“La Iglesia tiene que escuchar todas las voces”

sor.jpgEstamos ante una mujer fuerte, comprometida, valiente. Pero resulta que también estamos ante una religiosa contemplativa, de las que aún llevan hábito y toca. Mujer y religiosa dominica, practica el monacato y escribe un blog, es argentina y catalana de adopción –la ‘monja catalanista’, la llaman algunos de forma mordaz. Sor Lucía Caram, op. (Tucumán, Argentina, 1966) encarna cómo es posible, en nuestros días, vivir al mismo tiempo en el mundo y en el claustro, concretamente en el Convento de Santa Clara de Manresa (Barcelona) al que llegó en 1994 y donde convive con otras seis dominicas.

Junto con la actividad propiamente contemplativa, Sor Lucía Caram tiene un programa semanal en la Cadena SER Manresa y preside la ONG SOS Tucumán, una Fundación que promueve la ayuda y la solidaridad con diferentes pueblos de América Latina. El año pasado recibió el Premio Memorial Juan XXIII para la Paz, que concede el Ayuntamiento de Barcelona, por esta labor, gracias a la cual se han enviado, en los últimos cinco años, más de dos millones y medio de libros a quince países, además de ayuda humanitaria.

Sor Lucía participó el pasado mes de noviembre en el Forum de Pastoral con Jóvenes para, según sus propias palabras, “aportar las voces de la vida contemplativa”, pero casi sin quererlo fue la única que aportó también la voz de las mujeres. La suya fue una de las intervenciones más polémicas y más criticadas por los sectores más conservadores de la Iglesia. Aunque no hubo en sus palabras nada que no se haya dicho en otros foros, nada que no se haya escrito en las páginas de alandar y de tantas otras revistas. Las palabras de Sor Lucía molestaron, tal vez por ser mujer (silenciada), tal vez por ser religiosa (más silenciada aún), tal vez por ser contemplativa (en el colmo del silencio eclesial). Sin embargo, ella lo tiene claro: “Ninguna voz puede ser excluida dentro de la Iglesia”

¿Qué se llevó del Forum de Pastoral con Jóvenes?

La riqueza de una Iglesia que ha sido madura para escuchar todas las voces, muchas voces que a veces se piensa que oficialmente son disidentes pero que son voces de la Iglesia. Me llevé la esperanza de que, así como hemos podido dialogar y escucharnos mutuamente, seamos capaces de ponernos a dialogar de igual a igual y hacer que nuestra Iglesia no sea una Iglesia vertical, jerárquica, sino que sea una Iglesia de hermanos, una Iglesia más fraterna que esté presidida por la caridad de Jesús y no por el poder, los privilegios, los compromisos.

En este sentido, ¿qué puede aportar hoy en día la vida contemplativa?

Yo creo que la vida contemplativa en este momento aporta, por un lado el hecho de que pasamos muchas horas dedicadas a oscultar el corazón de Dios, a escuchar la Palabra, muchas horas de silencio… Y sobre todo, los monasterios son un lugar por donde pasa muchísima gente para ser escuchada. Vienen a nosotros porque saben que no les vamos a condenar, viene la gente buscando una bendición. Lo que aporta la vida contemplativa en este momento a la Iglesia es: espacios de silencio, espacios donde la gente pueda encontrarse con uno mismo y sobre todo donde la gente puede encontrarse con la bendición de Dios que los mira como es, sin hacer ningún tipo de condena.

Ha afirmado que hay que saber que el otro es una oportunidad y no una amenaza. ¿De qué manera piensa que la Iglesia puede acoger la diversidad?

La Iglesia tiene que escuchar todas las voces y tiene que practicar la acogida. Abrir las puertas sin prejuicios y aceptar a las personas como son, diferentes. Jesús eligió compañeros de camino y todos eran muy diferentes y cada uno, en su originalidad y en sus peculiaridades, construyó el Reino. Yo creo que en este momento en la Iglesia tenemos que hacer como hizo Jesús: sumar, buscar los amigos, buscar los hermanos, construir comunidad, donde nadie se sienta excluido y donde podamos dar respuesta a los sufrimientos, a las angustias y a las esperanzas de todo hombre y mujer, porque todos son buenos y tienen la bondad de Dios en sus vidas y están llamados a dar fruto.

¿Cómo es posible esto a desde la jerarquía eclesial?

Me encantaría y sueño con una Iglesia de fraternidad, donde se reconozca la comunión que nos viene dada de Pedro como principio de Unidad. Que la Iglesia no sea una ‘fortaleza’ para separarnos, ni mucho menos. Sueño con una Iglesia donde haya pastores que sean capaces de acoger a la gente, de cargarla sobre el hombro, de escuchar, de transmitir la Buena Nueva de Jesús, cercanos… Pero no una Iglesia donde el poder esté vetado y sirva para condenar, para hacer callar. Una Iglesia que anuncie, que descubra la fuerza de la Palabra, aunque veces ‘oficialmente’ ves que esto se convierte en ‘la Palabra por la fuerza’. Sueño con una Iglesia donde sea la Palabra la que tenga la fuerza, porque es Jesús la fuerza.

Habla también de la necesidad de vencer eclesialmente el miedo, ¿cómo podemos lograrlo?

Yo creo que en este momento tenemos un miedo paralizante, porque tenemos oro, plata, riquezas… porque nos hemos alejado del Evangelio de Jesús. El miedo se vence, por una parte, creyendo que es verdad lo que Jesús nos ha dicho, escuchando su palabra, haciendo el ejercicio de escuchar a otra gente, de escuchar a los que no piensan como nosotros y, por otra parte, sabiendo y estando seguros de que la obra es de Dios y no es nuestra. Si no es nuestra, haremos todo lo que esté en nuestra mano, pero sabiendo que las cosas no van a ir mal porque Dios está de nuestra parte.

Y… ¿qué pueden aportar las mujeres en todo este proceso?

La Iglesia ha hecho muchos pasos, no los ha hecho por convicción, los ha tenido que hacer “por narices” porque no había personal más numeroso y también más sensible que las mujeres para dar respuestas. Yo pienso que la mujer tiene que aportar a la Iglesia mucho más que la lucha de si sacerdocio sí o sacerdocio no, en otros aspectos. Podemos aportar nuestra intuición femenina, nuestra capacidad de ternura, nuestra capacidad de maternidad, de acoger, de dar vida… Dar vida siempre, no sólo físicamente sino porque toda nuestra naturaleza y nuestra psicología está dibujada y pensada por nuestro Dios para esto. La Iglesia se enriquecería mucho si contara con la ternura, la sensibilidad, la mano izquierda y derecha que tenemos las mujeres y ahí hay un reto muy grande. Por ejemplo, si la diplomacia Vaticana tuviera el espacio y la voz de las mujeres sería una diplomacia mucho más amable, más cercana, más tierna…

Para más información:

 http://www.dominicos.org/Manresa/

 http://blogs.periodistadigital.com/sintoniacordial.php

 http://www.sostucuman.org/

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