El derecho al amor y a la amistad de quienes viven en la calle

Entregar una manta o un café caliente es un pretexto para dar escucha y cariño. Llegamos al parque de las Vistillas: primera parada del reparto de los viernes de la comunidad de Sant’Egidio. Bajamos de la furgoneta y atravesamos el parque conocido entre la juventud del lugar por el botellón que congrega a adolescentes de quince años en adelante todos los fines de semana. Además, mientras toman sus cubatas, pueden disfrutar de la magnífica vista del iluminado lateral de la Almudena y que, a mi parecer, es el mejor ángulo de nuestra tan poco agraciada catedral.

En el fondo del parque, frente a una columnata techada bajo la que han montado sus tiendas, nos esperan nuestros amigos rumanos. Como siempre, sentados en sus sillas están Florín, Nenutksa y… ¡anda, Gogul ha vuelto por fin de Rumanía! Le doy un abrazo muy fuerte contentísima de volver a verle con el mismo gorro con orejeras y con un diminuto pompón que llevaba cuando le conocí hace un año. Realmente echaba de menos los sinceros abrazos con los que siempre te recibe este ancianito adorable que aparenta muchísimos más de los 67 años que tiene y con el que, como no tiene ni idea de español ni nosotros de rumano, las conversaciones son dignas de una película de los hermanos Marx. Entre todos los voluntarios repartimos las lentejas, los bocadillos y los dulces. Mientras tanto, Gogul intenta expresar lo fastidiadísimo que está de la espalda y los pies y nos pide que, por favor, le traigamos “catetines médico”. Florín, su intérprete por excelencia, nos cuenta cómo el otro día Gogul estaba tan mal que el Samur tuvo que venir a buscarle en ambulancia. Una vez en el hospital no quedó otra que traerle de vuelta porque, desde la aplicación del real decreto ley 16/2012 hace dos años, no se puede atender a nadie que no tenga certificado de empadronamiento.

Nenutska, que, como Gogul, Florín y todos los rumanos que conocemos, es también del pueblecito de Yuryu, nos agradece las mantas que le hemos traído. Sin embargo, por muchas cosas que le llevemos nunca es suficiente; esta vez nos pide que si, por favor, podemos traerle unas botas, señalando su calzado bastante poco acertado para una fría noche de invierno: chanclas y calcetines. Como muchos otros que están ya acostumbrados a vivir en la calle, Nenutska no tiene problema en insistir lo que haga falta hasta que le traigamos cualquier cosa que necesite. La voluptuosa y morena mujer cincuentona está más que acostumbrada pues, desde que está aquí en España, vive con lo que le dan en la Iglesia del Corpus Christi. Y es que, cuando eres pobre y tienes que vivir en la calle, son muchas más las cosas que no te puedes permitir que las que cuestan dinero; entre ellas, la más importante, la dignidad. Una vez te ves reducido a la nada, mendigar se convierte en el menor de tus problemas.

Hay voluntariados en los que se insiste en no crear vínculos afectivos con las personas sin techo o en los que se obliga a hacer un curso para aprender cómo debe uno comportarse ante ellos, como si fueran seres extraños de otro planeta. Sin embargo, en Sant’Egidio nuestras únicas instrucciones provienen de las lecturas del Evangelio y las reflexiones que se hacen siempre antes de empezar el reparto. En ellas aprendemos a partir del ejemplo de Jesús, el primero en defender, proteger y amar a los débiles y también el primero en reivindicar su dignidad. Y eso es precisamente lo que intentamos hacer en Sant’Egidio: recordar a aquellos que, por unas razones u otras, han acabado viviendo en la calle que también tienen derecho al amor y a la amistad.

Recuerdo que, cuando al principio los más veteranos de la comunidad se referían a las personas a las que llevábamos comida como “nuestros amigos de la calle”, me parecía una idea tan bonita como ingenua. ¿Cómo voy yo a ser amiga de gente de un mundo tan distinto al mío? No creía que fuera posible. Sin embargo, con el tiempo me han ido demostrando en la práctica cómo esa idea puede convertirse en una realidad. Claro que, para ello, es necesario volcarse al completo, como hacen muchos de los miembros de la comunidad y, sobre todo, no perder nunca de vista el verdadero sentido de nuestra vida, que debe estar siempre orientada al servicio de los demás. Es por todo esto que para mí, demasiado acostumbrada a “mi mundo” repleto de facilidades y en el que tiendo a ser la primera de mis preocupaciones, la amistad con alguien de la calle ha pasado a convertirse en una idea bastante incómoda.

La calle cambia a la gente, para bien y para mal. Después de despedirnos de los rumanos la furgoneta se dirige hacia la segunda parada del reparto, en el cruce de Ferraz con Plaza España. Primero paramos en la plaza donde un año atrás conocí a Eduardo y a Mercedes, una extraña pareja formada por un granadino de cincuenta y tantos años que, aunque sin motivo aparente, siempre está de buen humor y no tiene problema en mostrar su sonrisa desdentada las veces que haga falta y una madrileña con cara de muñeca de porcelana y unos ojos azules que siempre brillan con luz propia, tanto cuando la pillamos contenta como unas castañuelas como los días en los que le vencen el desánimo y la desesperanza. Hoy Mercedes y Eduardo vuelven a estar en bancos separados. De hecho, desde hace ya más de medio año lo raro es encontrarlos juntos. Vamos primero a saludar a Mercedes, pero hoy tiene un día malo y rechaza todo lo que le ofrecemos. Tras el brillo de sus ojos se adivina un manantial de lágrimas pero, aun así, fuerza su sonrisa para que no la veamos tan triste. El resto de voluntarios se queda animándola y yo voy a ver a Eduardo. El granadino se levanta para darme dos besos con una educación que resulta bastante pintoresca para alguien que vive en la calle. Le pregunto qué ha pasado esta vez con Mercedes y me dice que lo de siempre… Al parecer, Mercedes tiene algún tipo de enfermedad mental que hace que sufra constantes altibajos emocionales y, según Eduardo, más vale alejarse hasta que las cosas vuelvan a su cauce. Sin embargo, cuando hablas con alguien de la calle, las verdades siempre son verdades a medias y, aunque al principio me negara a creérmelo, parece ser que Eduardo no es tan santo como parece. Aun así, yo no voy a dejar de intentar ser amiga de Eduardo, porque soy consciente de que la calle cambia a la gente y, siempre, para mal.

Después de escuchar un sinfín de historias de la gente que he conocido en los repartos, ante las que no puede hacerse nada salvo escuchar y sentir una impotencia infinita, cada vez me cuesta más trabajo juzgar. Cuando nos despedimos de nuestros amigos de la calle siempre nos dan las gracias y yo siempre les respondo que gracias a ellos. Puede parecer una mera fórmula de cortesía, pero yo lo digo con toda sinceridad, porque ellos me ayudan a darme cuenta de que “mi mundo” es el mismo mundo que el de la gente que vive en la calle y de la que muchas veces prefiero desviar la mirada. Ahora intento luchar contra la indiferencia, conocer más, mirar más, amar más. No deja de ser un amor muy incómodo y al que, en ocasiones, traiciono. Sin embargo, en definitiva, se trata de un amor real, parecido a aquel del que se nos habla en los evangelios.

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2 comentarios en «El derecho al amor y a la amistad de quienes viven en la calle»

  1. El derecho al amor y a la amistad de quienes viven en la calle
    Precioso artículo, debes ser un terremoto de generosidad y simpatía , me has emocionado como supongo que emocionarás a tus nuevos amigos…ellos son pobres pero como bien dices ricos en lo que importa, dignidad, gratitud, alegría…Enhorabuena también por tu bonita labor.

  2. El derecho al amor y a la amistad de quienes viven en la calle
    Impresionate artículo sobre tu entrega en las calles de Madrid.
    Vivir sin hogar es una de las circunstancias más duras que una persona puede vivir, tú te has atrevido a saludarlos y te has llevado alguna sonrisa, alguna historia o algún desvario. Eso es ser humano; poner nombre a un bulto en la cera y poner cara al bocadillo o la manta que se entrega en la calle. Nuestro mundo va tan rápido con los avances tecnológicos, los mercados financieros y los gobiernos cambiantes que nos olvidamos de parar y ver lo que hay en la calle. Quiero agradecerte de todo corazón que me has abierto los ojos con tu artículo. No sé si daré o no limosna pero te aseguro que a partir de ahora me atreveré a para y a saludarlos como tú. Muchas gracias, Sole

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