Aniversario

  • por

Foto. Charo MármolPaulina, Encarnación, Juani, Mª José, Juan, Carlos, Rafa, Elena… todos estos nombres, todas estas personas, muchas amigas queridas, me han venido estos días a la cabeza. Cuando escribo estas líneas se están celebrando los diez años de la promulgación de la Ley que aprobaba el matrimonio entre personas homosexuales. El 30 de junio de 2005 se aprobó la ley que modificaba el Código Civil y permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Apenas hacía un mes que muchos ayuntamientos habían cambiado de color y muchos de ellos lucieron la colorida bandera gay en los balcones de la Casa Consistorial. Mención especial habría que hacer al Ayuntamiento de Madrid que colgó una bandera de 26 metros en el mítico Palacio de Correos, en Cibeles.

Ese día recordé a Paulina Blanco y Encarnación Granjo, dos extremeñas que hace muchos años tuvieron que salir de su pueblo en Extremadura para poder vivir su amor en al anonimato de una gran ciudad como es Barcelona. Ellas compartieron su historia en alandar. También recordé la fe compartida hace un par de años con un grupo de gais y lesbianas creyentes, en el barrio de Chueca. Unas eran historias de amor compartido y alegría fraterna, otras eran historias de dolor, exclusión y rechazo. Rechazo sobre todo por parte de la Iglesia católica, de la que se sentían parte y, sin embargo, les excluía.

Este junio pasado, viendo la celebración del 10º aniversario de la ley del matrimonio homosexual, a algunas amigas y amigos se les saltaron las lágrimas. A mí también. Algunos de ellos habían visitado los calabozos de la DGS en Sol cuando aún se les aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes. Hoy España se cuenta entre los países más avanzados en cuanto a la legislación se refiere. De hecho, España está siendo uno de los países receptores de gais y lesbianas que vienen huyendo de sus países, donde esto se castiga con la cárcel o, en alguno de ellos, con la muerte.

Pero… y aquí viene el pero, no podemos darnos por satisfechos. La ley no es todo. Estamos muy lejos de alcanzar la igualdad en aceptación. Aunque las encuestas digan lo contrario, la realidad del día a día muestra la cara más dura de las personas que son atacadas por su identidad sexual. Basta con entrar en Internet y buscar para encontrarnos con noticias como la paliza que dieron a Adolfo Infante y a su marido al grito de “¡Arriba España, maricones!”. O, más recientemente, la agresión homófoba al cantante Toni Coll Moll, Kevin. Estuvo cinco días de baja tras ser pateado en el suelo por dos desconocidos.

Pero hay otro tipo de violencia que no deja huellas físicas y, sin embargo, puede llegar a ser más dolorosa. Tengo un amigo gay que trabaja en un colegio religioso. Se ha casado. Es feliz con su pareja y también con su familia, que los ha aceptado con todo cariño. Le gustaría compartir con sus compañeros y compañeras de trabajo su felicidad, pero no puede. Tiene miedo. Miedo de que, al enterarse, la dirección del colegio o la asociación de padres y madres puedan despedirle de su trabajo. Y él, mientras tanto, se siente llevando una doble vida. Si no la han visto todavía les invito a que vean El amor es extraño. Sabrán de qué hablo.

Mi amigo no es único. Creo que queda mucho por recorrer en el camino de la aceptación y la igualdad. Eso en la sociedad civil. ¿Y en nuestra Iglesia? Me voy a la mecedora a pensar y ya les contaré.

Últimas entradas de Colaboración (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *