Se suele decir que la mejor manera de combatir actitudes negativas hacia otras culturas es viajar y conocerlas. Conocerlas pateando sus calles, comiendo su comida en sus restaurantes, comprando sus dulces y hablando con las personas que son de allí y entendiendo su arte y arquitectura desde la expresión que son de sus identidades. Sin embargo, en estos tiempos pandémicos es difícil hacerlo, ya no solo por las restricciones a la movilidad sino además por el menoscabo en las economías familiares que está produciendo. Pero hay otras formas que, sin ser ni por asomo lo mismo, pueden ayudar a entendernos mejor y convivir pacíficamente. En una época en la que algunos discursos exacerban el odio y el rechazo a las personas por razón del color de su piel, o su sexo, o su orientación sexual, o incluso por su avanzada edad o profesión de riesgo, mezclarse es más necesario que nunca, aunque haya que dejar 2 metros de distancia. Y una de estas formas es comprando.

Una de las principales líneas que he defendido siempre en mis escritos académicos es que las personas que van a la compra juntas establecen unos lazos de complicidad y convivencia especiales. Una buena manera de erradicar la xenofobia y el racismo es entrar a comprar en una tienda regentada por una persona migrada. Y no es que lo diga sólo yo: Un reciente estudio del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia titulado “Percepciones, discursos y actitudes hacia las personas inmigrantes en un barrio de Madrid” concluye muy acertadamente que para impedir que se generen los discursos xenófobos, se necesitan más pequeños comercios.

Efectivamente los pequeños comercios de barrio son un elemento fundamental para la creación de un tejido social pues en ellos, más allá de una simple transacción económica, se generan relaciones de proximidad, se pregunta por la salud, los estudios de los hijos e hijas o se comentan las novedades del barrio, se transmiten noticias de interés para la comunidad. Son los protagonistas de una vida vecinal viva, segura, amable, comercialmente justa y socialmente equitativa, culturalmente diversa y generadora de empleo estable local. Está muy estudiado como determinadas comunidades (marroquí, por ejemplo) usan las tiendas como lugares de encuentro y re-encuentros: cuando una persona pasa el Estrecho muchas veces trae anotado en un papel, tan sólo, la dirección de la carnicería halal donde contactar con su gente y empezar su nueva vida aquí.

Durante estos meses de confinamiento hemos redescubierto el valor de las pequeñas cosas cotidianas. Bajar a por el pan era una alegría, pues podías salir, aunque fuera unos minutos, a la calle y en la panadería te enterabas de cómo iban las cosas. Antes también lo podías hacer a la salida del colegio de los niños, en la sala de espera del centro de salud o si ibas a misa el domingo o a la mezquita el viernes. Pero en estos meses el contacto social se ha limitado casi exclusivamente a lo que hemos hablado y compartido mientras comprábamos el kilo de filetes o los tomates. Hemos echado mucho de menos al “chino” de la esquina cuando estuvo cerrado, al inicio de la pandemia, y le hemos saludado con alegría cuando ha vuelto a abrir. Incluso le hemos preguntado cómo se llama –porque antes de todo esto ni lo sabíamos- y si está todo bien en su familia. Que el “chino” de debajo de casa abra es el mejor indicador de la desescalada y la vuelta a la normalidad.

Sólo espero que no se nos olvide su nombre y que cuando todo esto pase sigamos apoyando al comercio de barrio y evitemos la desertización comercial que producen las franquicias y grandes cadenas de distribución. No hay cosa más triste que visitar esas ciudades en las que sus centros se han visto colonizados por franquicias y modernas tiendas que, en cuanto cierran sus puertas al final del horario comercial, transforman esas zonas en barrios sin vida, fantasmas. Las épocas de crisis son el momento ideal para que el grande se coma al chico, pero esta crisis nos ha hecho aprender mucha ciudadanía, mucha resistencia (y resiliencia) y nos ha demostrado quien se ha mantenido a nuestro lado. No lo olvidemos.