Basida, la utopía hecha realidad

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Basida lleva más de 20 años trabajando para dignificar a los enfermos de sida. Han pasado unos cuantos años desde que Basida recibió el Premio alandar a la Utopía. Rondaba el año 1991 y, apenas un año antes, la asociación había abierto en Aranjuez (Madrid) la mayor casa de acogida para enfermos terminales de sida en toda España como respuesta al grave problema socio-sanitario que esta enfermedad planteó en la década de los ochenta.

La historia de Basida, como nos indica Cristina Alonso, educadora de la asociación, es una «historia de amor que dura hasta hoy». Todo comienza en una pequeña parroquia de Aranjuez en la que un grupo de chavales compartían risas, juegos, oración y fe. Eso chicos fueron creciendo y coincidiendo también en el camino de la vida, se hicieron compañeros de viaje y se embarcaron en una aventura y proyecto común: «La entrega a esos hombres y mujeres que no habían tenido tanta suerte como ellos». En el verano del 90 nació la comunidad, «una comunidad que buscaba seguir el sendero y pisar las huellas de radicalidad y coherencia que Jesús nos legó en su Evangelio de vida; una comunidad que tendría por misión ofrecer un hogar y una familia a los que en esos años eran los ‘leprosos del siglo XX’: los enfermos de sida». Tras apenas dos meses de convivencia ya vivían con ellos cuatro enfermos, entre ellos, el primero, Julián. «Gracias a él y a los que vinieron después, pudimos poner un rostro al sida, pudimos entender lo que significa la soledad y la exclusión; pero también nos sirvió para saber valorar lo que la vida nos había dado y poder entender el deber que teníamos de compartirlo».

Los inicios no fueron fáciles, pero tenían la certeza de que si eso era de Dios, Él se encargaría de sacarlo adelante. “¡Qué locura!, pensaban todos los que nos rodeaban. Locura no sólo por dedicarnos a una enfermedad que era realmente desconocida y temida, sino por hacer un compromiso coherente y radical de entrega las 24 horas, dejando atrás todo tipo de seguridades». Sí, fueron «años duros, pero intensamente vividos. Años de aprendizaje, de aciertos y equivocaciones, pero felices. Principios austeros y pobres, pero plenamente enriquecedores». El rechazo que las personas infectadas sufrían por parte de la sociedad era absoluto. Todo era nuevo y desconocido. «Hasta 1997, el diagnóstico de sida equivalía a una condena a muerte. Muchos de los que llegaban hasta nuestra casa sabían que irremediablemente iban a morir, por lo que era muy complicado conseguir que tuvieran una motivación, algo por lo que luchar y dejar atrás droga, cárcel, marginación o soledad. Sólo el cariño y el respeto conseguían el pequeño gran milagro de que recuperaran sus ganas de vivir y de seguir adelante».

Pero la utopía de Basida se hizo y se hace realidad cada día. Se ha creado una comunidad viva que disfruta con cada segundo de su trabajo compartiendo la vida «con verdaderos héroes que saben sonreír ante la adversidad y que son ejemplo de lucha y afán de superación». En la actualidad cuentan con nuevas casas de acogida en Manzanares (Ciudad Real) y en Navahondilla (Avila). Cerca de 80 personas viven en dichas casas pero, a lo largo de sus 25 años de historia, han atendido aproximadamente a 1.200 personas, de las que han fallecido 275.

Los chicos y las chicas que viven Basida son personas con graves carencias sociales, familiares y económicas que son remitidos por diferentes entidades e, incluso a veces, a petición del propio interesado o de las familias. Pueden ser personas con adicción a sustancias, con o sin VIH y en cualquier fase de la enfermedad, incluso terminal, ex reclusos a los que se permite salir de la cárcel por padecer una enfermedad incurable y personas con algún tipo de demencia o problemas psiquiátricos asociados al sida, siempre y cuando se tenga la certeza de que su enfermedad mental está compensada con un tratamiento y puede seguir las normas de convivencia del centro.

Todo el equipo terapéutico de Basida está formado por personas voluntarias que son profesionales en diferentes disciplinas, que se dejan la piel por cada uno de los internos e internas y que realizan programas y actividades a diferentes niveles de compromiso. Hay voluntarios a tiempo completo que se ayudan con voluntariado periódico fijo y otro más esporádico, que son un refuerzo imprescindible.

Ante todo, Basida es un hogar y una familia. Una de esas voluntarias es Cristina, profesora de inglés en un colegio de Madrid que no duda en sacar un hueco de su tiempo para ir y echar una mano. «En Basida cabemos todos y todos aportamos lo que sabemos, podemos y somos«. Y es que, ante todo, Basida es un hogar y una familia para todas aquellas personas que precisan de una atención que mejore su calidad de vida y para cualquiera que se quiera acercar. Nada más llegar a la casa de Aranjuez, se respira el cariño y la ternura con que unos a otros se cuidan y se miman. Y desde el primer momento, pasas a ser uno más. Hay actividades de todo tipo pero también muchas «chapucillas» a las que hay que atender. Lo mismo tienes que ponerte a limpiar la capilla, doblar unas sábanas en la lavandería o pelar patatas en la cocina. Además, se desarrollan numerosas y diversas actividades encaminadas a conseguir la recuperación de las personas y a que tengan una vida plena en todos los ámbitos. Hay actividades más terapéuticas de rehabilitación y atención sanitaria de cualquier tipo, otras cuyo objetivo es la reinserción social y laboral con talleres de jardinería, pintura, carpintería, mecánica, clases de alfabetización y cursos para la obtención de algún certificado profesional. Y es que, a medida que han aparecido nuevos tratamientos para el sida que han mejorado notablemente la calidad de los enfermos y sus expectativas de vida, Basida se ha visto en la obligación de reajustar su programa de atención. De este modo, a pasado a «desarrollar nuevas estrategias, actividades e itinerarios que respondan a un nuevo modelo de integración social, que cree nuevas ilusiones y estímulos, que les garantice una independencia de la sociedad, proporcionándoles un futuro coherente con su realidad y al alcance de la mano«. Es así como nace, también, la cooperativa dedicada al reciclaje y a la venta de palets para el trasporte de mercancías y cuyo objetivo es, precisamente, «la inserción laboral de personas que han terminado su programa de rehabilitación y que padecen algún tipo de discapacidad que le dificulta su acceso al mercado laboral ordinario, ofreciéndoles un trabajo personalizado y adaptado a su situación física y su capacidad y habilidades».

Sin duda, Basida te contagia. Como nos explicaba la voluntaria, «Basida aporta una visión más amplia de la sociedad y, sobre todo, te ayuda a conocer la condición humana, la grandeza y la miseria que todos podemos tener dentro y cómo el cariño, el amor desinteresado, te hace sacar lo mejor de ti mismo en cuanto notan que creen en ti”.

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