“Vamos hacia un país cada vez más dual, tanto en lo económico como en lo político”

  • por

Jesús Sanz es coautor del cuaderno CiJ Cambio de época. ¿Cambio de rumbo? La sociedad, tal y como la hemos conocido durante las últimas décadas, está atravesando un profundo proceso de transformación económica, política y social, así como en las formas de relacionarnos. Cristianismo y Justicia ha abordado este hecho en el cuaderno que ha publicado con el título Cambio de época. ¿Cambio de rumbo?, cuyos autores, Jesús Sanz y Óscar Mateos, analizan desde un punto de vista crítico la coyuntura actual, las causas de la situación y los movimientos y alternativas esperanzadoras que están surgiendo a raíz de ello. Hemos hablado con uno ellos, Jesús Sanz, antropólogo –y suscriptor de alandar desde hace años– para reflexionar sobre este cambio de rumbo.

¿Qué está ocurriendo con el modelo de Estado vigente hasta ahora en España?

Se está redefiniendo y está cambiando lo que se espera del ciudadano. Por ejemplo, el programa “Entre todos”, que de inocente no tiene nada, tiene un planteamiento social y relacional muy diferente al de un Estado que se presenta como garante de una serie de prestaciones a nivel universal. Otro ejemplo: en los borradores de la LOMCE se dice que la educación es la garantía para mejorar la “empleabilidad” de las personas. ¿Qué hay detrás de este tipo de modelos?, una delegación en el individuo, que se tiene que buscar la vida. En la política fiscal, el Estado cada vez tiene más problemas para repartir la riqueza, ya que las rentas de capital se mueven libremente y las rentas del trabajo tienen una carga mayor y la mayor parte de la fiscalidad recae sobre las clases medias.

El mundo del trabajo… ¿también se está transformando radicalmente?

El desempleo juvenil alcanza el 57%, solo se hace entre un 6 y un 7% de contratos indefinidos, hay una economía sumergida que está ahí e incluso va a más… Según la revista Alternativas económicas, desde el año 2008 los salarios en menores de 30 años han disminuido un 20%. La precarización de formas de trabajo (becas, trabajo en negro, autónomos que son falsos autónomos…) ha hecho que se segmente a población trabajadora y no trabajadora y que se dificulten los mecanismos de solidaridad. Y también la deslocalización, que quita poder de negociación a los sindicatos.

De hecho, parece que estamos asistiendo a una crisis de estos, ¿es así?

En un país con cinco o seis millones de parados es fácil que se vea a los sindicatos como defensores de los trabajadores y no defendiendo los intereses también de un conjunto de personas que están en desempleo. La gente que está en el 15-M no ve en ellos herramientas eficaces porque, además, por ejemplo, para poder votar en unas elecciones sindicales hay que tener una antigüedad de seis meses en el centro de trabajo y, cuando existe una rotación laboral tan brutal como la actual, esto es muy difícil. En realidad hay una crisis de representatividad que afecta tanto a partidos como a sindicatos, con esa idea del “no nos representan” y toda la crítica que hay a los modelos de organización más verticales. Hacen falta otro tipo de herramientas y de formas de organizar la acción colectiva.

Esa acción colectiva, ¿cómo se está organizando hoy en nuestro país?

Ha habido un reflujo importante en los últimos cinco o seis años que se explica, sobre todo, por tres cuestiones. Por un lado lo que se llama “crisis”, que ha llevado a la gente a intentar organizarse. Por otro lado el 15-M como movimiento social de carácter interclasista, que es un movimiento con predominancia del “precariado urbano”: jóvenes con un trabajo precario pero con bastante formación académica, muchos de ellos universitarios. Son una gente a la que les contaron un cuento sobre lo que tenían que hacer en la vida para que les fuese bien y ese cuento no es real. Y, en tercer lugar, la crisis de los actores sociopolíticos como elementos eficaces. Yo creo que lo que está detrás es el intento de establecer un contrato nuevo, una respuesta colectiva ante la crisis de partidos y sindicatos. Lo que plantea el 15-M es la diversidad, aunque sea solo a nivel discursivo, nivel retórico. “No somos ni de izquierdas ni de derechas, no somos ni los de arriba ni los de abajo”. Ahí está esa idea del 99% que se populariza en el Occupy Wall Street, que a lo que apela es a la diversidad, a la gestión colectiva, a la construcción…

Pareciera, sin embargo, que el 15-M tiene menos presencia últimamente…

Más allá de la visibilidad en la calle el 15-M es un flujo que está ahí y que ha removido cosas: un proceso de repolitización social, una nueva forma de entender la movilización, más abierta, más horizontal. Solo hay que ver las mareas, que no se explicarían como forma de organización si no fuera por el 15-M. Es una forma de organizarse diferente a la de los sindicatos. Estos llaman a reclamar tus derechos como trabajador. La marea apela a ti como trabajador, pero a ti como paciente, a ti como usuario, a ti como persona preocupada por la sanidad pública… apela al conjunto de la ciudadanía.

Jesús Sanz es coautor del cuaderno CiJ Cambio de época. ¿Cambio de rumbo?Llevándolo a lo concreto, ¿cómo ves los acontecimientos de El Gamonal?

En El Gamonal llevaban mucho tiempo manifestándose pero ahora han confluido varias cosas. Por un lado, el hartazgo hacia una situación a nivel local, de quién era el constructor que promovía estas obras, Méndez Pozo, que pasó más de un año en la cárcel, estuvo imputado por prevaricación en los años 90 y es, además, propietario de uno de los dos medios de comunicación que hay en Burgos. Eso, unido a un cierto sentimiento de dejadez que se daba en ese barrio, unido, por otro lado, a un cierto sentimiento de identidad muy ligado a los movimientos sociales de los años 70 y 80, cuando las solidaridades que se daban en el ámbito del trabajo se trasladaban muchas veces al barrio. Todo eso se juntó con una forma de entender la organización, que tiene que ver con el 15-M, que apuesta por la desobediencia civil para detener las obras. Y el aldabonazo es muchas veces el de una represión que lleva a la movilización: los 20 detenidos se los lleva la policía y, a partir de ahí dan un salto cualitativo en la organización y salta el tema.

A la vista de ese caso, ¿es posible que se dé un estallido de violencia?

Las condiciones sociales están ahí, el malestar está. Existe una violencia estructural previa: casi un 57% de desempleo juvenil, las tasas universitarias se han triplicado, España es el país con mayor pobreza infantil después de Rumanía y Bulgaria… Solo hay que abrir la prensa y ver lo que hay. El escenario que me parece más probable es el de un país cada vez más dual, tanto en lo económico como en lo político.

¿Cómo se explican esos dos polos?

Por ejemplo, en Grecia, ahora mismo, Shiriza es el partido mayoritario entre las poblaciones activas y las zonas urbanas. Mientras, los partidos conservadores predominan entre la población más mayor y entre los sectores rurales. La realidad sociológica y electoral en España yo creo que va a acabar así. La diferencia sustancial está en esos siete u ocho millones de personas mayores de 60 años que se han socializado durante el franquismo como hegemonía social y otros en el bipartidismo y eso es lo que define muchas veces. Con una población más envejecida la inercia lleva hacia posiciones más conservadoras. Pero esa idea del bipartidismo está cada vez más puesta en cuestión y de lo que nos habla es de nuevos cambios, cada vez con una mayor polarización social.

¿Cómo queda marcada la juventud actual?

La generación que ahora mismo tiene menos de 25 años será una generación mucho más politizada, porque han sufrido directamente en sus carnes buena parte de los recortes más duros que se han hecho, como la reforma laboral que permite despedir sin indemnización, la subida de tasas, el paro juvenil, la disminución de la base salarial…

¿Es fácil que calen en ellos los mensajes del 15-M?

En el 15-M hay un aspecto que lo diferencia de otros movimientos y es que funciona mucho la lógica del “hazlo tú mismo”, frente a la típica movilización sindical bajo un lema “todos a una”. Si vemos los mensajes que aparecen en el 15-M, están muy ligados a la primera persona: “Tengo dos carreras, un máster, hablo cinco idiomas y cobro 500 euros”. Es más fácil que uno se sienta más identificado y haya una mayor empatía cuando se usa esa primera persona. Eso, unido a toda una serie de espacios que apelan a la emotividad: las asambleas, las concentraciones en Sol, las movilizaciones… Además, es un movimiento que va unido a un profundo carácter local que lleva al arraigo. Esto ha facilitado la inserción a nivel personal, porque la estrategia ha sido bajar a los barrios y a problemáticas concretas. De hecho, es un movimiento que es fuerte en las calles pero débil en el mundo del trabajo.

¿Qué pueden hacer las personas que no participen en estos movimientos pero que tengan cierta inquietud?

Pueden informarse, buscar medios que no tengan un grupo empresarial atrás. Pueden participar en campañas periódicas de denuncia, promover iniciativas como la Renta Básica, la Plataforma por una Auditoría Ciudadana. Por ejemplo, una de las cosas que a mí me parece interesante para empezar es pensar en el consumo, entendido como un hábito. Hacer una reflexión sobre qué promueven las formas de consumir que tenemos. En el fondo no es más que abrir los ojos y ver qué pasa con aquellos que sufren y que lo están pasando mal.

¿Qué pueden aportar los movimientos sociales a la Iglesia?

Yo creo que de los movimientos sociales hoy en día se puede sacar mucha creatividad para las estructuras eclesiales y formas de organización más flexibles. Cuando una congregación –que, en el fondo, es una identidad– ve cómo la gente se está agregando y organizando de otras formas, a lo mejor aquello le dice que hay que trabajar más entre congregaciones, que hay que abrir más las fronteras con los no creyentes, que hay que buscar espacios de encuentro y de convergencia. A lo mejor ahí hay un campo de misión o de evangelización.

¿Y qué puede aportar la espiritualidad cristiana?

Por ejemplo, yo creo que las comunidades religiosas pueden aportar toda una experiencia de vida comunitaria que es muy interesante. Muchos de estos movimientos sociales apelan a un cierto comunitarismo. La PAH es donde mejor se ve: “Esto que te pasa a ti no es un problema tuyo concreto con el banco, tú no tienes que culpabilizarte, esto es un problema colectivo de una gente que nos ha estafado y es un problema político”. Al apelar a esta forma comunitaria hay toda una serie de “saber hacer” que está ahí en muchas comunidades y, sobre todo, en la vida religiosa.

Otra cosa en la que pueden aportar mucho los cristianos es el poner en el centro la exclusión y la pobreza. Muchos de estos movimientos tienen mucha creatividad, sin duda, pero yo a veces echo de menos esa visión. Creo que la espiritualidad cristiana, que indefectiblemente tiene que estar y tiene que hablar desde los últimos, ayuda y presenta elementos que son imprescindibles en el momento que estamos viviendo.

Creo que los movimientos sociales hoy son proféticos, creo que detrás de parar un desahucio hay un elemento profético y hay una visión mística de las cosas.

El cuaderno «Cambio de época ¿Cambio de rumbo?» de Jesús Sanz y Oscar Mateos y otros cuadernos de la colección CJ, pueden recibirse gratuitamente dándose de alta aquí:

http://www.cristianismeijusticia.net/es/recibir-los-cuadernos»

Últimas entradas de Colaboración (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *