Los éxtasis de un místico comprometido

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La mística no está sólo en la subida a las alturas teológicas o espirituales. La verdadera espiritualidad evangélica se encuentra en el abajo de la historia. En momentos de gozo y de dolor. El autor nos pone en pista de la mística, de los éxtasis, que vive o debería vivir el cristiano comprometido con el Evangelio y con la liberación de sus hermanos y hermanas.

Éxtasis de la misericordia

González Faus, en una de sus obras, expone que la palabra neotestamentaria más cercana a lo que solemos llamar éxtasis es “agalliaomai”, “exultar”, “estar arrebatado de gozo”. Y hace notar que Jesús tiene ese sentimiento cuando contempla la misericordia de Dios hacia los pequeños, los insignificantes y cómo se escapa de los poderosos. Incluso pide a sus discípulos que salten de gozo cuando sean perseguidos a causa de su praxis de justicia misericordiosa en la que se resumen todas las bienaventuranzas.

La mística y el éxtasis de la misericordia son lo típicamente cristiano. Hasta el punto que los que buscan simplemente una “mística del éxtasis” sin más, quizá no hacen más que invertir las bienaventuranzas.
Totalmente revelador del contenido del éxtasis cristiano es el éxtasis de María en el Magnificat. María no se alegra por la acción de Dios en los pequeños, sino que ella misma es uno de ellos/as. Y tiene conciencia de ello. Es el éxtasis del mismo pobre, no sólo el éxtasis de la contemplación de la acción de Dios en el pobre. Cuando los pobres o excluidos toman conciencia de su importancia para el Padre de Jesús, se produce el éxtasis cristiano por excelencia. Se convierten en agentes transformadores de la historia, creyendo de verdad que “otro mundo es posible” y que ellos son pieza fundamental para conseguirlo. La pobreza y la exclusión es no sólo el enemigo a derrotar sino, a la vez y paradójicamente, el “humus” desde donde surge la visión mística liberadora cristiana.

Éxtasis de la liberación

El éxtasis de Jesús y María hunde sus raíces en una reiterativa experiencia del pueblo judío. Es lo que podemos llamar el “éxtasis de la liberación” o de la “alabanza al Dios liberador”. Lo vemos especialmente en los salmos y en los profetas. Son éxtasis tanto por la acción personal hacia un pobre de Yahvé como, sobre todo, por la acción colectiva con su pueblo. La lista de salmos con ese contenido místico liberador es enorme (67;145; 9; 34; 68; 73; 112; 122; 33; 66; 97; 146;31; 104…)

Por ejemplo, el salmo 68 nos dice:

Cantad a Dios, tañed en su honor
apisonad un camino al que cabalga en la estepa;
en nombre del Señor regocijaos ante Él,
padre de huérfanos y protector de viudas
es Dios en su santa morada.
Dios da un hogar a los que están solos,
saca de la prisión a los cautivos
”.

Es llamativa la afirmación de que en “su santa morada” Dios es “padre de huérfanos y protector de viudas”. Es decir, lo más santo, lo más intimo de Dios (su santa morada) consiste en ser protector de débiles, dar hogar a los que están solos y sacar de prisión a los cautivos. A ese ser liberador canta extasiado el salmista.

En los profetas encontramos con mayor rotundidad si cabe ese “éxtasis de la liberación”. Por ejemplo, en Isaías 56-59 el mensaje se dirige a un pueblo desterrado que vuelve a su propio país pero aún en un estado de miseria y sometimiento a otros pueblos (como aquellos repatriados salvadoreños vueltos de Honduras al final de la guerra pero aún en la miseria y el sometimiento). En ese contexto surgen las grandes visiones escatológicas de los profetas anunciando un futuro definitivamente liberador de Israel y de todos los pueblos. Son las visiones que ha tomado tanto el Nuevo Testamento como la liturgia de la Iglesia para anunciar el futuro definitivo de Dios para la humanidad. Un futuro, por otra parte, con claro contenido social y pacifista. Como en Isaías 65:
“Mirad yo voy a crear un pueblo nuevo y una tierra nueva (…) más bien gozad y alegraos siempre por lo que voy a crear (…). Construirán casa y las habitarán, plantarán viñas y comerán de sus frutos (…). No construirán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma (…), el lobo y el cordero pastaran juntos”.

Muchos de los momentos de mayor exaltación mística de los autores del Antiguo Testamento se encuentran, como María y Jesús, en la línea de la exaltación agradecida a causa de la liberación de los más débiles y del conjunto del pueblo abatido.

No podía ser de otro modo, porque Yahvé se había definido a sí mismo como “el que soy“, cuyo significado es, según no pocos exegetas, “el que estoy con vosotros para salvaros”, “el que no os va fallar”, “el fiel a la Promesa liberadora”. Un Dios que no sólo “está” presente activamente en la liberación sino que “es” historia y liberación. En el Dios bíblico el “ser” y el “ser para la historia” se identifican sin confundirse. El Mysterium inefabilis del Dios Bíblico es, a la vez, Mysterium liberationis.

Éxtasis de la unión universal de la humanidad y la liberación del cosmos

¿Se puede amar a un colectivo, a un pueblo, a la humanidad como tal? ¿O no es más que una ficción psicológica abstracta y no real? Desde la Biblia no hay duda: se puede. A imitación de Dios “que amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” y del Hijo que vino a entregarse “por la vida del mundo”, el Antiguo Testamento está lleno de imágenes que expresan el amor de Dios a su pueblo como un colectivo y no sólo como suma de individualidades. Se alegra o entristece según los avances o retrocesos de su pueblo.

Ese “éxtasis” por los avances liberadores de un pueblo es algo que comprendo perfectamente por mi propia experiencia en la guerra de El Salvador y, sobre todo, al final de la guerra. A los pocos días de firmarse los Acuerdos de Paz en Chapultepec (México) bajamos de las montañas de Morazán por primera vez en doce años de guerra (cuatro en mi caso). En camiones íbamos juntos guerrilleros y población civil. Pasamos un río, el Torola, que había sido la frontera entre las dos contendientes y nos dirigimos hacia la plaza central de la tercera ciudad mas numerosa del país, San Miguel, para la celebración de un acto cívico-religioso por la recién estrenada paz.

Como capellán de la guerrilla, invité al capellán del ejército en esa zona y al obispo del lugar, monseñor Álvarez, que había sido obispo castrense y coronel del ejército. Ninguno de los dos quiso asistir. Para mí aquella celebración fue una intensa vivencia espiritual. No sé si puedo calificarla de mística pero la exaltación que sentí cuando me di cuenta de que era la primera vez, en muchas décadas de dictaduras en aquel país, que podíamos hablar abiertamente en un lugar público de lo que sólo unos días antes era motivo de muerte, ensanchaba mi corazón. Fue una experiencia indescriptible verme en aquella plaza hablando desde el Dios de los pobres, el Dios de la Justicia y la Paz, compartiendo la alegría, muy de Dios, de aquel pueblo en una de las etapas liberadoras más decisivas de su historia, a pesar de sus evidentes ambigüedades, como ambiguas fueron las liberaciones de Israel y las de todos los pueblos en la historia. Todos aquellos días estaba espontáneamente en oración permanente de alabanza.

Éxtasis en la noche oscura de los pueblos crucificados

Hay momentos en que Jesús tiene una honda experiencia del dolor a causa de la cerrazón de su pueblo ante la salvación ofrecida o bien por el mismo sufrimiento del pueblo. A Jesús se le conmueven las entrañas. Son las noches oscuras del proceso salvífico de liberación. Jesús se conmueve ante la Jerusalén que rechaza la oferta de profetas, incluida la suya propia: “Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a los enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos” (Mt 23,17).

El mismo dolor vivido en la oración del Huerto no está causado por un entramado psico-espiritual-personal sino que deriva del cumplimiento de la voluntad de Dios que conlleva un conflicto socio-político-religioso inevitable en orden a que su pueblo tenga vida. La noche oscura de Jesús es la de todo crucificado por las mismas causas que Él fue crucificado. Es decir a causa de la fe que exige justicia y de la justicia que brota de la fe.

¡Cuántas resistencias hay en la Iglesia –y no sólo en la Iglesia– a reconocer que estas noches oscuras tienen tanta validez como otras de signo más intimista! ¡Y cuánta resistencia a reconocer como mártires a los que mueren por causa de la justicia en contraste con la facilidad para canonizar a otros que no han supuesto ningún peligro para el sistema socio-religioso dominante! Seguimos reivindicando el valor místico de las noches oscuras de los crucificados, personas o pueblos, a causa de la justicia. No queremos canonizar ninguna ideología sino la mística “hambre y sed de justicia” que mueve a muchos corazones, creyentes y no creyentes.

No se trata sólo de las noches oscuras del compromiso personal por la justicia sino también las noches oscuras de pueblos enteros. Cuando son vividas desde la profundidad, la resistencia y la esperanza, ¿por qué no considerarlas una experiencia mística? ¿Un encuentro unitivo con la realidad última y el todo que sustenta la vida? Es la noche del abandono de Dios a los pueblos crucificados que refleja este poema de Casaldáliga:

Moloc yergue su altar y su pantalla
sojuzgando, Señor, el mundo entero.
Calla, de miedo, la verdad. Y calla,
degollado, el amor, como un cordero.
Y tú, ¿no dices nada? ¿No te enteras?
¿Pides más cruz aún? ¿Más sangre esperas?
¿No sabes imponerte, Amor frustrado?
¿Qué más le exiges a la pobre fe?
¡Dios mío y vuestro y de Jesús!:
¿Por qué una vez más nos has abandonado.

En otro poema mantiene en pie la esperanza en medio de la noche:

¿Qué fue de la esperanza compañeros?
La noche de los pobres está en vela.
Y el dueño de la tierra ha decretado
abrir todos los surcos y graneros
porque el eón del lucro ya ha pasado
”.

Y es que, en realidad, como dice el mismo Casaldáliga, somos “soldados derrotados de una causa invencible”. Y en la esperanza del Reino vivimos nuestro éxtasis místico.

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