Cristo y las JMJ

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Imagino esa multitud de jóvenes de diversas naciones, razas, culturas, reunidos en Madrid bajo el latido de la misma fe. Y me parece genial, maravilloso, que el mismo Jesús que convocó a la gente en el sermón de la montaña, hoy siga convocando a muchachos llenos de fuerza y entusiasmo y decididos a cambiar el mundo y su vida desde el mensaje siempre nuevo del Evangelio. Porque el lema de las Jornadas está claro: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.

Pero yo echo una ojeadita a la sociedad que me rodea y se me plantean algunas dudas. En estos tiempos de descreimiento, cuando tanta gente se está borrando del cristianismo en el que le bautizaron sus padres, o ha abandonado sus creencias anteriores porque le resultan infantiles, o tiene alergia a todo lo religioso, resulta que es cuando más símbolos religiosos se utilizan como adorno.

Muchos jóvenes llevan un rosario colgando del cuello, pulseras o pendientes con una cruz; algunas mujeres se adornan con medallas grandes con imágenes de la Virgen o de los ángeles. No tienen ni idea de qué representa, pero lucen orgullosas sus imágenes, por el valor de anticuario pero no por su significado. También algunos deportistas se santiguan al comenzar su competición o al tirar un penalty. Quisiera yo creer que en ese momento se ponen en manos de Dios o le brindan a Él su jugada.

Pero la realidad es que vivimos en un sindiós ambiental, donde son pocos los creyentes jóvenes, dato que se ve especialmente en los templos, en los que la mayoría del personal ronda la adultez y la ancianidad. En las catequesis, en las que se ha reducido tanto el número de niños que apenas hay vidilla juvenil o infantil alrededor del altar. Me preocupa mucho el tema y me pregunto qué habremos hecho mal para no contagiar a nuestros descendientes la experiencia de Dios y la necesidad de celebrarlo con otros creyentes.

Las JMJ me hacen temer algo parecido. Veo un gran despliegue de medios propagandísticos, muchas ofertas de acogida a los jóvenes que vengan a visitarnos, gente ilusionada por abrir su casa a cristianos desconocidos y compartir unos días de vida y de entusiasmo papal.

Hoy he conseguido un póster precioso en el que, con mucho colorido y arte naif, se refleja el trajín del abrir la casa a los demás, ocuparse de la provisiones domésticas y de facilitar un hogar acogedor, aunque sea en plan scout, con el fin de que los millones de jóvenes que se esperan tengan casas donde dormir, pues el resto del día tendrán actividades, encuentros, conciertos, celebraciones y movidas.

Yo tengo dos temores: uno, que sea el papa la figura principal, el príncipe de la Iglesia, como el artista en un concierto o el mago de un espectáculo, pero con más boato, solemnidad, protocolo, medidas de seguridad y gasto. Y, por otro lado, mi preocupación es que con todo el trajín de la preparación, la majestuosidad del evento, la multiplicidad de ofertas lúdico-espirituales, musicales, turísticas y celebrativas, se nos olvide Jesús, que es el centro de nuestra Iglesia.

A Jesús no tenemos que adorarle, tenemos que copiar su manera de vivir, tenerle de modelo y relacionarnos en amistad con Él, de forma que nos vaya cambiando la vida e inoculando su amor, su austeridad, su sencillez, su capacidad de servicio, su llegar a todos y vivir atento especialmente a los más necesitados.

Me daría pena que las JMJ se convierta en un campamento scout, a lo grande, intergeneracional, que nos hiciera a todos ilusionarnos un poco más con nuestra pertenencia a la Iglesia, tras corear al papa con pasión, incluso vivir el espejismo de sentirnos más jóvenes, al acoger en nuestra casa la vida loca y el desorden juvenil… Pero creo que hay que estar muy atentos para que sea Jesús el que nos una, el que nos convoque, el que nos haga Iglesia. El que nos impulse a vivir de una manera determinada. Sobre todo, que nos urja para que construyamos el Reino, para que trabajemos por la justicia y la igualdad. Para que nuestra pasión por Dios y por sus cosas, además de contemplativos, nos haga misericordiosos hasta comprometernos en el cambio urgente de esta sociedad desigual, que funciona muy bien para muchos y deja a un montón de gente –la mayoría– en la cuneta de la vida, sin tener derecho a cubrir sus necesidades básicas y tener una vida digna.

Si yo tuviera que ver algo en la comisión de festejos de las JMJ, pondría mucha atención en invitar a jóvenes en situaciones de necesidad y marginación –en un momento económico tan crítico–, también en que se fuera austero y sencillo en la celebración.

En todas las movidas religiosas se habla de la venida del papa y hay una gran ilusión. Yo solo quisiera que, con ello, no se nos olvide Jesucristo, que es el hombre al que queremos seguir, que es como el GPS para nuestra vida, que nos marca el camino; es como el cargador para el móvil, al que hay que recurrir cada día, para seguir teniendo ilusión por seguirle. Para recuperar vitalidad y energía. Pues que este Jesús, que llena la vida de sentido y de misión, que entusiasma con su propuesta, sea el centro de estas Jornadas… y tú, Señor, háblanos a todos al corazón y sugiérenos la construcción de tu Reino, en el que todos nos tratemos como hermanos y hermanas.

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