‘La Ribera’, una oportunidad para jóvenes desorientados

Laribera.jpgTodo empezó, ocho años atrás, gracias al impulso de un grupo de jóvenes de Madrid que trabajaban voluntariamente los fines de semana como monitores de tiempo libre con un grupo de niños y niñas, que vivían junto a un centro de personas con discapacidad psíquica, perteneciente a la congregación de Don Orione y en el que también realizaban actividades de voluntariado. Decidieron lanzar un proyecto y el fruto fue ‘La Ribera’, un centro ubicado en una propiedad con mucho sabor añejo que tenía la congregación orionista en Cascante (Navarra) y que se dedica a trabajar con jóvenes, de entre 14 y 16 años, con serias dificultades de adaptación al ámbito escolar y que por diferentes circunstancias no están en situación de superar los objetivos planteados para la ESO. Allí se afanan a diario seis profesionales con experiencia en tareas educativas y una persona que se encarga de las tareas de limpieza. Detrás, en un papel fundamental de apoyo y referencia, está una comunidad cristiana integrada también por otras personas que no participan laboralmente en el centro pero que sienten como propio todo lo que ocurre allí. “A lo largo de nuestro camino en la fe”, recuerdan, “algo que sí hemos podido comprobar es que se trata de acercar fe y vida. Esto fue lo que nos llevó a abrir el centro hace ocho años”.

Este sueño hecho realidad, que recibe financiación del gobierno navarro, se enmarca en los Programas de Currículo Adaptado (PCA), tiene carácter externo ya que sus aulas están fuera de los institutos, pero mantiene la escolaridad compartida con los centros de origen del alumnado. Existen en Navarra otros cinco centros que trabajan con objetivos similares, aunque en ‘La Ribera’ la motivación de los profesionales emana de fuentes distintas: “La actividad docente, tal y como la entendemos, tiene mucho que ver con poner a Dios presente en el día a día, en la manera de acercarnos y mirar al adolescente sin escandalizarse, en conseguir que la paciencia de un equipo con vocación sea superior que la suma de las paciencias individuales, en tener la generosidad suficiente para que siempre aguarde una segunda oportunidad (que a menudo será la cuarta o la quinta en realidad), en entender que estos chicos y chicas son los que a menudo acampan (de manera voluntaria o forzosa) en los márgenes de nuestra sociedad, sabiendo que a buen seguro Jesús tendría y tiene mucho que decirles”, subrayan los componentes de este equipo de educadores entregados a un proyecto en el que se han implicado mucho más allá de lo que suele ser habitual.

Resultados esperanzadores

El perfil de los chicos que recalan en ‘La Ribera’ es el de varones (un 80% frente a un 20% de chicas) que llegan tras una experiencia negativa en la escuela ordinaria, con serios problemas conductuales (en algún caso llegan a presentar medidas judiciales) y, en muchos casos, situaciones familiares desestructuradas o conflictivas. Los resultados son esperanzadores: en la mayoría de los casos se consigue que los alumnos alcancen un mayor nivel de autoestima, que se sientan más valorados y que aprendan a valorar al compañero y a agradecer su ayuda. De igual modo, se produce una mejoría en la manera de situarse ante el adulto o el educador, tomándole como referente, en algunos aspectos, y no siempre como un contrario al que combatir. Por lo que se refiere a la inserción laboral o educativa, desde el equipo que lleva el centro se valoran los resultados con moderada satisfacción. Un 65% de los chicos y chicas que han pasado por ‘La Ribera’ continúan su formación académica y profesional; un 20% se insertan en el mercado laboral con un primer trabajo, quedando el resto en situación de búsqueda de empleo. Más complejo resultaría analizar la continuidad de estas situaciones, ya que en ese punto intervendrían otros factores como la estabilidad familiar, la capacidad de absorción del mercado laboral, la coyuntura económica, etc.

Les preguntamos a los educadores cómo se enfrentan los chicos y las chicas que vienen a ‘La Ribera’, desencantados tras rechazar las oportunidades que se les dieron en otros centros educativos. “Desde el principio el alumnado presenta una respuesta positiva tanto hacia el centro como al trabajo y a los educadores. No olvidemos que entran en un ambiente completamente nuevo para ellos, mucho más cercano, adaptado, reducido y flexible, en el que pueden sentirse protagonistas de su proceso de maduración y aprendizaje”. Y prosiguen: “Al pasar por el Centro, los chavales descubren que también en ellos existen una serie de valores y que aquí pueden ponerlos al servicio de los demás (y de sí mismos). Además, se dan cuenta de capacidades y aptitudes que no habían descubierto hasta el momento. Básicamente se trata de empezar desde cero, con todo lo positivo que esto supone. En la mayoría de los casos ninguno de los protagonistas de esta historia se conoce antes de que comience el curso, por lo tanto hay todo un camino por delante para descubrir y descubrirse”.

Actividad frenética

Este es el relato de una jornada cotidiana en el Centro ‘La Ribera’: “Empezamos a las nueve de la mañana. Las y los chavales se dividen en dos grupos de ocho y tienen una primera hora de Ámbito Socio-Lingüístico o Científico-Matemático. Posteriormente realizan tres horas de Ámbito Práctico, en las que se desarrollan diversos talleres: carpintería, huerto y jardinería, electricidad, soldadura, pintura y albañilería. Además dos alumnos/as de cada taller salen una vez por semana al Taller de Manualidades, lugar donde se realizan tareas tales como grabado de espejos, marquetería, trabajos en cuero… A media mañana hacemos un descanso en el que jugamos al futbolín, ping-pong, fútbol, pelota, ajedrez, etc. A las dos comemos, momento importante de convivencia y aprendizaje, en el que cada día dos educadores y dos alumnos/as se encargan de preparar la mesa, servir y finalmente limpiar el comedor y fregar platos y cubiertos. A continuación, descanso o juego para quienes no tienen tareas de comedor. Por la tarde, se imparten dos horas de ámbito teórico, excepto los jueves que hay una hora de Educación Física. La rutina se rompe los viernes ya que a primera hora se organiza una Tutoría Grupal donde el equipo de educadores/as y alumnado analizamos juntos la semana, verbalizando lo positivo y lo negativo de la misma. Es aquí donde presentamos propuestas y realizamos un turno de felicitaciones hacia quienes consideramos que han hecho algo positivo a lo largo de la semana. Las dos horas de la tarde las dedicamos a actividades variadas como ir al frontón del pueblo, recorrer una ruta en bici, organizar una gymkana, juegos de mesa, ver una película, etc.”
Un aspecto fundamental del aprendizaje que llevan a cabo los chicos y chicas que se forman en el centro ‘La Ribera’ es que lo producido en ocasiones tiene una utilidad real para los vecinos y vecinas de Cascante. Así se han hecho trabajos para la guardería municipal y se ha comenzado el cuidado de dos jardines del pueblo.

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