Menos barreras mentales

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 Foto. Radio Trip Pictures.En estas líneas de hoy, me pararé a reflexionar sobre una serie de comportamientos que he observado en mi discurrir ordinario por estas calles de Madrid, que obedecen muchas veces a circunstancias fortuitas e inesperadas que me agreden directamente. Muchas se deben a la falta de civismo y de educación, pero muchas otras sin duda se deben a malas actitudes que crean grandes barreras mentales. ¿Cómo erradicarlas?

Como sabéis, me muevo con mi fantástico perro guía Lillo que, si no fuera por él, ¿qué sería de mí…? Siempre había pensado que las aceras se habían destinado a los peatones y las calles a los coches. Pues parece que ahora no. Lo digo porque he notado que, quizá por la falta de aparcamientos o por lo que sea, últimamente se ha incorporado la moda de aparcar los coches en medio de la acera.

Si me moviera con un bastón blanco y encima llevara prisa y me hubiera topado con un bonito automóvil en mi camino, habría ido ese día automáticamente a visitar el hospital pero no por el placer de llevar flores a nadie. Además, cuando Lillo se detiene delante de un coche, detecto el automóvil que no deja ni un resquicio para pasar y entonces con mi manita toco la luna para que aparezca el conductor y le interpelo:

 ¿Sabe usted que aquí no puede estacionar su coche…?

Y, con todo el descaro, me suelen responder:

 Tranquilo chaval, si es solo un momento…

¡Como si yo pudiera augurar con mi bola de adivino ese instante que se le ocurre al señor de turno colocar su utilitario en la vía pública y así no pasar por ahí!

También me suelen decir, justificando: “Qué se le va a hacer, es que estoy trabajando”.

Y ante eso no tengo más que recriminarle: “¡Es que yo a lo mejor también estoy trabajando, pero yo no le molesto!”.

Como podéis comprobar, es una lucha continua. Y ¿qué me decís de otra conducta muy solidaria, la de abrir la puerta del coche para salir del mismo y, como si fueran aceras de cinco metros, taponar el acceso de cualquiera? Esta linda empatía te regala un delicado golpe seguramente para varios días.

Pensemos más en los demás porque, desgraciadamente, estas malas conductas son cada día comunes. No todo el mundo camina igual y es necesario en una ciudad para todas las personas pensar en todas las personas. Ancianos y ancianas, mujeres embarazadas, niños, personas con discapacidad o simplemente gentes que quisieran disfrutar de un paseo por su acera sin riesgos y con amplitud.

Por lo tanto, recapacitemos en que no estamos solos ni solas, no aparquemos en las esquinas para poder dejar así pasar a cualquiera ni en los pasos de peatones, porque esta cuestión me recuerda a infinidad de amigas mías que, al poco de haber tenido un niño, me señalan con jocosidad: “¡Lo que me acuerdo de ti en estos días cuando voy con el carrito por las calles, qué complicado!”. A lo que yo les recrimino con jactancia: “Sí, pero cuando crezca se te olvida y se pasa, pero lo mío es para siempre”.

Como se puede apreciar, queda mucho por hacer y podemos destruir multitud de barreras físicas en todas las ciudades, pero la que más duele es la barrera mental de cada persona que, si no se elimina, duele para siempre.

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