Primer grado de oración: sacar agua del pozo

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Icono de Las Moradas. “No hemos hecho más que empezar”. Así habíamos terminado el artículo anterior. Nos habíamos “determinado” desde lo profundo de nuestra alma a reconocernos en nuestras fortalezas y también, ¿por qué no? en nuestra vulnerabilidad.

Pero para reconocernos hemos de reconocerle a Él en nosotros y nosotras. Para las personas creyentes puede ser más o menos fácil entender esta máxima teresiana y mística. Para el resto de los mortales, hemos de acudir a nuestros ancestros y a recordar con ellos su concepto de persona vinculada a la Tierra, al ser supremo que está en todo lo demás. Al fin y al cabo, es un mismo mensaje de trascendencia en lo humano que nos hace ser capaces de mirar a lo Alto y de sentirle necesario y presente en nuestras vidas. Le sentimos, le añoramos, porque algo de sí mismo, de sí misma, está en cada una de las criaturas de este mundo.

En este momento, Teresa desea y aconseja que centremos toda la atención en la persona divina. «Mirar» a la persona. «No os pido más que le miréis» (C 26, 3); «Acallado el entendimiento, mire que le mira» (V 13, 22). No importa lo que se le dice, ni cómo se le dice. Interesa el «estar con él».

Orar es para ella prestar atención a la persona, Dios, comprendido y experimentado dentro del propio espacio interior: “Se esté allí con Él” (V.13, 22).

Y si nos hemos atrevido a dar este paso, afrontemos las consecuencias. Asemeja este “estar” con un ejercicio voluntario y consciente de entrar en nuestro interior; es querer buscar esa agua viva que nos inunda en lo más profundo de nuestras entrañas. Son sus propias palabras:

De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo” (V.11, 9).

Será necesario un gran esfuerzo por nuestra parte. No se nos va a regalar nada, de momento, que no hayamos preparado primero como en suelo de labranza. Luego vendrán los frutos. Ahora nos deja espacio para el uso libre de nuestra voluntad. Aún nuestra alma no está acostumbrada a entrar dentro de sí. Comenzó el descenso hace poco tiempo. Y ello requiere adaptación a la nueva vida que está a punto de comenzar, porque en lo más profundo de su ser, el alma sabe que nunca volverá a ser la misma. Acostumbrados los seres humanos a derramarse hacia afuera, el encuentro interior es costoso.

Arrastrar hacia la superficie un cubo lleno de agua requiere las dos manos. Y, a pesar del esfuerzo, se recoge poca cantidad. Para poder refrescar todo el huerto del alma se van a necesitar muchos cubos más. Será momento de agotarse, de sentir malestar por tanto esfuerzo y por tan poco fruto.

Teresa nos habla de amor limpio, desinteresado, “sin sueldo”. Es la amistad. Así nos enseña: «Pues sabe le contenta (a Dios) con aquello (ejercicio de oración seca) y su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a él…” (V.11,13). Podemos ayudarnos con la meditación. Está en sus diferentes modalidades, no es más que un camino consciente y buscado de acceso a nuestro interior. A medida que se practica esta meditación, más habilidades y herramientas adquirimos. Más se despiertan nuestros sentidos y más podemos aprender de lo que escuchamos y nos resuena por dentro.

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