“La exclusión social arrebata a las personas la motivación para el cambio y debilita su sociabilidad”

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Francisco Lorenzo habló para el Foro Gogoa, que ha cumplido 18 años de actividad social y cultural  Francisco Lorenzo, sociólogo, es coordinador del Equipo de Estudios de Cáritas Española y de la Fundación FOESSA, que publicará su reconocido informe el próximo octubre, esta vez con separatas por autonomías. Ofreció una conferencia sobre Cómo afecta la crisis a la trayectoria vital de las personas.

¿Estuvo ya presente la crisis antes de su estallido en 2007?

En los años previos a la crisis vivimos en una situación de euforia económica por el sostenido crecimiento del PIB, la alta creación de empleo y el espectacular desarrollo urbano. Esa ficción se vino abajo porque ocultaba debilidades: estaban disminuyendo las rentas del trabajo mientras aumentaban las del capital. Tres millones de empleos creados, que eran precarios, se vinieron abajo muy pronto. La vivienda no se consideró como un derecho sino como una oportunidad de especulación. Estaban creciendo la desigualdad y la vulnerabilidad social, porque un 44% de la población ya había experimentado alguna situación puntual de pobreza y el 51% de la población estuvo afectada por indicadores de exclusión social. Sin embargo, cuando hubo recursos, nos distanciamos fuertemente de la media europea en inversión social.

Ahora, ¿a dónde vamos?

Lo que sucede no es pasajero, es estructural, tiene que ver con un modelo económico y político. También con un modelo cultural de sociedad. Y, después de esto, lo que nos vamos a encontrar no es lo que había antes. Pero la crisis ha hecho despertar la creatividad, la generosidad y lo mejor de muchas personas y grupos. Y, con ello, la esperanza. A quienes piensan que el cambio es difícil o imposible, yo les diría: “Si crees que eres demasiado pequeño para causar impacto, intenta dormir con un mosquito en tu habitación”.

¿Qué rasgos culturales marcan el actual modelo de sociedad?

Preferimos crecimiento a desarrollo, creyendo que tener más es mejorar. Confundimos valor y precio, estamos sometidos a lo que manda el mercado. Procuramos el placer, considerando que no merece la pena sufrir por nada, por nadie, ni por el bien público. Apostamos por individuos autosuficientes, practicando eso del “sálvese quien pueda”. Vivimos bajo la tiranía de la imagen y la apariencia, como si lo importante fuera el parecer y no el ser. Todo, también las personas, tiene para nosotros fecha de caducidad. Hemos normalizado el principio de “privatizar ganancias y socializar perdidas”. ¿Dónde quedan en ese modelo las personas afectadas por la crisis y la exclusión?

¿En qué medida se ha agravado el paro?

Después de la crisis del 93-94 había una tasa de paro del 21%. Ahora esa tasa es del 26%. Pero hay, además, diferencias cualitativas: ha crecido enormemente el porcentaje de desempleados entre quienes son sustentadores principales de las familias; 1.800.000 hogares tienen a todos sus activos en desempleo (suponen un 10’5% frente al 2’5% de cuando empezó esta crisis); 300.000 grupos familiares están viviendo de las pensiones de los mayores (en Navarra hay 3.860 hogares en esta situación); el 52% de personas en paro sufren un desempleo de larga duración (en 2007 el desempleo cronificado representaba el 22’7%) El desánimo cunde entre esas personas que, hartas de no encontrar empleo, terminarán por no salir a buscarlo.

¿Cómo ha crecido la desigualdad?

Se ha producido un deterioro de las rentas sin parangón en las últimas décadas. Desde 2007 la renta media ha caído un 4%, mientras los precios se han incrementado en un 10%. Pero la renta de los hogares más ricos no ha cesado de crecer, mientras los ingresos de la población con rentas más bajas han caído cerca de un 5% en términos reales cada año. Y la diferencia entre las rentas del 20% más rico de la población y el 80% restante se han incrementado, durante la crisis, en un 30%.

¿Cómo afecta la crisis a la trayectoria vital de las personas?

En tres aspectos: sus derechos, sus relaciones y su sentido vital. Las personas con trabajo precario, con relaciones sociales inestables y que se dan en un núcleo cerrado y con convicciones personales frágiles son vulnerables. A la exclusión se puede llegar por falta de empleo, aislamiento social e insignificancia vital. Solemos hablar del síndrome de las cuatro “D”: depresión, acompañada de tristeza y con riesgo de caer en actitud destructiva; desmotivación, que, por pérdida de esperanza, conduce al inmovilismo; desafiliación, cuando la persona se dice: ¿quién se interesa por mí?, ¿para quién voy a cambiar? y eso le lleva a la anomia, al aislamiento y a quebrantar todas las normas sociales; y desconfianza en los demás y en sí mismo, que deriva en victimizarse e ir a aprovecharse de los demás.

¿Estamos ante una dualización social? ¿Qué efectos puede tener?

Tendemos a un modelo de dualización social, en que la sociedad se puede llegar a dividir en dos grupos con acceso distinto a bienes y servicios. Hay derechos que se están perdiendo para muchas personas y parece difícil que se recuperen. No somos una sociedad democrática por tener derecho a voto, sino en la medida en que nos ocupamos de todos y, especialmente, de los más débiles. Pero se recortan bienes básicos, se restringen y reducen prestaciones, hay grupos excluidos de servicios elementales, los servicios públicos se colapsan y las entidades del tercer sector están mermadas. No deberíamos hablar de gasto social, sino más bien de inversión social. Los procesos de dualización social conllevan ruptura. No dotarnos de los mecanismos redistributivos necesarios es empujarnos a la fragmentación y al conflicto social. Escucho algunas voces que me dicen: “Todo lo que estamos ahorrando en inversión social, lo gastaremos en policía”.

¿Es posible universalizar una renta social básica?

Ahora mismo hay en España 650.000 hogares sin ningún tipo de ingreso. Antes de las elecciones de 2011 la Fundación FOESSA calculó que garantizar un mínimo vital universal supondría 2.200 millones de euros.

Ante la realidad social y económica, ¿hay un imaginario colectivo?

La cultura dominante y los medios de comunicación, con un discurso repetitivo nos han llevado a interiorizar y aceptar que las cosas son como son y no pueden ser de otra forma. Así se llega a admitir que hay derechos que no lo son, ni lo serán. Y se llega, también, a culpabilizar a los afectados por el desempleo, la pobreza y la exclusión. Es precisa una reflexión sobre nuestros modelos de vida. ¿Austeridad es dejar abandonados a los débiles? Frente a ello hay un discurso y una practica valiente de movimientos reivindicativos y de organizaciones del tercer sector que dicen: “Si no podemos atender con calidad a las personas, mejor nos vamos a casa”.

¿Hay quienes están haciendo negocio con la pobreza?

Sí, desde luego. Hay quienes ven en la pobreza un nicho de ingresos. Pero, claro, si alguien pretende hacer negocio trabajando con grupos que no son rentables, vulnerará normas y derechos. No prestará los servicios de calidad que merecen todas las personas

¿Por qué sociólogos y analistas sociales hablan tanto de exclusión social?

Ese concepto, “exclusión social”, es de origen francés. Se atribuye a René Lenoir, quien lo utilizó en un libro publicado 1974. Permite superar la visión economicista del término “pobreza” e incorpora tres características fundamentales para comprender las situaciones de dificultad: su origen estructural, su carácter multidimensional y su naturaleza de proceso.

¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?

Seguro que muchos no. Hay que depurar las graves responsabilidades personales y grupales (inmobiliarias, financieras, transnacionales, políticas) de quienes han producido la crisis y tanto sufrimiento. Pero todos tenemos alguna responsabilidad. Porque no hay ley o política que aguante si no es por el desinterés popular.

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