Heridos en el alma

Los niños no hablan fácilmente del dolor que la guerra les provoca. Un dolor silencioso, que seca las lágrimas, hiela el cuerpo y sus movimientos. Los niños durante la experiencia de la guerra a menudo parecen incluso más buenos, más serviciales, más maduros y tranquilos que en periodo de paz. Una tranquilidad aparente.

Tal vez por ello se haya infravalorado las consecuencias psicológicas que marcarán su personalidad y su vida. Los estudios hechos a partir de la 2° guerra mundial analizaban los resultados psicopatológicos que los eventos bélicos han producido en los niños, sin tener en cuenta la vivencia del dolor en éstos. Un término como “trastorno post- traumático de stress” asimilaba con superficialidad las reacciones de los niños ante los horrores de la guerra a las de quienes presentan trastornos mentales. Y el caso es que excepto en casos particulares, los niños testigos de atrocidades de la guerra no “se vuelven locos”.

La calidad de su sufrimiento es distinta pero igualmente cruel, porque atraviesa a toda la población infantil tocada por una experiencia directa de la guerra. Quienes trabajan desde hace años con niños de la guerra y han recogido con atención psicológica sus palabras a través del contacto, las miradas, los dibujos, los diarios, las danzas y oraciones, se han convencido de que al conflicto externo se acompaña otro conflicto psicológico tan grave y lleno de consecuencias como el primero. Los menores tienen que afrontar tres batallas de cuyo resultado puede depender el éxito o el fracaso de su proyecto de vida y de su felicidad. Podemos llamar a los campos de estas batallas el nombre de: traición, pérdida y trauma.

La traición

Los padres durante un conflicto armado ya no son capaces de proteger a sus hijos de los peligros físicos. Para ellos resulta imposible incluso a veces satisfacer las necesidades primarias como dormir, ir a la escuela, jugar, explorar, hacer amigos… Lo cual supone en los niños una sensación como de “traición” por parte de los adultos por abandono, impotencia o maldad. A esta sensación se acompaña la progresiva pérdida de confianza. A los ojos de los niños los padres pierden su papel protector y pueden incluso ser fuente de temor cuando aquellos se sienten incontrolablemente angustiados. En los más mayores a la desconfianza hacia los padres se añade la desconfianza hacia las personas respetables e importantes de la comunidad. Los fundamentos sobre los que se basa la visión del mundo de los niños se rompen como las casas de su ciudad, y el territorio amigo cambia de aspecto. La misma mente está trastornada.

La pérdida

Hoy las guerras se combaten en las ciudades y en los pueblos implicando a muchos civiles y con muchísimas muertes. Entre los niños supervivientes muchos experimentan la “pérdida” de los familiares, conocidos y amigos. Muchos esperan en vano el retorno del padre, de un hermano o parientes de la guerra. Contrariamente a lo que ocurre en los lutos naturales y cotidianos, la elaboración de los lutos de guerra se suele congelar, postergar sin tiempo, sobre todo cuando no se encuentra el cuerpo del difunto o no se pueden celebrar dignamente los ritos de despedida, o cuando los niños son enviados a casa de parientes, internados, o campo de refugiados. A veces el lugo se bloquea en espera de que el castigo venza al enemigo. El congelamiento de las emociones y de los sentimientos reduce en el niño la capacidad de un desarrollo normal. Le aisla de las relaciones sociales, prepara posibles trastornos somáticos y depresivos, abre la puerta a cansados papeles sustitutivos en el ámbito familiar, a veces alimenta pulsiones destructivas de venganza y odio.

Trauma

La intensidad del dolor ha encontrado en el siglo XX una metáfora en la palabra “trauma”, o sea, herida, como en la etimología griega. Herida del alma, o “trauma psíquico”, en el doble sentido de causa y efecto de un trastorno que puede tocar a los supervivientes de una guerra. Los eventos de los que son espectadores impotentes, como las amenazas a su vida y a la de los que quieren, la visión de personas muertas, los olores y ruidos de la guerra, atacan al sistema de los sentidos y son conservadas en la memoria donde toman la forma de la tensión y la ansiedad. Las emociones son reprimidas y llevadas al lugar más profundo de las vivencias, y de vez en cuando reafloran la superficie hasta convertirse en compañeras estables de la propia existencia. De este modo los hechos pasados pueden volver a la memoria bajo forma de imágenes, sonidos, olores,… a menudo de forma imprevista e incontrolable. Tales reacciones de intrusión al principio hay que considerarlas como una normal acción de defensa para la supervivencia, pero con el tiempo pueden hacerse crónicas. Ello puede deberse a la crudeza de lo que los que los niños han sido espectadores (muerte de padres o amigos), o víctimas (abusos sexuales, prostitución…) o actores involuntarios (niños soldado), junto a la falta de una red protectiva por parte de la familia y del ambiente comunitario. Si estos niños sensibles al trauma psíquico no reciben ayuda, sus posibilidades de realizarse en la vida serán reducidas, pues verán reducidas importantes sectores de su existencia.

Guerra en la guerra

Se trata pues de una especie de guerra dentro de la guerra la que los niños viven durante los conflictos armados, muchas veces solos, sin testigos y sin los socorredores que pueden aliviar las heridas psíquicas. Pero hay que recordar que los profesionales de la psicología no tienen medicinas mágicas para hacer desaparecer las heridas de la guerra, destinadas a dejar cicatrices para toda la vida. Se necesitan tantas personas y ocasiones, profesionales y voluntarios, para acoger y acompañar a los niños víctimas de guerras, y compartir la lenta elaboración del luto por la pérdida de sus personas de referencia y de sus certezas. Para hacer renacer la confianza en las personas y en las autoridades, volver a dar sentido a una visión del mundo no destructiva, transformar el sufrimiento vivido en testimonio para la paz.

Psicologi per i Popoli. Asoc. de voluntariado.
Traducción: Merche Mas Solé

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