Junto a Zaqueo en la Cárcel de Jaén

Foto. Archivo alandar.Hace ya cuatro años me planteé el ir a la cárcel junto a un grupo de voluntarios de Pastoral Penitenciaria de Jaén, pues me parecía un reto en un terreno inexplorado para mí hasta entonces. Había trabajado con inmigrantes, con población gitana, en barrios marginales, pero ¿con presos?. Inicié mi andadura con un taller sobre Higiene y hábitos saludables: ejercicio, dieta, enfermedades de transmisión sexual, drogodependencias, etc. y fui conociendo a Miguel, a Juan, a Ahmed, a Luis, rostros concretos que se fueron haciendo parte de mi vida cotidiana. Rostros que me descubrieron la dignidad que como personas tiene todo el mundo por el mismo hecho de nacer. Me di cuenta del gran valor humano que tenían, de sus aspiraciones, de sus problemas, de sus gozos y esperanzas, de sus familias. Fui espectador maravillado de los detalles que tenían conmigo. Recuerdo un día de junio, con un calor asfixiante bajo las chapas de aquel recinto. Un chico, Antonio se llamaba, se fue sin decir nada a comprar una botella de agua para que bebiera yo. Vivir este gesto me supuso un dejarme acariciar por las vidas de estos chicos que casi sin darme cuenta me estaban haciendo vivir el Evangelio en el día a día.

Al siguiente año se propuso desde pastoral iniciar un curso de catecumenado con los chicos que quisiesen. Muchos de ellos asistían el domingo a la eucaristía compartida, donde compartíamos pan, corazón, mesa, anhelos… y no sabían ni el Padrenuestro. Ellos quisieron aprender algo más sobre Cristo y había que organizar ese catecumenado inédito hasta el momento en esta cárcel de Jaén. Iniciamos así la preparación de un temario ameno, con diapositivas cargadas de imágenes, canciones y, sobre todo, lleno de la vida de Cristo.

Hemos caminado durante el curso de la mano de la samaritana, que apenas cree que se le acerque un varón judío y le pida algo a ella: una mujer y samaritana. Y con Jesús nos hemos sentado al borde del pozo y hemos aprendido qué es eso del don de Dios, del agua viva, ese agua que nunca más da sed, no como las drogas y la violencia, siempre con el regusto amargo de la insatisfacción continua.
Nos subimos a la higuera con Zaqueo para ver pasar a Jesús y quedamos sorprendidos al ver que Cristo se fijaba justamente en él, en el ladrón y traidor de su pueblo para hospedarse. Las cosas de Jesús, las salidas de tono de este galileo. Y, sin pensárselo dos veces, sin pedirle que cambiase, se mete en su casa y Zaqueo cambia, porque se siente incondicionalmente amado. Estuvimos dando vueltas a este asunto y ellos, los presos, no salían de su asombro: “¿Y así, sin más, se va a comer con un ladrón?”. No entienden que alguien se acerque al ladrón sin más pretensión que estar con él, vivir cercano a su dignidad, sin pedirle que cambie, sin pedirle que devuelva lo robado, sin pedirle cuentas por todo lo que había hecho. En nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, todo nuestro afán es convertir al otro, convencerle del mal que hace y que se vuelva noble, justo, como nosotros. ¿Y si el Evangelio no fuese así? , me planteaba cada tarde. ¿Y si Jesús nos quisiera tal y como somos con todas nuestras limitaciones y debilidades y aún así fuésemos como la niña de sus ojos?

Recuerdo una tarde de invierno, lluviosa, en la que vimos el Evangelio de Jesús y la mujer del perfume. Hablamos de besos, lágrimas, perfume, amor, envidia. Nos dimos cuenta de que Jesús, una vez más, era un exceso. Un exceso de amor, perdón, cariño, cercanía para el que acerca a Él.

Algunos se reconocían en el fariseo: juzgando a los demás, poniéndole etiquetas a los compañeros. Y cómo Jesús ve a cada persona como es, con toda su dignidad, por encima de nuestras limitadas miras, por encima de nuestras pequeñeces y cómodas visiones.

Otros se han estremecido con aquella mujer tan delirante en sus expresiones, tan cargada de amor para Jesús y sin saber cómo demostrarlo: tan fuera de lugar, en casa de un fariseo ponerse a dar la nota de esa forma. Y contaban gestos de amor que habían tenido ellos con sus novias, sus hijos o sus madres y que tampoco habían sabido medir, porque el corazón iba por delante de la cabeza.
Y yo salía cargado de ese Cristo que siempre rompe con nuestros esquemas, que nos deja un poco descolocados y que sorprende por lo inesperado de sus actuaciones, siempre con la persona como centro, siempre con el amor como única medida en su relación con los demás.
Leyendo a Santa Teresa recordaba el episodio en el que le queman los libros y Cristo le dice que desde entonces tendrá Libro Vivo y empiezan sus manifestaciones con ella. No sé si ellos, los presos, no serán el libro vivo con el que Cristo me va guiando. Posiblemente, nada es casual y en este momento de mi vida son ellos los que me abren a la experiencia de ese Jesús que rompe moldes y esquemas demasiado trillados y se abre a la novedad que aporta el Evangelio con mayúsculas.

Siempre me he movido por los márgenes de la sociedad, he reconocido a Jesús en los rostros más malqueridos, más abandonados, pero ahora ellos, los internos de la cárcel, han hecho que me sienta cargado de preguntas, andando por los márgenes de nuestra Iglesia.
Me están ayudando a valorar a la persona como don único e inestimable ofrecido por Dios a este mundo, porque “La gloria de Dios es que el ser humano viva”. Me están sacando de demasiadas certezas y me están arrojando a ese ámbito de luz donde te sabes inmensamente amado por Dios, tal y como eres, no como desearías ser. He reconocido el rostro divino en las imperfecciones de cada uno de ellos y en las mías propias y estoy aprendiendo a dialogar con todos esos pozos de dolor que ellos y yo llevamos dentro y que quizá sean el lugar desde donde mi Dios se quiere comunicar conmigo, con ellos, con cada persona.

Siempre había practicado un cristianismo de tender a lo alto, a lo perfecto, a la virtud. Y ahora, en una cárcel, percibo que en el fondo del dolor, en el fondo de nuestras inseguridades, en el fondo de nuestro pozo de verdades nunca declaradas está Cristo y el diálogo con esas pobrezas es desde donde él, me está ofreciendo su amor y llamándome a seguirle. Descubro que ellos y yo estamos hechos del mismo barro y que somos inmensamente queridos por ese tal Jesús, que pasó por este mundo haciendo el bien.
Seguiremos aprendiendo juntos, seguro.

Últimas entradas de Colaboración (ver todo)

2 comentarios en «Junto a Zaqueo en la Cárcel de Jaén»

  1. Junto a Zaqueo en la Cárcel de Jaén

    Aunque hace tiempo que no coincidimos, cuando leo relatos como el que acabas de publicar en Alandar se me llena de alegría el corazón y le doy gracias a Dios por tu vida y por la vida de cada uno de nuestros amigos los que están en la carcel. Desde La comunidad de la Asunción de Contrueces, Gijón, un gran abrazo y el deseo de la la Estrella nos siga indicando donde está realmente el Niño.
    Ana Pilar

  2. Junto a Zaqueo en la Cárcel de Jaén
    Muchísimas gracias por el artículo. Gracias porque esta experiencia de Jaén nos interpela, nos impulsa, nos remueve el corazón y nos orienta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *