De aquellos polvos, estos lodos

Marines estadonidenses refugiados tras un tanque en Hongchon durante la guerra de Corea. Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla” (Tzun Tzu)

  Pide un deseo. El que quieras.

  ¡Qué haya paz en el mundo!

Si alguien desea que haya paz en la tierra es porque en estos momentos se está lidiando una (o varias) guerras. El problema es que desde tiempos inmemoriales los conflictos armados existen y, hasta ahora, nunca se ha vivido un periodo de calma absoluta. ¿Lo habrá algún día?, ¿podremos contarlo?, ¿interesa (a todas las personas) que la vorágine dé paso a la calma?

Para empezar, cabría preguntarse: ¿hay algo peor que una guerra? Perdón. No hay nada peor que una guerra. Así mejor. Una afirmación. Una frase objetiva con la que, seguro, comulga el 99% de la población —ni la ciencia es perfecta.

En ocasiones, hace falta muy poco para que se encienda una mecha. Una llama que conllevará destrucción, dolor, sangre, descontrol. Sin embargo, pese a la infinidad de consecuencias negativas que se derivan de las guerras, siempre habrá alguien que tenga un interés supremo. Un beneficio que supera cualquier límite predecible e imaginable. Un Estado, un ejército, un líder político, un colectivo religioso, etcétera. Políticos, económicos, religiosos, ideológicos. Son diversos los motivos que pueden desencadenar una crisis, pero ninguno respetable, ninguno justifica tal atrocidad.

Tan solo entre los siglos XX y XXI, han tenido lugar algunos de los conflictos más brutales y cruentos de la historia. Empezando por la Primera y Segunda Guerras Mundiales, los Balcanes –todavía sin resolver-, la guerra chino-japonesa de los años treinta, Corea, Vietnam, India-Pakistán, este último un conflicto “fruto de una mala colonización y una peor descolonización”, como asegura Pablo M. Sapag, profesor de la Universidad Complutense de Madrid. “Dos países con un amplio arsenal nuclear, pero que no lo usaron”, agrega.

Los Grandes Lagos —y, también, los grandes genocidios—, Afganistán, la guerra del Golfo y la guerra de Irak, el conflicto entre este país e Irán por el petróleo y la lucha constante entre suníes y chiíes. El conflicto palestino-israelí, Sudán, Colombia, las revueltas árabes y, hoy en día, las luchas contra el islamismo radical y el ISIS (Estado Islámico) y sus “cachorros”.

Enumerando solo tensiones, inter e intrapaíses, de esta envergadura sería posible escribir cientos de páginas. Eligiendo únicamente algunas de las guerras que tuvieron algunas de las consecuencias más importantes para la historia de la humanidad y comentándolas grosso modo se podrían escribir decenas de novelas como la del periodista Robert Fisk: La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo.

Al teclear en Google “invasión de Irak” se obtienen, aproximadamente, unos 681.000 resultados; “guerra afgana”, 378.000 resultados; “guerra de Vietnam”, 919.000 resultados. Basta con analizar un instante esos datos para darse cuenta de que la guerra está demasiado presente en el día a día.

Por un lado se encuentran: a) las personas que viven la guerra indirectamente: desde el sofá de su salón mientras ven el telediario, desde el taburete de la cafetería, leyendo el periódico (el que sea, de derechas, de izquierdas o del centro. Al fin y al cabo, la guerra vende ejemplares), cuando van en el coche y escuchan (u oyen) la radio, desde el trabajo (siempre se pueden dedicar cinco minutos a “hojear” la prensa digital), etc.; b) aquellas que la experimentan directamente: desplazados internos, las personas refugiadas, quienes tenían algo y se quedaron sin nada, quienes ya no tenían nada y perdieron la esperanza y quienes ya no temen a la muerte. Por último, c) quienes pertenecen a la opción A, aunque querrían estar en la B.

En cualquier caso -tal y como indicó en 2011 la Unesco en su informe Una crisis encubierta: conflictos armados y educación– “cada conflicto armado tiene su propia dinámica subyacente y sus características de violencia. Además, en los casos donde la violencia es indiscriminada y unilateral, se da lugar a tres prácticas específicas. Por un lado, las partes en conflicto ejercen “regularmente una violencia rutinaria y de baja intensidad contra la población civil”; por otro, “la descentralización y fragmentación de la violencia” y, finalmente, el uso de la violencia “para aterrorizar, trastornar la vida social y económica, destruir las infraestructuras y provocar el éxodo de la población”.

Un joven sentado sobre un lanzacohetes en el desierto libio. Hay manuales sobre tácticas militares, planes estratégicos, los comienzos de las hostilidades, las funciones de cada Ejército, cómo se debe declarar la guerra. De acuerdo con el manual de Derecho Internacional de los Conflictos Armados del Ministerio Defensa (2010), la declaración de guerra condicional –ultimátum—es la que se dirige “a un Estado para obtener de este, normalmente en un plazo perentorio, la realización de ciertos actos positivos o abstenciones” y, en caso de que venza el plazo “sin que la exigencia haya sido satisfecha, se genera el estado de guerra”. ¿Cuántas veces se cumple?, ¿en qué ocasiones las guerras siguen un patrón y cumplen con lo presentado en la teoría? En muy pocas.

Resulta curioso que la guerra tenga unas normas, como si se tratase de un juego de mesa. Unas reglas que quienes “participan” en ella tienen que aceptar. Sin embargo, al igual que en una partida de cartas, siempre hay un jugador que hace trampas, que se salta las reglas. Pese a todo, Amnistía Internacional insiste en que “hay normas que todos los bandos están legalmente obligados a cumplir” y en que “el Derecho Internacional Humanitario (…) se ha elaborado para mitigar los efectos de estos conflictos, limita los medios y métodos que se pueden utilizar en las operaciones militares y obliga a los combatientes a no atacar a la población civil ni a las personas que ya no participan en las hostilidades, como los soldados que han resultado heridos o se han entregado”. Aquel debe aplicarse durante la guerra pero, sobre todo, después de ella. Cuando llega la calma. ¿Se ha hecho?, ¿se hace?, ¿se hará?

Primera y Segunda Guerra Mundial

1914. El año de la barbarie. Empezó siendo un conflicto localizado que, rápidamente, se extendió a Europa y, posteriormente al mundo. Participaron 32 potencias -algunas de ellas llamadas “aliadas”- y duró cuatro años. Las tensiones entre Austria-Hungría y Serbia se produjeron cuando Francisco Fernando de Habsburgo, heredero al trono austro-húngaro, fue asesinado en Sarajevo. Sin embargo, las verdaderas razones se centran en las tendencias económicas y políticas de la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Austria le declara la guerra a Serbia. Rusia se moviliza contra Austria. Alemania amenaza a Rusia y termina declarándole la guerra. Francia arremete y los alemanes deciden plantarle cara, también, a los franceses. Bélgica, en medio de las hostilidades, recurre a países firmantes del Tratado de 1839, entre los que se incluye Reino Unido. En menos de una semana, numerosos países estaban envueltos en una guerra, a la que se fueron sumando otras naciones con el paso del tiempo.
Hasta que Alemania, Rusia y Austria firmaron el armisticio en diciembre de 1918, la cifra de personas muertas en esos cuatro años se estima que pudo superar los 10 millones.

Tras menos de tres décadas de “calma”, dio comienzo la Segunda Guerra Mundial. La guerra más mortífera de la historia con entre 40 y 50 millones de muertos, según especialistas. La causa principal que la mayoría de autores ofrecen para explicar el detonante fue la política nazi del canciller alemán Adolf Hitler.

Fueron cinco años en los que el mundo osciló totalmente hasta la derrota del Tercer Reich y sus aliados. La acción militar de Leningrado, la batalla de Stalingrado, la batalla de Iwo Jima, la de Berlín, el desembarco de Normandía (Operación Overlord), los enfrentamientos del Alamein.

Con los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945), lanzados por orden de Estados Unidos, sellaron la guerra.

Vietnam

Este enfrentamiento se lidió durante 16 años. Desde 1959 hasta 1975. Su origen se encuentra en el objetivo que tenía el Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV) de derrocar al gobierno survietnamita. Este movimiento guerrillero era conocido como Vietcong.

Lo que podría haber sido un conflicto entre esos dos países se convirtió en un conflicto de índole internacional. Mientras Estados Unidos y otros 40 países se mostraron afines a Vietnam del Sur, la Unión Soviética y la República Popular China suministraron municiones a Vietnam del Norte y al Vietcong.

Después de la ofensiva vietnamita del Têt (año nuevo lunar), el presidente de Estados Unidos Lyndon B. Johnson tomó la decisión de desvincularse del conflicto y abogó por una solución negociada, que terminó con la firma de los acuerdos de Paz en París en 1973. Sin embargo, el último ataque comunista se produjo en 1975, año en el que se puso punto y final al conflicto de índole asimétrica, cuando la guerrilla camboyana —los Jemeres Rojos— se hicieron con el poder de la capital de Camboya, Nom Pen, y tomaron Saigón —actualmente, conocida como Ho Chi Minh.

Balcanes

Marta Teresa González San Ruperto explica en su tesis Las guerras de la ex Yugoslavia: información y propaganda, de 560 páginas, cómo la política de identidades de las diferentes repúblicas que componía la antigua Yugoslavia terminó convirtiéndose en una pesadilla. “En Kosovo comenzó la destrucción de Yugoslavia, aunque no la guerra. Allí se consumó la primera fase de un plan que reunió en un principio a los intelectuales de la Academia de Ciencias de Serbia, al aparato Comunista dirigido por Milosevic y al Ejército Federal en torno al mito de la ‘Gran Serbia’”, apunta González.

Serbia, Croacia, Montenegro, Kosovo, Voivodina, Eslovenia, Macedonia y Bosnia-Herzegovina. Todos estos países formaban la antigua Yugoslavia y todos ellos sufrieron las consecuencias de la guerra.

Según el documento de opinión del diplomático Jorge Fuentes Monzonís-Villalonga, publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEES), “la inestabilidad de los Balcanes se explica, entre otras razones, por el hecho de que sus componentes nunca en su Historia habían tenido profundos proyectos de cooperación regional, enfrascándose por el contrario en planes de dominación que inexorablemente llevaban a la búsqueda de la grandeza y a la confrontación con los vecinos perjudicados territorialmente”.

En cualquier caso, no se debe olvidar las matanzas en Sarajevo y la masacre de Srebrenica. Curiosamente, para González San Ruperto, las causas de la violencia y de su mantenimiento en los territorios de la antigua Yugoslavia residen en la manipulación que hicieron los medios de comunicación y en su uso partidista de la información.

Irak

La invasión de Kuwait el 2 de agosto de 1990 marca el comienzo de la guerra del Golfo, la cual se extendió hasta 1991. Estuvo liderada por Estados Unidos y participaron más de 30 naciones. No hay que confundir la invasión de Irak de los años ochenta con la guerra de Golfo y la conocida como “guerra de Irak”, que se disputó entre 2003 y 2011.

El problema, según expresa Peter Gowan en La guerra del Golfo, el liberalismo y el liberalismo occidental, se planteó de un modo simple: cómo acabar con la injusticia infligida por la invasión iraquí de Kuwait. “Se trataba de saber si la respuesta, que culminó con la operación Tormenta del Desierto, podía justificarse como el instrumento de la justicia liberal. La conclusión a la que se llegó fue que esta respuesta, en realidad, estaba encaminada hacia la consecución de unos objetivos, y constituía la expresión de unos intereses contrapuestos a los principios democrático-liberales, a expensas de las poblaciones de Iraq y Kuwait. Por lo tanto, la barbarie de la guerra no era el precio que había que pagar por la justicia, sino, por el contrario, por defender regímenes opresivos y cumplir, de este modo, con el proyecto imperial en el Golfo y, por extensión, en el mundo árabe”, concluye.

La figura por antonomasia es Sadam Hussein, quien fue nombrado presidente en 1979. Un año más tarde atacó a Irán, lo que desencadenó la guerra con este país. Finalmente, Irán aceptó -después de ocho años- el armisticio de la ONU e Irak se declaró vencedor. En la década de los noventa fue, cuando después de querer negociar el precio del carburante, invadió Kuwait. He ahí, como ya se ha comentado, el comienzo de la guerra del Golfo, en la que fuerzas internacionales obligaron al ejército iraquí a retirarse.

Desde el Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, Carlota García Encina y Alicia Sorroza Blanco indican en Reflexiones sobre una guerra que, con la invasión de Irán, “Sadam creyó encontrar una oportunidad para cubrirse de gloria y ubicar a Irak como líder del mundo árabe. El proceso de ‘arabización’, que se inició a principios de los sesenta cuando el partido Baaz —suníes— llegó por primera vez al poder, fue llevado a cabo hasta sus extremos por Husein durante el conflicto con el país vecino, deportando a Irán familias enteras de árabes que profesaban la fe musulmana chií y kurdos feilíes. Este proceso continuó con la ‘arabización’ de regiones ricas en petróleo, como Kirkuk y Mosul”.

Después de una, aparente, época de calma, Estados Unidos invade Irak en 2003. “Washington y sus aliados en la invasión acusan al régimen de Sadam Husein de poseer armas de destrucción masiva. Sin embargo, éstas no llegan a ser localizadas en ningún momento”, informó el pasado agosto el diario El País. El dictador es ejecutado en la horca en 2006, acusado, entre otros cargos, de crímenes de guerra.

Afganistán

Imposible hablar mínimamente del conflicto librado en Afganistán sin hablar de su pasado. Las guerras anglo-afganas (finales del siglo XIX), cuando se llevó a cabo la creación del Estado de Afganistán y la invasión soviética son algunos de los puntos que suponen un punto de inflexión en la historia afgana.

En medio de ese contexto de post guerra surgió el movimiento talibán, con el único objetivo de reinstaurar la ley y el orden. El problema fue que la idea que tienen los talibán de ley y de orden dista mucho de la que recogen las directrices y normativas mundiales.

“Este movimiento estaba integrado por estudiantes de religión, mayoritariamente de etnia pastún y musulmanes suníes, cuya característica más notoria era su interpretación del islam, radical e integrista. Estos estudiantes habían sido formados en las madrasas instaladas a ambos lados de la frontera entre Afganistán y Pakistán”, señala la investigadora Luciana Coconi.

Los principales problemas que ha vivido Afganistán desde entonces son, de acuerdo con el profesor William Maley, la debilidad del gobierno, la corrupción, la falta de capacidad de los dirigentes políticos de tomar el control, la insurgencia de los talibán y el hecho de que, en un momento dado, Estados Unidos le dedicase más atención a Irak. Este cóctel incidió en los acontecimientos aunque, “los graves atentados terroristas del 11 de septiembre crearon una situación de emergencia estratégica de gran trascendencia mundial y la reacción militar en Afganistán se volvió algo prácticamente inevitable”, precisan el catedrático Juan Manuel de Faramiñán y el coronel de Infantería José Pardo de Santayana.

Hoy en día, otros conflictos ocupan la actualidad y “el caos y la corrupción se han apoderado de Afganistán”. “La presencia de tropas extranjeras y de un sin fin de organizaciones, genera toda clase de actitudes que oscilan entre el alivio inicial y el rechazo actual; entre el deseo de que se retiren y el temor de que se marchen y dejen a la población civil de nuevo en manos de ‘los señores de guerra’”, afirma la escritora Anna Tortajada.

ISIS

Habría que hablar de la “Primavera Árabe”, de todas las revueltas que se han producido desde 2011 en países del norte de África y que se extendieron a Oriente Próximo pero, en este caso, hablemos del Estado Islámico. No es un conflicto en sí mismo, sino una organización terrorista autoproclamado califato y que opera, principalmente, en Irak y Siria.

En los últimos meses ha mostrado al mundo su rol e ideología y han empuñado sin temblor las armas. Como comentó en octubre la periodista Isabel Miranda en el diario ABC, “las grabaciones transmiten muchos mensajes. Con los monos naranjas de los ejecutados, aluden a los presos de Guantánamo: lo que ocurre en un sitio del mundo, influye en otro. Con el impecable inglés y nacionalidad de los verdugos, destacan su vocación internacional: la organización terrorista Estado Islámico es global. Con las alusiones al califato, implantan la idea de permanencia en el tiempo: somos un califato que adopta la forma de Estado. Con el formato dinámico y espectacular de los vídeos, subrayan la idea de que conocen bien el mundo occidental: no se trata de un problema regional, sino que están en todos sitios”.

Se trata de una amenaza global que nació como una facción de la organización yihadista Al Qaeda y, a diferencia de otros grupos, su objetivo es internacionalizar su “califato” y “dominar el mundo” a través del islamismo.

Además, recientemente han aumentado los vídeos e información de sus “cachorros” —menores de edad— portando armas e, incluso, asesinando a sangre fría a “infieles”. Son los “niños de la yihad” y su porvenir se presenta muy negro salvo que la situación se consiga controlar. Ahora bien, ¿se puede?, ¿cómo?

Este ha sido, sin ninguna duda, un “resumen muy resumido” de algunos de los conflictos más tensos o más bárbaros de los últimos cien años. Podrían escribirse libros como para llenar la Biblioteca Vaticana, pero resaltemos -al menos- un par de ideas para refrescar la mente o para abrir el apetito y querer buscar más información al respecto. Al fin y al cabo, la barbarie forma parte de la historia mundial y de la historia. Como decía Oscar Wilde, tenemos que reescribirla.

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