“Para salir de la crisis hay que rescatar la conciencia moderna, que nos define como personas”

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pag14_movimientos1_web-2.jpgGuillermo Múgica, nacido en Pamplona y ordenado sacerdote en 1965 en el Instituto para Misiones Extranjeras, pasó en Perú varios años y asistió, junto a Gustavo Gutiérrez, al alumbramiento de la teología de la liberación. Escribe libros y artículos, acompaña a grupos cristianos y es consiliario diocesano de la HOAC.

¿La espiritualidad es un tema de moda?

Es un tema emergente, no hay duda. Podemos ofrecer un dato nada despreciable: el 26 de marzo de 2010 se hizo un recuento de páginas de Internet que corresponden a la palabra “espiritualidad”. Eran 481.000 páginas en francés, 485.000 en español, 595.000 en italiano y 9.720.000 en inglés. En los últimos años hay una irrefrenable y multiforme búsqueda de espiritualidad no solo en ámbitos religiosos, sino también laicos. Este brotar de lo espiritual en nuestro tiempo es un fenómeno ambiguo y plural.

¿Por qué ahora se habla tanto de espiritualidad?

Hablamos de un fenómeno nuevo, al menos en Europa, continente que atraviesa una profunda crisis religiosa, debida al impacto de la secularización y a la pérdida de vigor de las confesiones religiosas. Hay una reacción a las crisis en que han desembocado tanto la modernidad capitalista como la posmodernidad que le ha servido de ideología continuista de reemplazo dentro de un marco de neoliberalismo de mercado total y global. Un grosero materialismo ha traído la primacía del negocio y las mercancías sobre los seres humanos y sus necesidades y un reduccionismo de la persona a la condición de instrumento “productivista” y consumista. Pero las personas no somos objetos. Somos sujetos llamados a ser libres, responsables, relacionales, sociables, interdependientes, portadores de valores.

¿Eso de “espiritualidad” es una idea bajo sospecha?

Esta palabra suele suscitar reservas. Evoca, a menudo, algo vago, vaporoso, inasible; un desentendimiento y abandono de lo mundano, corporal y material.

¿Qué podemos entender por espiritualidad?

La espiritualidad es el aliento que brota del centro del ser, que inspira e impulsa a una persona en la vida, que configura en ella un determinado modo de ser, y le da su sello personal. La espiritualidad no es una simple parcela territorial de lo humano. La “vida con espíritu” es un modo de existir intensivo, orientado a una humanización plena e integral de la persona. Todo esto quedó muy bien expresado por Marcel Legaut en su libro “El hombre en busca de su humanidad”. La espiritualidad debe nacer de la profundidad de ese ser que es irrepetiblemente uno mismo y de la fidelidad a dicha hondura. Se trata de una “vida virtuosa”, un modo positivo de ser y de vivir que se expresa en actitudes, hábitos y estilos de vida. En lo social debe responder, con responsabilidad y sentido crítico, al contexto de cada situación, porque toda persona es, inevitablemente, un ser humano situado.

¿Cómo se vive todo eso?

No se trata de una idea, se trata de una experiencia o, como diría Karl Rhaner, de una vivencia. Consiste en una apertura, una tendencia a ir más allá de todo límite humano puntual. Y eso se da en cuatro direcciones: hacia “dentro” como búsqueda de identidad y raíces, hacia “afuera” como tendencia a abrazar la totalidad de la realidad, hacia “adelante” como proyecto de futuro de lo que aún no es, y hacia “arriba” como anhelo de plenitud y de adentrarse en el misterio que nos envuelve y en el que habitamos como inquilinos. Consiste también en la búsqueda y comunión creciente de esas cuatro direcciones o vertientes. Entonces la espiritualidad integra y densifica la existencia, la impulsa, la orienta y la libera. La espiritualidad, si es reactiva y alternativa al sistema, resulta transformadora de la realidad y construye esos hombres y mujeres de espíritu nuevo que una nueva sociedad necesita.

¿Qué relación existe entre espiritualidad y religión?

Espiritualidad y religión son distintas pero precisan apertura recíproca. La religión es una oferta de sentido que toma cuerpo institucional y social y está dotada de un sistema de creencias, pautas morales y prácticas rituales. La espiritualidad, que impregna e impulsa la vida, está muy marcada por la libertad, creatividad y subjetividad de cada persona. Es bueno que religión y espiritualidad permanezcan abiertas la una a la otra. Porque la religión sin espiritualidad pierde vigor y cae en el formalismo y la exterioridad. Pero la espiritualidad sin “cuerpo social” pierde sustancia crítica y de contraste, corre el riesgo de evaporarse, diluirse o caer en la anarquía. Hay religiones que asfixian la libertad, pero también hay espiritualidades vagabundas que frenan la madurez. La historia de la relación entre religión y espiritualidad ha sido siempre tensa. Una tensión que se manifiesta entre persona e institución, individuo y cuerpo social, creatividad y tradición, innovación y conservación.

¿Cuál es el núcleo de la espiritualidad cristiana?

La doble experiencia de filiación y de fraternidad. Sentir que somos hijos de un Dios amoroso al que podemos llamar, con la confianza de un niño, “papá” o “aitatxo”, como hacía Jesús. Y experimentar en el servicio a todas las personas, especialmente a las más débiles y sufrientes, que todos somos hermanos y hermanas.

¿Es posible una espiritualidad laica, no religiosa?

Sí, como también es posible una religión laica. Erich Fromm en su obra Psicoanálisis y religión dice que “Religión es todo sistema de pensamiento y acción, compartido por un grupo humano, que nos da una orientación para la vida y un objeto de devoción”. Hoy existen ofertas de sentido que actúan como “religiones inmanentes” prescindiendo del horizonte Dios. Es posible igualmente una espiritualidad laica, no religiosa. Armido Rizzi habla de un “fundamento transconfesional” entre personas espirituales tanto agnósticas como religiosas. Ese fundamento es la conciencia, el espíritu de fondo que nos impulsa y guía. Y la conciencia cuenta con “un criterio objetivo común”: el cuidado de lo humano, de todo lo humano, de todos los humanos. También José Saramago dejó escrito que “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”.

¿Cómo es posible construir esa alternativa?

En mi opinión, tanto la modernidad capitalista, como la posmodernista han traicionado y renegado de su propia conciencia. La conciencia moderna tiene su eje central en el ser humano. Haberse apartado de esa conciencia está produciendo millones de víctimas humanas y destruyendo la naturaleza, de la que el ser humano es parte y cuidador. No hay salida a la crisis a menos que se rescate y reconstruya esa conciencia que nos define como humanos. Hay que poner en el centro al ser humano y a la vida. Y eso hoy no puede tener otros nombres que combatir la pobreza, construir igualdad y cuidar el medio. No renegamos de la modernidad, ni de la secularización, ni de la laicidad. Simplemente las queremos distintas, al servicio de las víctimas de este capitalismo salvaje.

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