Empujar la vida

diosa.jpgDirán que esto es propaganda del Sindicato de Madres, pero por ser las fechas que son, no sólo no voy a reprimir la propaganda, sino que me declaro dispuesta a hacerme socia de número de este sindicato (si sus admirables dirigentas tuvieran a bien admitirme). Y especialmente me gustaría hacer propaganda de su rama más genuina: la de esas madres que, con tal de defender la vida, la salud, la alimentación, el bienestar de sus hijos, son capaces de cualquier cosa. No es una frase hecha. Hablamos de cosas como irse a trabajar a diez mil kilómetros, o subirse a una patera sin saber lo que habrá al otro lado de la peligrosa travesía… Todo por empujar adelante la vida de sus hijos, de sus hijas, para que puedan estudiar, para que tengan una vida mejor de la que tienen ellas, una infancia mejor de la que ellas tuvieron, un futuro mejor del que ellas tendrán… Eso es el “amor de madre”, sólo suficientemente homenajeado en los tatuajes clásicos de los legionarios.

¿De dónde sacan las madres esta fuerza, estas capacidades extraordinarias? Según el genio de la obstetricia mundial, Michel Odent, existe un potente cóctel de hormonas del amor vinculado a la maternidad. Un cóctel que logra su máxima concentración en los momentos que rodean al nacimiento de un ser humano. Ingrediente fundamental es la oxitocina, conocida como la hormona del altruismo y del olvido de sí mismo… Y otro sabor fundamental lo constituye la prolactina, la hormona que, además de producir la leche de las hembras mamíferas, empuja a los animales a construir sus nidos y provoca comportamientos agresivos de defensa en las hembras lactantes. Para que ese cóctel se libere correctamente, es necesario respetar de forma escrupulosa la intimidad de madres e hijos, y promover un tipo de nacimiento donde el protagonismo y la sabiduría no estén en la técnica, sino en los seres humanos (la que pare, y el que nace). Esto genera entre ellos un vínculo indestructible, y hace a las madres capaces de cualquier cosa… por amor.

La utopía

En un artículo publicado en la web venezolana aquamater.org, Odent cuenta el cuento de Utopía, un territorio independiente donde en 2010 comienza a plantearse sustituir todos los partos por cesáreas… La Organización Mundial de la Utopía (OMU) lanza un seminario interdisciplinar para estudiar este proyecto. Los ginecólogos apoyan entusiasmados el proyecto: una operación fácil y universal que evitaría a mujeres y neonatos los riesgos del parto vaginal. Pero se alzaron muchas voces en contra: las asociaciones de Parto Con Amor, los expertos en hormonología y los genetistas demostraron que este proyecto eliminaría la programación de las mujeres para segregar hormonas del amor en la primera hora después del nacimiento, que desempeñaba un papel fundamental en la interacción entre seres humanos. Esa primera hora se llama “período crítico”: es algo mágico, que no volverá a ocurrir. “La forma en que nacemos tiene consecuencias de por vida”, dijo el especialista. “La capacidad de amar se desarrolla, en gran medida, durante el período perinatal”. El sabio de Utopía dijo: «Hoy el número de mujeres que da a luz a sus bebés y alumbra la placenta gracias a la liberación de un auténtico cóctel de hormonas del amor es prácticamente cero. ¿Qué ocurrirá en términos de civilización si continuamos así? ¿Qué ocurrirá después de dos o tres generaciones si las hormonas del amor se vuelven inútiles durante el crítico período que rodea al nacimiento?».

El parto es historia

Empujar la vida ha sido, desde hace millones de años, una de las fuentes de poder y placer más grandes para las mujeres. Una figura mitológica de seis mil años de antigüedad muestra a la Gran Diosa de Catal Hüyük en Anatolia (hoy Turquía) pariendo desnuda, sentada en un trono, flanqueada por dos leopardos sobre los que apoya sus manos. El trono de gobierno de esta Diosa de la Vida es la silla de parto de la mujer prehistórica del Neolítico. La Serpiente Arco Iris australiana se representa a veces como una mujer con las piernas abiertas y flexionadas en forma de M: está pariendo a las madres de los primeros australianos, que aparecen debajo de ella en la pintura rupestre. Los aztecas tenían su Tlazolteotl, diosa de la tierra fértil, patrona del erotismo, del parto y del destino. En su escultura, la diosa pare en cuclillas, las manos sobre sus nalgas y la boca abierta mostrando los dientes y gritando mientras emerge entre sus piernas un bebé que mira hacia arriba. La Pachamama andina pare en cuclillas con la luna, el sol y las estrellas pintados en el rostro. En la antigua Grecia, la diosa Ilitia, patrona de las madres y de las parteras, aparecía en cuclillas, en una postura que representa a la mujer que pare, y a la que la ayuda.

Las mujeres y las parteras conservaron el control sobre el parto hasta la persecución de las brujas –se persiguió y condenó a muchas excelentes parteras bajo este nombre, como cuenta la novelista Toti Martinez de Lezea en La Herbolera. Con el nacimiento de la medicina moderna, el poder masculino irrumpe transformando progresivamente el parto natural en una enfermedad y a las parturientas en “pacientes” sin control de su cuerpo ni de su conciencia, que deben permanecer tumbadas en la cama, en el hospital. El parto se convierte para las mujeres en un momento más de sometimiento social, religioso, y físico, en el que no puede decidir prácticamente nada más allá de la bata.

Muchas de las teorías feministas ponen gran énfasis en distinguir el trabajo “productivo” (remunerado, fuera del entorno familiar, generador de ingresos y de poder para las mujeres) del “reproductivo” (no remunerado, no valorado socialmente, realizado en el entorno familiar). Consideran que el trabajo reproductivo como “cosa de mujeres” perpetúa roles que hay que superar. Lo cierto es que, incluso a pesar de los panegíricos conservadores sobre las madres, el poder en manos de las mujeres, y las madres lo son, sigue dando miedo. Aunque ¿no tendría que darnos más miedo un mundo donde los seres humanos se crían sin “hormonas del amor”?

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