En las pasadas semanas los campesinos (palabra que me gusta más que agricultor) y ganaderos españoles se han movilizado en defensa de sus legítimos intereses. La agricultura, necesaria para la vida pues nos provee de alimentos básicos, es una actividad que, suponiendo tan solo el 2,7 % de la economía española, ocupa un tercio (33%) del territorio estatal. Los agricultores han llevado a las calles sus peticiones de regulación de precios y de control de una la cadena de distribución que supone en ocasiones hasta incrementos del 400% del precio en origen. De su importancia cotidiana no hay más que pensar qué habría en nuestros platos, en nuestras mesas, si el campesinado no existiera. Y, sin embargo, ahí radica parte de sus males: es invisible. Lo que habitualmente vemos son bolsas de verduras lavadas, troceadas, congeladas y con alegres colores y vistosas fotos, cuando no un tetrabrick de apetitosa apariencia y sin grumos. Las patatas son copos deshidratados y vemos tomates iguales, lustrosos y perfectamente ordenados en el aparador del super de turno. La leche sale del tetrabrick, cual método moderno de ordeñado y los pollos son trozos de igual tamaño bien empacados en su celofán y bandeja de poliespan. No sabemos quién cultivó los alimentos, quien aró los campos, quién se preocupó por el granizo. El campesino, el ganadero son invisibles. Si vamos al campo (que no Alcampo) huimos del olor del estiércol, aunque luego las modernas técnicas del marketing sensorial colocan difusores de olor campestre en las secciones hortofrutícolas del hipermercado y por los altavoces suenen bucólicos balidos de oveja si estamos comprando chuletas de cordero.

Pero si el campo es invisible, la mujer campesina, la ganadera, lo es aún más. Invisible, invisibilizada y olvidada. Como contaba la ONG Oxfam hace poco en uno de sus rigurosos informes “las mujeres campesinas y pequeñas productoras representan aproximadamente un 43% de la fuerza de trabajo agropecuaria. Las mujeres trabajan a todo lo largo del ciclo productivo en diferentes labores de cultivo desde la siembra hasta la cosecha, en el suministro de agua para el ganado y en el procesamiento de alimentos y su comercialización. Sin embargo, las mujeres reciben menos pago por su trabajo o éste no es remunerado, su contribución a la producción es infravalorado o no contabilizado, tienden a ocupar puestos temporales, de baja remuneración, y sin acceso a prestaciones, en general tienen menor poder y representación política para la defensa de sus intereses”. En España hubo que esperar hasta 2011 (¡2011!) para que hubiera una ley que reconociera la cotitularidad de las explotaciones agropecuarias, pues hasta entonces las mujeres en el campo habían sido (¿son?) consideradas tradicional y legalmente “ayuda familiar”. Esto es: colaboran, cuando no llevan la voz cantante y el peso fundamental del trabajo en la explotación, pero no tienen más derechos que los de ser la hija o la esposa del titular. ONU Mujeres por su parte nos dice que las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial pero que se enfrentan a altísimo e intolerable nivel de discriminación: soportan peores condiciones de vida que los hombres rurales y que las mujeres que habitan las ciudades. Las dificultades propias de esta doble discriminación (mujeres y campesinas), se han acrecentado debido a la migración de los hombres hacia las ciudades y a los efectos del cambio climático.

En 2007 la ONU decidió dedicar un día, el 15 de octubre, a visibilizar las desigualdades que impiden a las mujeres campesinas ejercer liderazgos dirigidos a cambiar la realidad en su entorno inmediato. Pero ese día pasa sin pena ni gloria, pues al menos en nuestro país está demasiado cerca del emblemático 12-O como para brillar con luz propia. Por eso, en este mes de marzo, en este #8M, día de la mujer trabajadora, se tendría que dar especial visibilidad a esas manos que aran, escardan, siembran, riegan, cosechan… A esas campesinas y ganaderas invisibles, invisibilizadas y olvidadas.