La Llavor, una semilla al servicio de las personas empobrecidas

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pag15_movimientos1_web-4.jpgAnte los dramáticos efectos de una crisis como la actual, varias congregaciones religiosas de Cataluña se han unido para rescatar a la población más vulnerable. De paso, encuentran un nuevo uso, puede que más evangélico, a un antiguo colegio que estaba deshabitado.

Las salesianas contaban con un colegio desocupado, rodeado de un jardín y un bosque. Querían darle un nuevo uso, ante la imposibilidad de proceder a su venta inmediata en un momento en que el negocio inmobiliario se ha ido a pique. No les parecía suficiente esperar mejores tiempos para hacer negocio sin más, querían poner su granito de arena para atender a los colectivos más vulnerables.

Contactaron con la Fundación Benallar, que agrupa la labor social de las congregaciones de religiosas catalanas y que gestionaba 25 pisos para familias y jóvenes sin ingresos. También se interesó por el proyecto la Fundación Ared, creada en 1994 en el Centro Penitenciario de Wad Ras (Barcelona), gracias al empeño e ilusión de cinco mujeres privadas de libertad, una voluntaria y una monitora de confección y en cuyo patronato participan las Hijas de la Caridad.

La Fundación de las Hijas de María Auxiliadora de las salesianas conserva la titularidad de la propiedad y corre con los gastos estructurales de mantenimiento, al menos mientras no existan otras fuentes de ingresos que los puedan cubrir. El proyecto “La llavor” (“semilla” en castellano) nació en junio de 2009, “cuando los primeros efectos de la crisis se hacían notar, sobre todo en aquellos que tenían más dificultades: inmigrantes, personas sin hogar, mujeres y hombres con antecedentes penales…”, según relata Ana Royo. Para Elena Alfaro, de la Fundación ARED, “La llavor” es, sobre todo, “una gran comunidad de comunidades, donde los últimos de los últimos pueden encontrar descanso y esperanza, donde se nota quiénes son los preferidos de Dios, donde el dolor del otro empequeñece el propio de modo que todos podamos dar y compartir vida”. Un trabajo real en red, donde cada fundación se enriquece con la diversidad de talantes y converge rápidamente en la opción por las personas más vulnerables de nuestro mundo intercultural.

En “La llavor” se acoge gratuitamente a personas con necesidades de alojamiento temporal, sobre todo debido a la frustración de su proyecto migratorio, a cambio de colaborar en el mantenimiento y cuidado del edificio (en 2011 fueron 21 personas). También atienden a los grupos que solicitan las instalaciones los fines de semana (80 grupos en 2011, entre comunidades religiosas, grupos de jóvenes, voluntariado corporativo de empresas, pero también celebrantes de bodas y fiestas familiares que se nutren en una pequeña parte del huerto que rodea el edificio).

Aprovechando la cercanía con el Hospital Vall d’Hebron, se presta alojamiento y manutención a familiares de los y las pacientes, a un precio siempre por debajo del mercado (unas 250 personas en los tres últimos años), derivados por los trabajadores y trabajadoras sociales del centro sanitario y también a quienes solo demandan ducha, comida y un lavado de ropa. El “ama de llaves”, Mari Carmen Rodríguez, que trabaja por las mañanas en Ared, decidió cerrar su casa e irse a vivir allí para coordinar todas las actividades.

Al mantener una presencia temporal, pero muy intensa, la experiencia de las familias de las personas enfermas le da a “La llavor” un carácter muy especial. Cuentan que “ellos mismos se convierten en una familia, de pocos días, pero se preocupan unos por otros, y dentro de sus propios dolores, viven las alegrías de las mejoras de los otros”. Llegan por la tarde-noche, para descansar después de las agotadoras jornadas de hospital y encuentran a otras personas que saben por lo que están pasando. En la actualidad, once personas acogidas y diez voluntarios se encargan de tener todo listo para estos huéspedes tan especiales.

Otras cuarenta personas voluntarias se encargan de las labores formativas. Se han puesto en marcha varios cursos de inserción laboral de corta duración (pintura de casas, ayudante de cocina y camareros, limpieza, carpintería y bricolaje, pequeñas reparaciones, cuidado de personas con necesidades especiales, atención domiciliaria y mantenimiento de jardines). Además de la capacitación profesional se imparten técnicas de búsqueda de empleo y módulos de ciudadanía y convivencia. En los tres años de funcionamiento han pasado ya por estas actividades 368 personas (157 en 2011).

También se desarrollan talleres de artesanía para permitir al alumnado buscarse una salida laboral y generar unos ingresos económicos, a través de la venta de los productos, con los que ir ganando autonomía personal. En los tres últimos cursos han participado casi 60 personas (31 el pasado año). Quienes más se benefician proceden en su mayoría de los dispositivos propios con los que cuentan Benallar y Ared, aunque también se admiten personas derivadas de otras acciones de inclusión social, preferentemente con mayores dificultades de acceso al mercado laboral normalizado.

La artesanía elaborada en los talleres es puesta a la venta directamente, con lo que se consigue algo de dinero para los que trabajan en ello. “No es mucho, no pasa de los 250 euros el mes que mejor va, lo que sumado a las becas que les facilitamos les permiten tener cierta independencia económica”, explica esta antigua maestra centrada ahora en la acción social. Pero la estancia en este itinerario prelaboral está limitada a los dos años, al final de los cuales deben buscarse la vida por su cuenta.

“Teníamos claro que debíamos atender a los que peor lo tienen y sabíamos que, a raíz de la crisis, muchas entidades se habían lanzado a promover su propios cursos. Por eso decidimos centrarnos en los inmigrantes sin documentación, personas sin hogar, en tercer grado…, que suelen quedar fuera de estos cursos”, describe Ana Royo. La mayoría de los participantes de los cursos de inserción, lamentablemente, no encuentra un trabajo. “Es casi misión imposible con los tiempos que corren”, dice la religiosa teresiana. Pero un 15% sí lo logra.

Su financiación depende en gran medida de entidades privadas que en estos tiempos andan retirando su apoyo. Gracias a la elaboración de banderas para la visita de Benedicto XVI con motivo de la consagración de la Sagrada Familia en 2010 se pudieron cuadrar las cuentas. Pero el 2011, a pesar de la precariedad y provisionalidad con que funciona el proyecto, ha resultado deficitario en su cuenta de resultados, aunque tenemos la certeza de que los frutos humanos cosechados en estos casi tres años de existencia son altamente positivos.

“Habrá que ver cómo mantenemos el proyecto y cómo nos vamos adaptando a las circunstancias, sin renunciar a estar con los más perjudicados por la crisis”, confiesa Ana Royo, para quien se trata de “no parar”, de “buscar respuestas con los pocos recursos que tenemos”. Al fin y al cabo, en estos tiempos de incertidumbre, no queda otra que ensayar soluciones, mejor a través del trabajo compartido en red y contando con los más desfavorecidos. “La llavor” ha echado las primeras raíces y comienza a dar los frutos que avisan de que el Reino de Dios continúa haciéndose presente en pequeños gestos como éste.

A pesar de la transitoriedad de la iniciativa, se ha abierto un camino de colaboración al servicio de las personas más pobres cuyos mejores frutos están por llegar. Por el momento, el trajín diario, el ir y venir de unas personas y otras, las convergencias y complicidades que van surgiendo anuncian que otro mundo no solo es posible, sino que está empezando a nacer y hay quienes ya lo notan.

Para más información:
www.benallar.org
www.fundacioared.org
www.salesianas.net

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