Amartya Sen

Érase una vez una región de un país que podía permitirse el lujo de ser libre. ¡No, por favor! No quiero que nadie vea en esta frase intenciones ocultas…. Érase una vez una región de un país que podía permitirse el lujo de ser libre porque sus habitantes tenían capacidad para tener una voz en el gobierno y podían ejercer un control a las autoridades.

También tenían acceso universal a los recursos del mercado y los ingresos y la riqueza de la región (una de las más prósperas del país) servían para aumentar las facilidades económicas para todo el pueblo. Además, la salud y la educación, entre otras oportunidades sociales estaban al alcance de todos y todas para la población, permitiendo a las personas vivir mejores vidas.

Las garantías de transparencia que existían en este territorio permitían a las personas interactuar con cierto grado de confianza entre ellas y con el gobierno y las instituciones. Por último, en esta idílica región la seguridad protectora proporcionaba un sistema de redes de apoyo y ayuda que impedían que si algún grupo de población se veía afectado por la pobreza fuera sometido a una terrible miseria.

Estas cinco libertades (políticas, económicas, sociales, garantía de transparencia y seguridad protectora) sirvieron en su día (1998) para la concesión del Premio Nobel de Economía a Amartya Sen, un economista indio profesor en numerosas universidades (Oxford, Harvard, Nueva Delhi entre otras). Bueno, más que la definición en sí de las libertades, lo que le valió el Nobel fue su planteamiento de que éstas debían ser tanto el fin como el medio del desarrollo: que no podían ser el privilegio de las regiones ricas sino una aspiración universal, planetaria. 

Por eso, siendo director del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ideó el Índice de Desarrollo Humano (IDH), según el cual el desarrollo de los países ya no se iba a medir tan sólo respecto de la riqueza (PIB per cápita o, lo que es lo mismo, a cuanto tocamos por cabeza humana de los recursos generados en mi país), sino que para calificar el desarrollo hay que tener en cuenta aspectos tales como la esperanza de vida, la participación real de sus habitante en la vida social y política del país o el acceso a la educación, entre otras variables.

Así, países del Golfo Pérsico, muy ricos en petróleo y por lo tanto con un cálculo estadístico muy favorable en términos de riqueza, no pueden ser calificados de desarrollados si esa riqueza está en manos de unos pocos (aquí no uso el lenguaje inclusivo aposta) y por lo tanto el reparto real de esa prosperidad es muy desigual, o si las mujeres no pueden votar, ir a la escuela o conducir un coche. No. No se puede llamar desarrollo al crecimiento económico. 

Pues bien, todo esto viene a cuento de que a Amartya Sen le acaban de conceder, merecidísimamente, el Premio Princesa de Asturias 2021 de Ciencias Sociales. Me ha parecido interesante en estas Cuentas de la Vieja veraniegas, que como sabéis es un espacio de educación económica accesible, hacer un breve recorrido por su pensamiento y aprovechar para hacer un poco de pedagogía sobre justicia, economía y desarrollo. Sobre esto último ya he contado cuál es su contribución y recomiendo vivamente leer este verano, bajo la sombrilla, su libro Desarrollo y Libertad. Sobre su idea de la justicia va un segundo cuento, este sí suyo. 

Dice Amartya Sen que una vez había tres niños que querían la misma flauta. Una la reclamaba para sí porque sólo ella sabía tocarla, en una concepción utilitarista de la justicia: los bienes deben ser para quien los puede disfrutar. El segundo dice que lo justo es que sea para él, ya que es pobre y no tiene más juguetes (justicia distributiva o igualitaria ). La última niña expone que la flauta debe ser para ella, pues fue ella quien la fabricó, bajo la premisa libertaria de que lo justo es que se beneficie de las cosas aquel que las produce.

¿A quién le daríamos la flauta? ¿es mejor una perspectiva de la justicia que otra? Las tres están bien fundamentadas y argumentadas y es muy difícil responder de manera ecuánime. Es cierto que para la mayoría de los lectores y lectoras de Alandar lo que nos sale es dársela al segundo, pero eso es ser bueno, no es ser justo y ya Victor Hugo decía que, a la hora de tomar una decisión es fácil ser bueno, pero es difícil ser justo.

Según Sen resulta difícil ajustar estas tres visiones, ya que la justicia obedece a una pluralidad de razones y lo que deberíamos hacer es compararlas, tratar de mediar entre las diferentes posturas y así tomar decisiones basadas en el acuerdo y el consenso ¡Casi nada!

¡Feliz verano! 

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