How many time must women…? (¿Cuánto tiempo deben las mujeres…?)

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Una mujer alza un cartel durante la visita del papa Francisco a la catedral de Asunción (Paraguay). Nos fue llegando, desde el primer momento en que le vimos aquel 13 de marzo, un viento que hacia concebir esperanza. Estuvimos atentos a su gestos y palabras y no defraudaron en los meses transcurridos desde que se presentó ante la gente como obispo de Roma y desde que manifestó su respeto por todas las personas, cualquiera que fuera su creencia o increencia.

Sabíamos que debía medir el tiempo, las decisiones y la intensidad de uno y otras si de verdad iba a proponer reformas serias y llegó su decisión de rodearse de un consejo asesor y de repetir con convicción una y otra vez lo de una Iglesia pobre para los y las pobres y seguía con sus zapatos que nos caen tan bien y con ese andar torpón que parece que va a caer pero no cae y supimos que estaba metiendo mano al IOR y que había movimientos en la curia y, en lo que toca a la Iglesia de Madrid, incluso que había aceptado la renuncia del obispo Rouco…

Se fue a la JMJ brasileira y se fue metiendo al pueblo en el bolsillo con ese hablar sereno desde lo profundo, con ese sentido del humor contenido, con esa normalidad en la voz y en los movimientos, sin afectación, con esa mirada de miope que penetra lo que ve, con esa manera lisa y llana de animar a la gente a hacer lo que a muchos y muchas se nos ocurre: llamar a la puerta del vecino, compartir charla y café… En fin, estábamos recuperando la ilusión, el largo invierno de la Iglesia de Juan Pablo II y de Benedicto XVI (al que siempre agradeceremos su renuncia-denuncia profética y haber creado un precedente inimaginable…) empezaba a dar paso a una nueva primavera para la Iglesia y para el mundo porque descubríamos a un sucesor de Pedro que hacía creíble el Evangelio de Jesús, lanzando palabras y gestos que, por primera vez en décadas, no tenían olor a naftalina ni a cera requemada… Unas palabras que también les llegaban a nuestros amigos y amigas agnósticos y hasta a las personas despreocupadas por las cosas de la Iglesia, que nos llamaban y nos comentaban con una chispita de ilusión…

En esas estábamos cuando, retornando a Roma, sigue avanzando Francisco en su discurso de noticia buena y dice que hay que incrementar el papel de la mujer y avanzar en una teología de la mujer (¿hay una teología del varón?) y que el tema del sacerdocio de la mujer está cerrado.

Si es verdad y éstas han sido sus palabras y el sentido de sus palabras, ahora ya sé por qué ha empezado a sonar en mi corazón el canto de Bob Dylan: How many time must…? ¿Cuánto tiempo debe seguir pasando…?

La respuesta sigue estando, después de tantos siglos, en el viento, en el viento del Espíritu que no termina de salir de la jaula en la que los varones eclesiales lo tienen encerrado.

Quizá la respuesta del papa por sí sola no me habría movido a escribir esta reflexión si no se hubieran producido otras circunstancias que tienen que ver todas ellas con el silencio: silencio en los medios sobre esta respuesta, silencio en la reflexión de compañeros de la Iglesia de base que fueron interpelados poco después por los periodistas y silencio de unos y otros, que se explayaron sobre lo positivo del resto de las respuestas del papa… sin entrar a comentar siquiera su posición frente al tema de la mujer.

¿Cómo puede cualquier institución -y más una que quiere dar buenas noticias a los seres humanos- hacerlo obviando al cincuenta por ciento de su población?

No es anecdótico que la mujer sea excluida del acceso al ministerio sacerdotal, ya que con ello se le impide presidir la comunidad y la celebración, tener voto. Aunque se le permita voz ahogada, tutelada o “consultiva”, se le impide participar en las decisiones sobre lo que es importante para la comunidad, permanece como miembro subsidiario, se perpetúa la voz del varón en la reflexión en las Eucaristías (homilías), la liturgia es reflejo de la sensibilidad masculina, la espiritualidad es una espiritualidad con predominancia masculina y así todos y cada uno de los ámbitos y servicios en que nos movemos en la comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús.

¿Son incapaces de entender que se está privando a la comunidad al menos del cincuenta por ciento de su riqueza?

No me reconozco suficientemente formada e informada como para hacer de este texto un escrito con rigor teológico o eclesiológico. Escribo como mujer laica, que trabaja en la pastoral y que ama el proyecto de Jesús y, desde , me atrevo a preguntarme por otras dos afirmaciones del papa en la mencionada entrevista: “Hace falta profundizar una teología de la mujer”, disculpen mi ignorancia pero no sabía que existiera una teología del varón… En mis pequeños conocimientos sobre teología creo que no es el hombre ni la mujer el objeto de ésta sino Dios y su misterio y esta incursión la realizan los hombres y las mujeres que emprenden el camino académico, los teólogos y teólogas, así como el resto de mujeres y hombres que, sin arquetipos ni corpus científico, intentan aproximarse a ese misterio.

Creo que no hace falta una teología de la mujer sino una teología hecha por y para las mujeres, de la que se nutran también los hombres. Y ahí está el importante caudal de la teología feminista, ignorada y denostada.

Y el tercer aspecto de la respuesta del papa que me preocupó ha sido el paralelismo establecido entre María (y su predominancia sobre los apóstoles) y las mujeres (y nuestra mayor importancia que los curas y los obispos) ¿?.

Siempre he pensado que sublimar algo suele ser una estrategia para alejarlo de los ámbitos de decisión. Y eso se ha hecho elevando a María al altar y a sus coronas (lo que ha provocado que durante siglos el fraterno y subversivo –que diría Pedro Casaldàliga- canto del Magnificat fuera acallado) y elevando a las mujeres al altar doméstico para que su voz se aleje de los temas de decisión sobre lo común. ¡Ché! no esperaba yo esta argumentación del papa Francisco.

Si tan importantes somos las mujeres en la Iglesia, ¿dónde está nuestra reflexión, nuestra voz, nuestra espiritualidad, nuestra forma de entender la liturgia y celebrarla, nuestra mirada, nuestras decisiones, en definitiva? ¿Cómo se incorporan realmente cada uno de estos aspectos al acervo común de la comunidad?

¿O se nos está diciendo que somos más importantes porque la mayor parte del trabajo -la educación de la fe, la acción social y las celebraciones- están en nuestras manos y nuestra presencia y compromiso es cuantitativamente superior a la de los hombres?

Si esto es así y así se reconoce queremos, entonces, que las decisiones sobre la educación de la fe, sobre la acción social, sobre las celebraciones y sobre la vida de las comunidades y el diálogo con el resto de la sociedad también sean nuestras.

La construcción del Reino se seguirá produciendo reconozca o no reconozca la institución nuestro papel (aunque esto último le restará credibilidad frente a la sociedad) pero se nos exigen a las mujeres cargas que pueden exceder nuestras fuerzas: necesitamos nutrirnos y confirmar nuestra fe en la casa del Padre/Madre y para ello queremos sentir y vivir el reconocimiento de la plena dignidad.

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