Por Carlos Ballesteros @revolucionde7a9

De aquellos polvos, dice el refrán castellano, vienen estos lodos. Este es un refrán que se usa cuando se quiere evidenciar que las consecuencias negativas de una acción pueden deberse a nimiedades o a circunstancias que en su día no le dimos la importancia que tenían. Y estos lodos que estamos viviendo en el otoño pandémico del maldito bisiesto 2020 puede que tengan que ver con los polvos de años anteriores. Obviamente me refiero a la situación económica, pues es el objeto de esta sección, y no a los polvos políticos, sanitarios o sociales, de los que también habría mucho que hablar. Me referiré a tres, aunque habría muchos más.

El primero de ellos podría ser la paulatina y progresiva conversión de los centros de las ciudades en grandísimos y modernos centros comerciales en los que las tiendas de toda la vida se fueron transmutando en establecimientos modernos de grandes cadenas multinacionales. El comercio familiar ahora es la franquicia de moda. Y con el agravante de que mientras en un centro comercial de los de las afueras los comerciantes se agrupan para pagar limpieza de zonas comunes y otros servicios, en los centros de las ciudades la limpieza de las calles y la seguridad se paga con impuestos. Esta gentrificación silenciosa y premeditada, que además supuso que las familias que antes vivían allí ahora no puedan pagar las rentas y se hayan marchado dejando sitio a los millenials con bicicletas que ahora se han ido al campo a teletrabajar hace que, ahora que media ciudad siga confinada y con miedo a salir más allá de la esquina, los centros de las ciudades sean fantasmagóricos espacios llenos de tiendas cerradas y sin vida.

El segundo polvo tiene que ver con el gradual y deliberado deterioro de los servicios públicos (sanidad, educación, servicios sociales…) en pro de una privatización con cierto grado de descaro que promete eficacia, modernidad, servicio… para el que lo pueda pagar. Cuando la crisis acecha y las vacas enflaquecen, cuando ya no hay negocio que hacer, cuando los ingresos disminuyen y los costes aprietan, todas las miradas se vuelven al proveedor público (ayuntamiento, comunidad, ministerio) y se le pregunta cómo es que no está preparado para responder a las necesidades imperiosas de una asustada y acongojada sociedad.

El tercero de los muchos otros que podríamos hablar tiene que ver con la digitalización, automatización e internetizacion de las cosas que ha venido para quedarse sin tener en cuenta que no toda la población estaba preparada para teleloquesea. Mientras convivían lo analógico y lo digital no había problema: podías comprar desde tu móvil el pan o bajar a la tienda de la esquina; podías usar bizum o cualquier otro adelanto para pagar desde tu teléfono o seguir yendo a la ventanilla del banco; podías leer la prensa digital o seguir leyendo la letra impresa y oliendo la tinta fresca del papel. Pero ahora ya casi no puedes comprar el pan sino tienes una app, no puedes ni debes pensar acercarte al banco –que por otra parte está cerrado o con servicios mínimos- y el quiosco de la esquina hace meses que no abre. Y esto, que no tendría por qué ser tan problemático, lo puede ser si tienes más de 70 años (como lo es el 19% de la población de España según el INE), vives en zona con baja cobertura o no tienes suficientes recursos para pagar una conexión de fibra óptica.

No quiero pecar de ingenuo, sé de las dificultades y las obligaciones que nos ha provocado esta pandemia (#yomequedoencasa, distancia de seguridad…) y que nos obligan a pensar de manera creativa en nuestras compras, ocio y trabajo. No estoy en contra del progreso, pero sí de unas supuestas mejoras que dejan atrás a grandes colectivos de población. Solo digo que no estaría mal que releyéramos a Naomi Klein en su Doctrina del Shock cuando nos avisaba, hace casi 15 años, que las grandes convulsiones sociales sirven de excusa para que algunos interesados hagan su agosto y aprovechen nuestro catalítico estado para introducir dolorosas novedades que dejan atrás a quien no puede pagar. No nos adormezcamos y recordemos que a menudo los barrancos secos y polvorientos se convierten en pocos segundos en peligrosas ramblas que nos arrastran con sus lodos.