Chile: hasta el 2010 y más allá

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Pag._19_Bicentenario_Chile_Alameda_Septiembre_2009-Web.jpgTodos los países del mundo presentan características propias; peculiaridades, a veces paradójicas, imposibles de extrapolar a otras latitudes y que conforman en buena medida el carácter propio de cada nación. En el caso de la República de Chile, las singularidades se amontonan.

Chile es uno de los países de la antigua América española en donde la democracia se asentó con más firmeza tras el proceso que llevó a la independencia y también, extravagancias del destino, el que sufrió una de las más férreas dictaduras militares en los años 70 y 80 del siglo XX. En Chile, por primera vez en la Historia, triunfó una revolución marxista por la vía de las urnas, pero sólo unos años más tarde era el laboratorio en el que se experimentaban las políticas neoliberales más descarnadas. La democracia volvió, una vez más, como consecuencia de un proceso democrático, pero la dictadura quedó inserta en las instituciones a través de una Constitución imposible de modificar, de senadores con cargos vitalicios y de una autonomía de los militares que costó décadas desmontar.

La democracia trajo consigo cuatro gobiernos progresistas consecutivos, pero el Estado del Bienestar era una entelequia hasta hace poco más de un lustro. El desarrollo económico ha sido gigantesco en las dos últimas décadas, pero el índice de desigualdad social del país sigue siendo de los mayores de América Latina. La movilidad social brilla por su ausencia en el país, pero el sentido de la solidaridad de los chilenos es grande y constatable. Chile es un país socialmente conservador, pero la Democracia Cristiana se posiciona en la izquierda del espectro político.

A modo de paradoja última, en un año de celebración nacional, el del Bicentenario de la Independencia, dos desgracias han marcado la agenda y el ánimo del país: el terrible terremoto del 27 de febrero y el hundimiento de la mina San José, que atrapó –por suerte, con vida– a treinta y tres trabajadores. Algunos también viven con cierta desazón el hecho de que la derecha haya alcanzado el poder precisamente en este año de celebración, tras más de medio siglo de no acceder al gobierno por vías democráticas. El nuevo presidente, Sebastián Piñera, es en sí mismo un personaje paradójico: acumula una de las grandes fortunas del país y le adornan ciertos tintes populistas –resulta comparable, en este sentido, a Berlusconi–, pero también puede presumir de auténtico demócrata, habiéndose opuesto públicamente a Pinochet en su momento, financiando incluso de su bolsillo parte de la campaña que apoyaba la destitución del dictador en el plebiscito nacional de 1988. Los propios chilenos son muy conscientes de este cúmulo de paradojas que les identifican y viven en sus propias carnes la tensión, entre el orgullo y el desánimo, el alarde y la impotencia, que resumen en una expresión popular muy expresiva: “Viva Chile mierda”.

Año 2010, Bicentenario de la Independencia de Chile. ¿Qué celebran los chilenos? ¿Cómo viven la efeméride? Al contrario que en otros países del continente, Chile no ha cargado las tintas en elementos identitarios y reivindicativos. Probablemente hay varias explicaciones para ello. Por un lado, con sus luces y sombras, la institucionalidad chilena funciona bien y no hay tanta necesidad como en otros países de disimular las carencias propias recordando las ajenas. Por otro, Chile se siente inserto, mal que bien, en el club de los países exitosos, con sus acuerdos comerciales bilaterales firmados con la parte norte del continente y con su reciente ingreso en la OCDE. Es posible también que se intente evitar la explosión de una patata caliente interna, la de las reivindicaciones del pueblo mapuche, que se siente agraviado por el trato recibido por los chilenos mucho más que por su histórica relación con la antigua Corona española, que nunca llegó a dominar sus territorios.

Todo esto no quiere decir que Chile esté ignorando el acontecimiento, sino que ha decidido vivirlo como un reto social de gran alcance. Impulsado por iniciativas de la sociedad civil, el país ha asumido una especie de examen de conciencia colectivo, mirándose a sí mismo y a sus carencias para intentar superarlas con espíritu de empresa colectiva. La reflexión de fondo es: tras 200 años de vida independiente, de manejar sin condicionantes externos nuestra propia suerte, ¿qué sociedad hemos construido? ¿Cuáles son nuestros logros y en qué aspectos nos hemos quedado cortos? ¿Qué bases ponemos para sentirnos orgullosos de nosotros mismos y seguir caminando?

Hace unos años surgió una iniciativa concreta que ha movilizado ingentes esfuerzos colectivos. Se llama Un Techo para Chile y tiene como lema “2010 sin campamentos” (sin chabolas, que diríamos por aquí). Nacida en el seno de la sociedad, apoyada por instituciones públicas y con el concurso de la iniciativa privada, se planteó como desafío erradicar el chabolismo en Chile para el año del Bicentenario y prácticamente lo habría conseguido de no ser por las terribles consecuencias del terremoto de febrero.

Este terremoto mostró, al mundo y a los propios chilenos, las dos caras que definen a un país a la vez injusto y solidario: destapó grandes bolsas de miseria preexistentes, pero también unió al país alrededor de una causa común. Chile es dos Chiles a la vez: el de las estructuras sociales injustas y el de los chilenos solidarios, el de la economía adoradora del libre mercado y el de las personas de buen corazón. Chile paradoja.

Chile, decíamos antes, sigue teniendo mucho de país conservador. Por un lado, esta característica complica el advenimiento de los cambios sociales necesarios para extender a todos un mínimo de oportunidades que nivele las posibilidades de éxito. Pero también comporta elementos positivos: por ejemplo, cientos de miles de personas, sobre todo de extracción social humilde, apoyan económicamente la labor del Hogar de Cristo.

El Hogar de Cristo fue fundado por un jesuita recientemente canonizado, Alberto Hurtado. Su figura en Chile es gigantesca (quedó tercero en 2008 en una votación popular para elegir a los grandes chilenos de la Historia, por detrás de las dos figuras políticas que concentraron el voto de la izquierda –Salvador Allende– y la derecha –Arturo Prat). Junto con el cardenal Silva Henríquez, cabeza visible de la oposición eclesial al régimen pinochetista, simboliza a una Iglesia chilena comprometida con la causa de la justicia y, en buena medida, responsable de que el querido y paradójico Chile mantenga ese espíritu de proyecto colectivo. Queda pendiente el paso de la caridad a la justicia. ¿Pero dónde no?

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