La indignación es el primer paso para cualquier cambio

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pag14_movimientos_web-8.jpgSigue creyendo en la utopía. Sabe que no es fácil, pero confía en cambiar el rumbo del sistema en el que vivimos, que “nos está llevando a la catástrofe”. No pierde la esperanza en la fuerza de los movimientos sociales como contrapoder y asegura que el “principio de todo está en la indignación”. Es Michael Löwy, sociólogo y filósofo marxista, coautor hace una docena de años del Manifiesto Ecosocialista.

¿Qué es el ecosocialismo?

Es una idea que viene desde hace unos pocos años y que últimamente ha tomado una forma más sistemática y se ha tratado en numerosos foros internacionales. La idea del ecosocialismo es, sencillamente, que un socialismo que no sea ecológico no está a la altura de los desafíos del siglo XXI.

¿De dónde parte esta idea?

Partimos del análisis marxista de que el capitalismo no puede existir sin expansión, sin productivismo desenfrenado, sin batalla feroz por la ganancia, por la competitividad, sin el consumismo, etc. Esta es la lógica del sistema y así funciona. Por tanto, el sistema conduce, inevitablemente, a la destrucción del medio ambiente, de los equilibrios ecológicos, de la naturaleza. Este proceso destructivo ha culminado en el calentamiento global, que es una amenaza sin precedentes para la humanidad. Esto pone en peligro no al planeta, sino la vida en el planeta. Hay responsables de gobierno que reconocen que el problema existe, pero otros son negacionistas. Entonces necesitamos buscar alternativas radicales con la raíz del problema, que es el sistema capitalista, industrial, tal como se ha desarrollado en los dos últimos siglos y en particular su forma neoliberal de las últimas décadas. Esto es lo que nos está llevando a la catástrofe. Se trata de proponer alternativas anticapitalistas. Esto es el ecosocialismo, que se opone al planteamiento reiterado de que no hay solución.

¿Cuál sería la solución?

El problema no es sólo cambiar, hacer una producción más débil, más verde. No, se trata de cambiar el paradigma de civilización: las relaciones de producción, el aparato productivo, la forma de consumo, el método de transporte, etc. Todo ha de cambiar de forma radical. Lo que plantea el ecosistema son nuevos paradigmas, de manera que los cambios no queden en manos de unos pocos: banqueros, empresarios, tecnócratas, burócratas, sino en la acción propositiva de la gente.

¿Verdaderamente sirven para algo reuniones como las de Doha?

Sí, para demostrar la incapacidad del sistema para resolver el problema. No es sólo la mala voluntad y la estupidez, es un problema sistémico al que no hay manera de enfrentarse decididamente.

Más radicalidad

¿Se ha diluido la cultura política de la izquierda?

Diría que al revés, que el planteamiento tradicional de la izquierda ha sido insuficientemente radical. Buena parte de la izquierda durante el siglo XX decía que la revolución es cambiar las relaciones de producción, crear la seguridad social y, con ello, permitir el libre desarrollo. Nosotros, los ecosocialistas, decimos sí, tenemos que cambiar esos planteamientos, pero no es suficiente. Tenemos que cambiar el mismo engranaje productivo, porque toda su estructura, sus fuentes de energía –petróleo, carbón, gas…-, es lo que está llevando a la catástrofe. Hay que cambiar todo el aparato productivo y el patrón de consumo. Es un cambio más radical, más total. Esta es una propuesta revolucionaria. Una revolución que hay que hacer de una manera distinta y por ello me gusta citar una frase de Walter Benjamin, que decía que “La revolución es la mano de la humanidad que tira de los frenos del tren de la historia”. Estamos todos en el tren de la civilización capitalista, industrial, moderna. Y este tren camina a una velocidad creciente hacia el abismo. La revolución es parar este tren suicida.

¿Esta teoría revolucionaria no es utópica?

Sí, claro. Es una propuesta, es un proyecto, es una apuesta. Obviamente no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que pensar qué hacer aquí y ahora en la lucha contra estos peligros y cómo hacerlo. Tenemos que combinar las luchas sociales y las ecológicas, así como apoyar el desarrollo de muchos movimientos socioecológicos.

En estos momentos de crisis, ¿ve factible la construcción de un ecosocialismo europeo?

Antonio Gramsci decía que “debemos combinar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad”. El pesimismo de la razón nos dice que Europa está yendo por el mal camino: crisis, austeridad, recortes sociales, anulación de la cuestión ecológica… Las cosas van de mal en peor. Si permitimos que esto siga así vamos a acabar mal. Ahora necesitamos el optimismo de la voluntad. La esperanza está en que la gente se realice, que luche, que resista, que haga propuestas… Hay que participar y comprometerse, sabiendo que son apuestas que hay que hacer, aunque corramos el peligro de perderlas.

Centros de contrapoder

En este sentido, ¿la amplia red de movimientos sociales está actuando como un contrapoder?

La crisis está favoreciendo una ola de indignados. La indignación es muy importante, porque sin ella no se hace nada grande. La indignación hay que apoyarla, desarrollarla, encuadrarla y permitir que tome carácter estratégico. España y Grecia son los países donde esta ola de indignación tiene más fuerza. Es importante que se formen “centros” de contrapoder, porque el último punto de análisis es que tenemos que cambiar el poder, que sigue en manos de determinadas élites. La indignación es el primer paso para cualquier cambio.

Cuando comenzó la crisis se habló mucho de que había que cambiar el sistema, pero nada ha cambiado. ¿Por dónde debería comenzar el cambio?

Hay que luchar para imponer algunas medidas elementales, que son los primeros pasos en la transición a un orden nuevo. Todo se está haciendo en nombre de la deuda, que es como una diosa que exige sacrificios humanos. Hay que decir no; no admitimos esta “religión”, porque la deuda no es nuestra. El Gobierno de Ecuador lo hizo. También hay que tratar de que la banca no reciba ayuda, porque lo único que hace es especular. Hay que transformar el crédito en servicio público, bajo la gestión democrática de la población. Hay que hacer un programa de medidas que nos lleve a un cambio.

Todo parece indicar que estamos en una crisis de civilización

Sin duda. La crisis económica y ecológica son síntomas de una crisis de civilización. La civilización capitalista está en crisis, pero no podemos creer que se derrumbará por sí sola. Tiene que haber una voluntad política, democrática y popular para acabar con esta serie de principios establecidos.

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