¡Gracias, Martín Valmaseda!

El jueves 17 de noviembre en el acto de entrega de los Premios Alandar, Martín Valmaseda fue nombrado Socio de Honor de esta publicación de la que es colaborador desde los comienzos de la misma. Un más que merecido reconocimiento a quien nos ha hecho pensar y disfrutar con sus escritos, siempre de gran hondura y siempre con mucho sentido del humor.

Hoy quiero cederle este espacio de mi mecedora y rescato del archivo un escrito que me ha acompañado durante mucho tiempo: La marcha de los involuntarios.

Escribe Martín: Érase un joven generoso que se había ofrecido como voluntario en una asociación que tenía la voluntad de ayudar, voluntariamente, a los involuntariamente desfavorecidos de la fortuna. (Hagamos un paréntesis para explicar que «desfavorecido de la fortuna» es toda aquella persona que, gracias a los sistemas económicos, a las leyes del mercado y a la ley del más fuerte se queda sin comida, sin escuela, sin vestido, sin vivienda digna… Es como si a uno que va por la calle le asaltan, le golpean y le dejan desnudo y se le llama peatón “desfavorecido”). Pero volvamos al tema. El joven generoso se había ofrecido voluntario. Como era voluntario, tenía muy buena voluntad pero no muy grande (el tamaño es lo de menos). Se había comprometido en acudir a la asociación todos los martes, jueves y viernes a las seis de la tarde.

En la asociación estaban muy contentos con el nuevo fichaje porque hacía falta su colaboración como estudiante de economía para llevar las cuentas que en aquella asociación (como en casi todas) estaban manga por hombro. Pero he aquí que el voluntario, para eso era voluntario y no percibía ningún sueldo, aparecía un martes, pero el jueves tenía partido de tenis al que no podía faltar y el viernes ponían en el cine club de la universidad una película interesantísima que no podía perderse. Al martes siguiente el voluntario llegó involuntariamente una hora y cuarto más tarde y se puso al trabajo con gran entusiasmo. El siguiente jueves llegó solo media hora más tarde y cuando estaba en lo más arduo de su tarea de economista recibió la llamada de Yolanda… «Pero ¿no te acuerdas que hoy es mi cumple? -¡Ay, perdona!».  Dejó los papeles revueltos sobre la mesa y salió corriendo.

Estuvo en la asociación como un clavo los tres días siguientes porque al llegar el viernes notó una cara algo extraña en el coordinador. Pero he aquí que dos semanas después encontró en el periódico el anuncio de un curso intensivo de danza jazz. ¡Con el interés que tenía el voluntario por la cultura afroamericana, la solidaridad con el mundo negro, la expresión corporal! Avisó al coordinador: “No serán más que dos semanas… luego podré aportar…».

Las dos semanas se convirtieron en cinco, pero el martes de la sexta apareció puntualísimo en la asociación. En la mesa que ocupaba habitualmente estaba trabajando una señora mayor con lentes finitos, de esos de mirar por encima. “Buenas tardes”-«Buenas tardes», contestó la señora mayor y siguió a lo suyo. El coordinador se asomó a la puerta: «Hola, te presento a doña Rosalía… es contable jubilada que se ha ofrecido… ¿vienes un momento?” Se lo llevó a su despacho. – Mira, es que urgía el asunto de las cuentas y ella, aunque a veces tiene que traerse a su nieto, o se le pone el marido enfermo, tiene más tiempo. – Pero es que soy voluntario… – Bueno, bueno. Hay otro rollo para ti. Hemos tenido reunión los responsables de asociaciones no gubernamentales (ONG), fundaciones pías, uniones benéficas, y hemos organizado algo que creo que te resultará interesante. Apunta esta dirección…

Al siguiente martes, el voluntario se dirigió a esa dirección. En la puerta de aquella casa del viejo Madrid había un cartelito: “Asociación de Involuntarios”, piso segundo derecha. Estuvo a punto de marcharse confundido, pero le ganó la curiosidad y subió. En recepción una muchacha estaba poniéndose el abrigo. “Hola, eres nuevo, ¿no? Aquí tienes un prospecto de la asociación”. Ella se fue. Por la sala de recepción cruzaban, entraban y salían jóvenes y maduros de distinta carrocería. Leyó: “Asociación de Involuntarios. Fundación de la unión de agrupaciones de servicio social. Nuestro objetivo es ofrecer un campo de actividades a todos aquellos jóvenes o adultos inquietos que quieren hacer algo (pero no demasiado) en su vida. Esta asociación cuenta con una sala de revistas, videoteca, sala de reuniones informales… No hay horario fijo ni reglamento concreto. Puede usted venir cuando le apetezca y comprometerse en la actividad que usted elija, aunque luego sus múltiples ocupaciones y contactos no le permitan llevar a cabo su compromiso. Las ventajas de esta asociación son: a) que usted se sentirá realizado y b) que no dejará empantanada la acción de las organizaciones que se baten el cobre por causas serias en defensa de los desfavorecidos (robados) de la fortuna (los poderosos). Posibles actividades que le ofrecemos…». Al voluntario no le pareció mal la idea e iba a ponerse a elegir una actividad entre la amplia lista. Pero en aquel momento miró el reloj: «¡Uy, las siete y media: ¡Hoy transmiten el partido Oviedo-Osasuna!». Y salió involuntariamente corriendo.

Hasta aquí el escrito de Martín Valmaseda que recojo como homenaje a él y al voluntariado: el cinco de diciembre es el Día del Voluntariado que sí se bate el cobre, se compromete y aporta su granito de arena en la construcción de un mundo mejor. ¡Qué sería de muchas asociaciones sin voluntarias y voluntarios! ¡Qué sería de Alandar sin gente seria y comprometida!

¡¡¡Gracias, Martín, por todo lo que nos aportas a lo largo de tantos años!!!

Charo Mármol
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