Señor, que recobre la vista (Lc 35,41)

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No tiene donde ir porque nadie quiere hacerse cargo de él. Jesús es un toxicómano que lleva en la cárcel veinte años “entre sus tres campañas” -como dice él- y al drama de su enganche a la droga y su prisión desde muy joven se une ahora su ceguera total. En la cárcel de Aranjuez le echaron un colirio confundido en los ojos y comenzó a perder visión; su mala vida y la negligencia actual también en la prisión de Navalcarnero han hecho que perdiera totalmente la vista. Va a salir en libertad en los próximos meses porque el juez, dada su enfermedad, “se la va a adelantar”, pero Jesús se encuentra ahora como aquel ciego del Evangelio, “al borde del camino”. No tiene donde ir porque nadie quiere hacerse cargo de él. Ciego, extoxicómano y con veinte años de prisión a sus espaldas, su vida no cuenta casi para nadie, más que para un grupo de voluntarios que vamos a la cárcel cada día y cada semana y para su lazarillo, Rafa, que son sus manos y sus pies en el módulo de Navalcarnero. Rafa, que acompaña la vida a diario de Jesús en todos sus quehaceres.

Hace unos días, cuando íbamos hacia la ONCE, me decía que no sabía qué hacer, que su vida había cambiado totalmente y que no tenía donde ir. Su familia en este momento no quiere o no puede hacerse cargo de él. Y digo no puede o no quiere porque, en realidad, no se qué es lo que pasa, todo son excusas para seguir dejando a Jesús “al borde del camino”; y en todos los sitios donde llamamos, cuando hablamos de su condición, siempre nos dicen que no pueden cuidarlo, no porque no quieran sino porque Jesús necesita permanentemente un lazarillo, un lazarillo como Rafa, su preso amigo. En medio de no saber qué hacer, una de las voluntarias me decía qué podríamos hacer nosotros por él. Con impotencia y un poco de rabia por toda la situación nos seguimos preguntando cómo podríamos ayudarlo además de acompañándolo al médico, llevándolo de permiso o sirviendo también de lazarillos cuando estamos con él. Su vida, me contaba el otro día, comenzó a ir mal desde la muerte de su padre, desde ahí casi ha sido una lucha por la supervivencia entre la droga y la cárcel, pero “todo esto es peor”, decía, “me tengo que acostumbrar a no volver a ver nunca más”.

En Jesús vemos a aquel hombre ciego que se le acerca a Jesús de Nazaret para pedirle ayuda. Nuestro Jesús también se encuentra junto al camino para gritar al nazareno: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús, como aquel hombre del Evangelio, no cuenta casi para nadie y él también le pide al nazareno que recobre la vista. Jesús no cuenta pero nos necesita.

La cárcel, una vez más, ha hecho de las suyas en Jesús como en tantos otros. La cárcel, una vez más, no solo ha quitado la dignidad a un ser humano sino que además le ha hecho no contar casi para siempre. La cárcel aparece con toda su crueldad como ese “demonio” que machaca y despoja a todo ser humano que pasa por ella. “Que recobre la vista”, le dice aquel ciego al nazareno y nosotros también hoy se lo pedimos así, que ojalá Jesús pueda volver a rehacer su vida desde su nueva situación, que ojalá Jesús encuentre esos lazarillos que puedan guiar su camino. Y ¿qué podemos hacer nosotros? De momento solo acompañarlo, ser sus bastones y seguir dándole ánimos y buscando, peleando y luchando para que Jesús pueda encontrar un sitio donde vivir y un futuro para su vida.

*Francisco Javier Sánchez González es el capellán de la cárcel de Navalcarnero y párroco de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (Madrid)

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