Deberes junto a derechos

movimientos2522.jpgA la hora de ponerme a escribir sobre lo que pueden leer en este trabajo se me ocurrió teclear en Google ‘derechos humanos’ y la respuesta inmediata fue de 17,6 millones de entradas; a continuación escribí ‘deberes humanos’ y ‘obligaciones humanas’ y entre ambos planteamientos las entradas superaban por poco los 3,2 millones. Si uno hace la prueba con las citas a los términos ‘human rights’ y ‘human duties’ la cosa simplemente se desborda, pues la primera llega casi a los 800 millones y la segunda supera los 62. Esta prueba, seguramente nada científica, sí demuestra que no hay que ser ningún experto jurídico ni sociólogo para llegar a la conclusión de que es más fácil hablar de derechos que de deberes. La mayoría de las personas, de los ciudadanos, casi siempre invocaremos antes nuestros derechos que nuestros deberes, aunque hayamos sido cogidos en falta, delito, o simplemente en un ‘renuncio’ social.

En el anterior número de alandar, en referencia a la celebración del 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hablamos de la importancia de predicar con el ejemplo para que este conjunto de reconocimientos -básicos para entender lo que es la dignidad humana- sean una realidad y no papel mojado para cientos de millones de personas. En este ‘predicar con el ejemplo’ se condensa la responsabilidad que cada individuo debe aportar para el necesario equilibrio entre derechos y deberes, así como la participación en lo social como medio para conseguir ese equilibrio. Quizá una de las causas del desequilibrio existente habría que buscarla en el excesivo grado de individualismo que vivimos en los países desarrollados, impulsado, a mi modo de ver, por el pensamiento neoliberal –no sólo económico-, que ha arrasado nuestro mundo en las cuatro últimas décadas. Como señalaba Pierre Bourdieu, “el retorno del individualismo tiende a destruir los fundamentos filosóficos del Estado del bienestar y el concepto de responsabilidad colectiva, una conquista fundamental del pensamiento social”. Para el filósofo francés, el retorno al individuo es también lo que permite censurar a la ‘víctima’ como única responsable en su desgracia (desempleo, enfermedad, falta de formación, pobreza…), y “predicarle que se ayude a sí misma”, con todo lo que ello supone de violación de los derechos humanos.

Es cierto también que los deberes para con los demás pueden estar quedando diluidos en el bienestar que disfrutamos en nuestro primer mundo, aun con toda la ‘crisis’ que estamos padeciendo y que cada día se encargan de recordarnos todos los medios de comunicación. Esta llamada ‘cultura de la satisfacción’ en la que estamos asentados nos puede llevar a no sentir las carencias de derechos que padece más de la mitad de la humanidad. Pero no debemos olvidar que los derechos humanos hablan de nuestros deberes para con todas aquellas personas que se ven privados de ellos, porque si no es así terminamos reclamando los derechos sólo para quienes tenemos más poder para defender los propios intereses.

¿Cuáles serían nuestras obligaciones, nuestros deberes mínimos como seres humanos? Hay algunas iniciativas a este respecto, como las propuestas por Jostein Gaarder -el filósofo y escritor noruego, autor del célebre libro ‘El mundo de Sofía- o la lista propiciada en el Forum Universal de las Culturas, celebrado el año pasado en Monterrey, pero no existe una declaración universal al modo de los Derechos Humanos. Quizá es que no tiene que existir, porque los deberes tienen que ir implícitos en el comportamiento de los hombres y mujeres, conscientes de la propia responsabilidad con los demás, sabiendo que lo que a ellos les ocurre nos afecta también a nosotros.
No se trata sólo de hacer aquello que nos ‘obligan y limitan’ las leyes que nos damos y cuyo incumpliendo lleva consigo una sanción. No, es dar un paso más siendo conscientes de que lo que hacemos pensando en los demás nos hace crecer como personas y como sociedad. ¿Nos hemos parado a pensar en el deber de ofrecer de uno mismo las ideas, el tiempo, las experiencias, los sentimientos…, incluso las equivocaciones reconocidas? ¿Somos conscientes del deber de buscar la paz, la verdad, la justicia…? ¿Estamos cumpliendo con el deber de educar a las generaciones futuras, de no desperdiciar los recursos de la Tierra, de respetar la vida en todos los sentidos, de procurar el desarrollo físico, espiritual, artístico…? ¿Tomamos en serio el deber del sufragio, de la participación política, del diálogo, del bien común…? Asumir estas responsabilidades no es algo puramente expositivo, ‘intelectual’, sino que tiene efectos prácticos en el entorno en el que los llevo a cabo y que se van expandiendo, como las ondas que se forman al tirar una piedra al agua.

Educar

Para llegar a esta toma de conciencia de la responsabilidad individual resulta obvio que hay que empezar por el principio, que no es otro que la educación, la formación desde el colegio, desde el instituto. Podría citar las ‘recetas’ de pedagogos, profesores de Ética, políticos, intelectuales, pero me parece que para empezar están muy bien algunas de las propuestas que hace la ONG Alboan, de los jesuitas de la Provincia de Loyola. Por ejemplo, mostrar que existen límites que no se pueden traspasar sin consecuencias, rescatar el valor social de un trabajo bien hecho, cultivar un talante crítico ante la realidad y ante nosotros mismos, reflexionar en el entorno cercano alguna situación que pida una mayor responsabilidad (cuidar de un familiar enfermo, acompañar a un vecino solo…), dar a conocer grupos, asociaciones, plataformas que trabajan desinteresadamente por los demás, etc. Son pasos para formar en algo tan importante como la pertenencia a la comunidad.
Para terminar, hago mía la afirmación de Alboan cuando señala que “la responsabilidad no se detiene en la queja y el pataleo, sino que sugiere, propone, se organiza, planifica se reúne, piensa con otros, participa, sueña, protagoniza… La responsabilidad construye comunidad humana preocupada por la realidad del mundo en el que vive”.

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