Viva la santidad política y revolucionaria

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Hélder Câmara durante una eucaristía en 1974. Después de vencer muchas resistencias en el Vaticano, finalmente fue oficializado el proceso de canonización de dos obispos latinoamericanos, antes considerados sospechosos por muchos en la Iglesia. Desde hace años, el proceso de monseñor Óscar Romero, mártir de El Salvador, ya había sido abierto pero, solo ahora con el papa Francisco, ha podido caminar. Su canonización está prometida para este año.

Como Óscar Romero ha muerto como mártir y eso nadie lo puede negar, sea como sea, fue más fácil retomar su proceso. La novedad menos esperada fue que, en Recife (noreste de Brasil) el domingo 3 de mayo, con la aprobación del Vaticano, la archidiócesis abrió el proceso de canonización del obispo Hélder Câmara. Este fue arzobispo de Olinda y de Recife desde 1964 a 1985 y supo ser pastor como profeta de los y las pobres. En plena época de la dictadura militar brasileña, arriesgó su vida para defender a personas perseguidas y consagró su vida a la defensa de los derechos de los pobres y a la liberación de toda persona humana.

Al aceptar iniciar el proceso de canonización de una figura como Hélder Câmara, el Vaticano da un signo de que algo cambia en los criterios de la curia. Pero es importante antes comprender de qué se trata.

El proceso de canonización se llama así porque es camino por el cual una Iglesia, católica u ortodoxa, reconoce alguien (hombre o mujer) fallecido, como ejemplo de santidad que puede ser seguido por todo el pueblo de Dios. No se trata de hacer a nadie santo o santa. No son el papa o la Iglesia quienes pueden hacer de alguien un santo o santa. La santidad es un don de Dios. Él da gratuitamente esa posibilidad a todas las personas que lo aceptan. Quiere vivir en lo más profundo del ser humano y eso hace de toda persona un templo vivo de la presencia divina.

Pero, desde siglos antiguos, las Iglesias hacen una lista (canon) de personas que han muerto y que las comunidades reconocen como alguien que vivió el camino de la santidad de forma ejemplar. Si ese hermano o hermana que ya ha fallecido puede ser propuesto a todas las personas como ejemplo público de santidad, la Iglesia nombra una comisión que estudia la vida de aquella persona. Después de un largo proceso, si es aprobada, esa persona es puesta oficialmente en la lista de los santos o santas, por el papa -en la Iglesia Católica- o por los patriarcas -en las Iglesias Orientales.

Actualmente, ese proceso de canonización, al menos en la Iglesia Católica, debe cambiar de criterios y métodos. En otros tiempos, se consideraban como signo de santidad cosas que hoy ya no dicen nada a la humanidad. Eran consideradas santas personas que no comían, no bebían, vivían de forma poco humana, castigando el cuerpo y en cierto aislamiento del mundo. Ahora, tanto en el caso de monseñor Romero como el de Hélder Câmara, la santidad de esos hermanos es una propuesta de vida comprometida con la justicia y la liberación de todos los seres humanos. Ellos vivieron su vocación cristiana integrándose en medio de la gente más pobre como signo de la presencia divina. Fueron siempre profetas de la transformación del mundo y de la propia Iglesia, que ellos proponían que fuera pobre y servidora. Ellos han cumplido la palabra de Jesús en el Evangelio: “Busquen el reino de Dios y su justicia y todo lo demás viene junto con eso” (Mt 6, 33).

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