Turquía: cristianos de excepción

iglesia1-2.jpgTurquía es el puente entre Europa y Asia, entre Oriente y Occidente. Esta República laica tiene una población de 70 millones y medio de habitantes. Casi el cien por cien son musulmanes. La presencia de 30.000 católicos en un país cuya extensión es equivalente a la de una España y media, apenas supone el 0,04 por ciento de la población.

El obispo católico Luois Pelâtre, Vicario Apostólico para Estambul y Ankara, nos sitúa en la realidad del islam turco: “El Islam es la religión de casi la totalidad de los turcos, pero eso no quiere decir nada. Todos los turcos no son musulmanes de la misma manera. Aquí, en Turquía, si usted pregunta a un turco, le dirá: “Sí, yo soy musulmán”. Esto forma parte de su cultura.”

Éfeso

La Casa de María, en Éfeso, es lugar de peregrinación para musulmanes y católicos. La tradición cuenta que aquí vivió la Virgen, junto a San Juan, tras la muerte de Jesús. Este santuario mariano está atendido, desde hace décadas, por una comunidad de religiosos capuchinos. La presencia de la iglesia católica en Turquía es meramente testimonial. El número de bautizos que se celebran cada año en las 44 parroquias repartidas por todo el país apenas supera el medio centenar. “Aquí, en Éfeso, son muy pocas las familias católicas. Y en toda la diócesis de Esmirna, con el obispo, somos entre dos mil y tres mil”, calcula el capuchino italino Oriano Granella.

La presencia del clero en todo el país se reduce a 64 sacerdotes y 95 religiosas. La distribución eclesiástica es muy sencilla. Sólo hay una diócesis y dos vicariatos apostólicos. Sin embargo hay cinco obispos porque los 30.000 católicos no son de rito latino; en Turquía también hay comunidades que celebran la liturgia según el rito armenio, el caldeo y el sirio. La escasa presencia de cristianos en estas tierras contrasta con el hecho de que aquí se establecieran las primeras comunidades después de la muerte de Jesús y la predicación de San Pablo.

Tarso

La ciudad natal de San Pablo, Tarso, tiene hoy 350.000 habitantes. La presencia cristiana se reduce a tres religiosas italianas encargadas de atender a los peregrinos que llegan a esta iglesia reconvertida en museo.

A pesar de las continuas peticiones del obispo de Esmirna para que las autoridades turcas reconozcan la iglesia como lugar de culto, aún sigue funcionando como museo. La propiedad y la gestión continúan en manos de la República.

Las Hijas de la Iglesia llevan 15 años en Tarso. Son las únicas católicas de la ciudad. La parroquia más cercana está en Mersin, a 30 kilómetros. Los días que no tienen que atender a ningún grupo de peregrinos celebran allí la misa junto con el párroco, que ya tiene 82 años.
En Mersin ayudan a la liturgia y se encargan de dar catequesis a 12 de los 30 niños católicos que forman la comunidad. El Vicariato Apostólico de Ankara, con una extensión equivalente a media España, apenas cuenta con mil católicos.

Las hermanas facilitan a los peregrinos la celebración de la eucaristía en la iglesia–museo y, al término de la misa los ofrecen un café y unas pastas para conversar sobre la situación de los pocos cristianos que sobreviven en Turquía. “Cada grupo que viene es un momento fuerte de alegría y esperanza. Es como cuando te falta el aire y, de repente, puedes respirar”, insiste la religiosa italiana.

Iconio

La antigua Iconio ahora se llama Konya. Esta ciudad turca, con un millón y medio de habitantes, tiene más mezquitas que Estambul, donde viven 13 millones de musulmanes. Gracias a la presencia de dos hermanas italianas de Jesús Resucitado, los cinco católicos de la localidad se pueden reunir cada semana para rezar y escuchar la palabra de Dios.
Isabella y Serena son dos de las tres hermanas de la Fraternidad de Jesús Resucitado que viven en Konya. La compañera que falta está ahora en Trento. La presión islámica en Konya, centro del islamismo más estricto de Turquía, ha empujado a esta pequeña comunidad a establecer turnos de permanencia en la antigua Iconio. Siempre están dos hermanas mientras la tercera descansa.

Dos tardes a la semana la iglesia–museo de San Pablo abre sus puertas al público general. Como la casi totalidad de los visitantes son musulmanes, las hermanas han colocado carteles en turco y en italiano para explicar la doctrina cristiana aprovechando todos y cada uno de los elementos que alberga el templo. Desde el viacrucis hasta la imagen de María tienen un letrero pensado para los no cristianos.

Desde hace 14 años, las Hermanas de Jesús Resucitado mantienen en Konya la llama viva del cristianismo. Isabella aprovecha la entrevista para hacer una petición: “Tenemos la necesidad de recibir las oraciones de toda la Iglesia para que nuestro testimonio aquí sea verdaderamente lo que Jesús quiere de nosotras”.

Antioquía

Antioquía fue la tercera ciudad más grande del imperio romano por detrás de Roma y Alejandría. Los historiadores creen que podría haber estado habitada por más de medio millón de personas. La actual Antakya turca apenas supera los 175.000 habitantes.

La comunidad cristiana de Antioquía, ubicada en el antiguo barrio judío, tiene su iglesia en una antigua casa restaurada a finales de los años ochenta. La pequeña parroquia es un fiel reflejo de la iglesia doméstica que fundó Pablo. En esta parroquia apenas se reúnen diez familias cada domingo. La presencia católica en Turquía es testimonial y su devenir diario está fuertemente marcado por el ecumenismo y el diálogo interreligioso.

En estas tierras se han celebrado ocho concilios, aquí nació y predicó San Pablo, alcanzó la santidad Ignacio de Antioquia y fue el lugar donde los seguidores de Cristo recibieron por primera vez el nombre de “cristianos”.

Libertad religiosa

La población cristiana de la actual Turquía todavía era significativa a principios del siglo XX. Se calcula que rondaba el 30 por ciento del total de sus habitantes. Hoy apenas suponen el 0,2 por ciento.
Dos dramáticos acontecimientos acabarían por eliminarlos casi por completo: el genocidio armenio llevado a cabo por el gobierno de los Jóvenes Turcos, de inspiración más masónica que musulmana, y el intercambio de población de origen griego y turco sancionado por el Tratado de Losanna en 1923.

Monseñor Pelâtre recuerda que “La libertad religiosa es también la libertad de asociación, la libertad para realizar actividades fuera de los templos… y eso no lo tenemos. Tenemos únicamente libertad de culto y, para lo demás, nos vamos arreglando. Lo que quiero decir es que sólo tenemos libertad de culto y que para nosotros eso no es suficiente”.
Existe en Turquía una amplia prevención ante el cristianismo, similar a la de otros países musulmanes. El artículo 24 de la Constitución turca reconoce el derecho a profesar y practicar cualquier credo, pero no permite cambiar de religión, reunirse con otros fieles o constituir una comunidad religiosa. No se pueden tener seminarios, ni restaurar o construir iglesias, ni abrir escuelas u hospitales. Los religiosos no pueden llevar hábito por la calle. Los cristianos no pueden acceder a la carrera militar ni a los cargos públicos. Según la ley, cualquier actividad pastoral puede ser considerada un delito de orden público.

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