco. La escuela de primaria Comboni, junto a la misión, es una más de las decenas de centros escolares abiertos por este hombre. Miles de niños y niñas de Sudán del Sur saben, al menos, leer y escribir, gracias al empeño de este misionero. Sus compañeros de congregación están repartidos en varias misiones por el país. Promueven escuelas de agricultura, centros de formación y una red de emisoras de radio, entre otras cosas.

Una de las recientes iniciativas eclesiales más interesantes es el SSS (Solidaridad con Sudán del Sur). Se trata de la respuesta a una llamada de los obispos a abordar las necesidades críticas de educación y sanidad del país. El proyecto responde a estas necesidades vitales uniendo las fuerzas de más de 60 congregaciones religiosas que se han asociado para apoyar el desarrollo en este país, el más joven del mundo.

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