“Ojalá podamos borrar tanta muerte en la historia de Colombia”

movimientos2-5.jpg“Deseo que nadie pase más por esto. Aquella masacre nunca debió ocurrir. No le deseo las horas de insomnio a nadie, esperar un tiro en la cabeza durante meses, salir de tu país”. Es el recuerdo dolorido de Ricardo Ferrer, actualmente refugiado en España, que trabajó durante décadas como periodista en la Red Colprensa y en diarios como El Colombiano, así como locutor en varias emisoras de radio y jefe de prensa de la red de salud de Medellín (Metrosalud). Hace algunas semanas ha publicado su testimonio en el libro “Nos matan y no es noticia. Negocios y Masacres en el Río Atrato”, en el que narra su experiencia como testigo y superviviente de la masacre masiva de población civil en río Atrato (Colombia) en 1997.

La historia de dicha masacre es prácticamente desconocida en nuestro país, ¿Qué ocurrió en Atrato?

El 22 de mayo de 1997 el escuadrón de la muerte Autodefensas de Córdoba y Urabá irrumpió en el municipio de Vigía del Fuerte, en Antioquía, al noroeste colombiano. Más de 100 hombres armados con fusiles y ametralladoras ingresaron en seis ‘pangas’ –lanchas rápidas– por el río Atrato. Reunieron a casi todos los habitantes para advertirles que en adelante el poblado quedaba bajo su control. El primer día mataron a 22 civiles y ninguna autoridad intervino para proteger a la población. El 23 de mayo se repitió la misma acción contra el municipio de Murindó, unos kilómetros. En adelante, desde mayo a octubre de 1997, numerosos cadáveres, cuya cifra aun no se ha calculado oficialmente, flotaron en las aguas del río Atrato. El escuadrón de la muerte prohibió recoger los cuerpos que fueron devorados por las aves y los peces. Los pobladores de la región fueron desplazados masivamente hacia otros sitios del país.

¿Qué te llevó a ser testigo de dicha matanza?

En la mañana del viernes 30 de mayo de 1997 entró un mensajero de las FARC en mi oficina para solicitarme que actuara como mediador entre la Guerrilla y el Comité Internacional de la Cruz Roja. La mediación serviría para verificar el estado, entregar muestras de supervivencia de diez prisioneros, infantes de marina, en poder del Frente Nº 57 de las FARC en la zona de Murindó y sobre todo negociar su inmediata liberación. Se crearía una zona de despeje militar en la zona del Caguán donde la guerrilla pretendía entregar además a otros setenta militares prisioneros de guerra, provenientes de diversas regiones del país, todo ello antes de junio de 1997. Sin embargo, desde un primer momento me fui dando cuenta que el ejército no tenía ninguna intención de favorecer la mediación, ni siquiera que esta se realizara.

¿Cómo descubrió lo que estaba pasando?

Ya en Murindó, el sábado 31 de mayo, me alojé en el hotelito vecino al hospital. Lo atendía un anciano que hacía todas las tareas. Me contó que esa tarde yo era el único huésped pero que pocos días antes el sitio tuvo cupo completo, ahora todos se habían ido. Pagué una noche al hospedero y salí a almorzar, el comedor se encontraba medio vacío porque los comensales de siempre habían escapado en los últimos vuelos. Yo quería estar silencioso, sin llamar la atención. Una anciana que estaba almorzando sola, en la mesa ubicada a mi espalda dijo discreta y nítidamente: ‘Señor, Usted tiene que hacer algo para que se sepa lo que esta ocurriendo aquí’. Empezó a contar que hacía diez días se había iniciado allí una matanza. La gente empezó a hablarme en voz baja, pero sin mirarme a la cara, me contaron lo que estaba pasando en el pueblo, con muchos detalles. Hablaban con suficiente voz para que yo les entendiera. Todos me hablaban, con disimulo, con miedo de ser escuchados desde afuera.

A partir de ese momento comienza tu actividad de investigación y denuncia, ¿cómo llegan las amenazas?

El viernes 13 de junio de 1997, sustenté mi denuncia contra el Ejército de Colombia y las Autodefensas de Córdoba y Urabá. Recuerdo la primera pregunta que me hizo la Fiscal. ‘¿Está seguro de lo que va a hacer? Su denuncia es muy grave y en adelante su vida no volverá a ser igual’. Le respondí que ya había cruzado el punto de no retorno. Expuse toda mi mediación, lo que ví en Vigía del Fuerte, lo que me contaron los habitantes de Murindó y los datos que me dieron los funcionarios de la Gobernación de Antioquia. A fines de junio de 1997 recibí la primera llamada de amenaza nocturna a mi casa. Desde entonces, me llamaban puntualmente a las once de la noche y a las tres de la madrugada. Todos los días, con puntualidad militar. Las intimidaciones se sucedieron hasta que salí de Colombia con mi esposa el 15 de febrero de 1998.

¿Qué había detrás de esa matanza? ¿Cuáles cree usted que eran las verdaderas razones?

En la búsqueda de datos y respuestas, casi todas las personas que entrevisté señalaron hacia la red paramilitar que habían construido dentro de la Gobernación Álvaro Uribe Vélez –aquella época el Gobernador de Antioquía– y su secretario Pedro Juan Moreno Villa. En el caso del Río Atrato soy un convencido de que lo que está atrás de la matanza es la construcción de un canal interoceánico (Atrato-Tuandó) de las mismas características que el Canal de Panamá. La marcha triste de los desplazados se inicia en los despachos del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial. Hay dos siglas tenebrosas a tener en cuenta, IIRSA y PPP. Iniciativa de Integración de Infraestructuras para Sudamérica y Plan Puebla Panamá. Ganancias para las multinacionales, violencia para los naturales. En nombre del progreso, campesinos inocentes y sus familias han muerto o han sido desplazados para codicia de las empresas y sus megaproyectos.

¿Cómo se siente ante estos hechos hoy por hoy, más de diez años después?

No le deseo las horas de insomnio a nadie, esperar un tiro en la cabeza durante meses, salir de tu país. Ojalá podamos borrar tanta muerte en la historia de Colombia. Quiero que se aplique el principio de no repetición en el caso de los crímenes de Estado, los crímenes de lesa humanidad en Colombia. Volvería a denunciar a los criminales y de hecho lo sigo haciendo, van doce años desde las masacres del río Atrato y sigo, insumiso. Deben pagar todos, todos lo que atacaron a la población civil: Ejército y sus escuadrones de la muerte, policías, los mafiosos, todos y algunos guerrilleros que también han abusado de la población civil, que es intocable. Me ha costado el exilio, pero me veo como periodista honesto, equilibrado y con una enorme sed de justicia. Sigo construyéndome, explorando y, sobre todo, amo la vida. ‘Elegirás la vida’ es una frase que conmoverá siempre.

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