Creo en la Iglesia: una, católica y… local

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pag10_iglesia_web-13.jpgAsí es, creo en la Iglesia: una, católica y… local. Aprendí esa fe con el Concilio Vaticano II, que, en su constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium), definió que la Iglesia es -por naturaleza- principalmente local y, por ser particular y local, es sacramento de la Iglesia universal que en ella se manifiesta y vive. Entonces, la Iglesia no es una multinacional de la fe y no tiene sentido mantener una eclesiología en la cual las Iglesias locales son solamente sucursales o filiales de una matriz que queda en Roma, como si fuera una empresa capitalista.
Hace poco tiempo, los medios de comunicación de todo el mundo intentaban descubrir lo que hay detrás de los rituales secretos de la elección papal en el Vaticano. Si permanecemos fieles al espíritu del Concilio, nuestro deseo es que el papa, sea quien sea, italiano o latinoamericano o africano, asuma plena y concretamente su misión de ser obispo de Roma. Junto con su Iglesia local, él será el hermano que cuidará siempre de la unidad de las Iglesias, pero respetará profundamente el estatuto eclesiológico autónomo de cada Iglesia local con su rostro propio y su misión de insertarse en medio de su pueblo concreto. Por eso, al contrario de las personas que deseaban otra cosa, hubo otras que -por su lectura de la realidad desde la visión del Concilio Vaticano II- han deseado un papa italiano o incluso romano que por eso pueda mejor ser obispo de Roma.

En 1999, al preparar el Sínodo de los obispos asiáticos en Roma, la Federación de los episcopados de Asia declaró: “La Iglesia es esencialmente de naturaleza local e insertada en medio de un pueblo concreto. Así ella es sacramento de la Iglesia universal” (n. 1). Es esa Iglesia, de rostro propio de cada región, la que puede verdaderamente cumplir lo que los obispos latinoamericanos propusieron en su 2ª conferencia general en Medellín, Colombia, en 1968: que la Iglesia se presente en nuestro continente con un rostro pobre y despojado del poder, misionera y pascual, comprometida con la liberación de toda la humanidad y de cada ser humano en su integridad” (Med. 5, 15).

Si la Iglesia es así, será cada vez más sinodal, una comunión en la cual el poder ya no estará concentrado sino compartido y, ya que tiene la función de guiar su pueblo, debe antes de todo, escuchar y obedecer. Esa Iglesia, así organizada, podrá ser signo y ensayo de un nuevo mundo posible. Y podrá verdaderamente renovar su misión en el diálogo con la humanidad. Podrá, entonces, afirmar -como hizo el Concílio Vaticano II en el inicio de su constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy- “Las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y los problemas de la humanidad de hoy son también las alegrías, esperanzas, dolores y problemas de los discípulos y discípulas de Jesús. La Iglesia los asume a todos y en diálogo con toda la humanidad busca cumplir su misión” (Gaudium et Spes, 1).

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