Al ritmo de la vida

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04.jpgPara entender la importancia que este proyecto ha tenido en la vida de las mujeres aymaras, tenemos primero que conocer el papel de la mujer en la sociedad boliviana. La mujer aún hoy es considerada en inferioridad de condiciones. Es marginada de la vida social. Está sujeta al varón, sea esposo o papá, y se supone que éste tiene que “dominarla”. En la ciudad no está tan marcada esta diferencia, aunque en la práctica sigue la discriminación, a pesar de los esfuerzos por que esto cambie, sobre todo a partir de la Nueva Constitución Política del Estado, aprobada en el 2009.

En la práctica, a pesar del chacha-warmi andino, se siguen marcando las desigualdades. El espacio del varón es el espacio público, comunitario. El espacio de la mujer es el hogar, el ámbito doméstico.
No hay igual acceso a los estudios. Suele haber mayor deserción entre las mujeres y los niveles de estudios terminados son inferiores en las mujeres.

La formación cristiana que han recibido es muy conservadora y, desde las mismas iglesias, se ha mantenido la diferencia entre géneros y la minusvaloración del papel de la mujer y su consiguiente discriminación.

Yanapasipxañani

En este contexto, hace 27 años cuatro mujeres buscaron una alternativa para la pobre economía de sus hogares. Con la ayuda de dos profesoras del Colegio P. Poveda, donde estudiaban sus hijos, empezaron un grupo artesanal de mujeres aymaras (23 mujeres y un solo varón), artesanas, migrantes del área rural que viven en una zona periférica de la ciudad de La Paz, en las laderas de la ciudad, a 3.600 metros de altura. Algunas de ellas no saben leer ni escribir, porque en el campo -y por su edad- las mujeres no iban a la escuela. Casadas, con hijos e hijas, muchas ya abuelas, viven inmersas en una cultura patriarcal, donde tabúes y creencias las sumerjen en una opresión que tienen introyectada desde niñas, reforzada en muchos casos por la religión, sea católica o protestante. Librarse de estos lazos que las oprimen es una tarea larga, paciente y difícil.

Desde su cultura ancestral, lo característico es tejer en lana de alpaca. Y empezaron el proyecto Yanapasipxañani, una palabra aymara, que significa “nos ayudaremos entre nosotras”.

Con los años, han ido adquiriendo una cierta autonomía en relación a sus familias, ya que es su espacio semanal reservado sólo para ellas y los esposos han aprendido a respetarlo.

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La fe como compromiso

En paralelo formaron una Comunidad Eclesial de Base. Se reúnen cada quince días. En sus inicios fue una comunidad muy comprometida con el barrio, liderando el proceso de exigir a la alcaldía los servicios básicos y mejoras urbanísticas y sanitarias para toda la zona. Ahora ya se cuenta con todos los servicios básicos: sanitarios, agua potable, electricidad, alcantarillado y teléfono, pero ellas siguen participando en el trabajo comunitario.

El trabajo las dignifica

Nunca pidieron limosna. Viven del fruto de su trabajo. No tienen un contrato, no tienen seguro social ni AFP (pensión de jubilación), no tienen beneficios sociales. Pero ellas, en asamblea, fijan el precio que deben cobrar por un kilo de lana hilada, por tejer una chompa, una mantilla o una ruana. Su forma de organizarse es comunitaria. Hay una directiva, que rota cada dos años. No se hace nada que no decidan las bases.

Suma qamaña o buen vivir

Suma qamaña, el buen vivir, es un modelo alternativo al sistema capitalista de acumulación. Con este modelo, las comunidades distribuyen la riqueza entre todos sus miembros, apoyándose en el desarrollo mutuo y contribuyendo al desarrollo de toda la comunidad. En comunidades aymaras del altiplano de Perú hay experiencias innovadoras en este sentido. Y la ley de turismo en Bolivia, aprobada hace dos años, promueve el ecoturismo en comunidades con esta filosofía. Ya hay experiencias donde los comunarios se han organizado para ofrecer un servicio integral: unos se encargan de la movilidad (los jeeps para llegar a la comunidad), otros de las barcas para cruzar el lago, otras del alojamiento, otras de la alimentación. No hay un propietario de todo el complejo turístico, sino que entre toda la comunidad se distribuyen los servicios y, por tanto, los ingresos.

Convivencia e integración de espiritualidades

08.jpgLa gran facilidad de acogida de los pueblos originarios, aymaras y quechuas, ha favorecido la convivencia armónica entre el cristianismo y la espiritualidad originaria, que no siempre ha sido bien aceptada por las jerarquías eclesiásticas. Éstas nunca han valorado las espiritualidades originarias como una experiencia religiosa profunda y válida. Se tacha de diabólicos y fetichistas, e incluso satánicos, ciertos ritos que, por otro lado, se han cristianizado con suma facilidad por parte del pueblo. Esto ha generado una doble práctica: una escondida de los ritos originarios, frente a la práctica abierta o exterior de los ritos cristianos. Hoy ya no se esconde esta práctica, pero tantos años de desprestigio por parte de las jerarquías ha creado un imaginario de vergüenza y de miedo.

La cosmovisión andina “ha sido capaz de integrar al cristianismo dentro de su horizonte cultural y religioso”.

Ecumenismo

En la comunidad vivimos el ecumenismo, concretado en la convivencia de varias confesiones cristianas (católica y metodista). Mientras en las iglesias oficiales hay menosprecio hacia “las otras confesiones”, en el grupo convivimos con naturalidad. No hay roces, no hay exclusión, no hay minusvaloración de “lo otro”. Lo que nos une es la fe en Jesús, sus enseñanzas. Leemos y meditamos el Evangelio. Y, a partir de su reflexión, se intenta vivirlo en la práctica.

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