Compasión y liberación

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Juan Masiá durante una conferencia en Japón Jesús, con la parábola del buen samaritano, tapó la boca al que preguntó: “¿Quién es mi prójimo?”. Responde: Hazte prójimo, compadécete y ayuda. Y no causes tú víctimas, trata al prójimo como querrías que te tratasen a ti. ¿Cómo contaría Jesús esa parábola hoy, ante la situación actual de víctimas de los sistemas y sistemas que causan víctimas? Ya en tiempo de Jesús se daba el problema. Jesús predica compasión: “Dichosos los misericordiosos, dichosos los que construyen la paz”. También liberación: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia… Dichosos los que son perseguidos por causa de la justicia”. Jesús se compadece de las víctimas, denuncia el sistema que victimiza y muere ejecutado, víctima del sistema.

En la parábola es importante la entrada en escena del sacerdote y el funcionario del templo, que pasan de largo, ignorando a la víctima. El templo no era solo un lugar religioso. Era centro de un poder religioso casado con el poder económico y con el poder político local y el colonizador romano. Contra los banqueros del templo arremetió Jesús.

Hoy vivimos en una sociedad globalizada y anestesiada: globalización de víctimas y de quienes victimizan. Anestesia de la indiferencia y del miedo.

1) Globalización de las víctimas sin justicia, que no son cientos, ni miles, sino millones. Decir media humanidad es quedarse corto.

2) Globalización de los agentes de victimización. No es uno solo, ni unos pocos. Son muchos, anónimos, estructuras enteras de manipulación. ¿Quién es el agente que victimiza a esas niñas tailandesas de doce años que ofrecen al turista servicios sexuales en Bangkok? No es solo el cliente que las disfruta. Desde la mafia que las explota, pasando por la administración pública que hace la vista gorda, hasta las organizaciones japonesas de giras de turismo sexual por el sudeste asiático, la red de victimización es complejísima.

Pero sin necesidad de ir a Asia, ahí tienen el polígono industrial Marconi en Villaverde. Lo denunciaba El País (2 de noviembre de 2013) titulando Esclavas en el barrio. El polígono de las esclavas sexuales. ¿De qué nacionalidades vienen esos cientos de mujeres que ofrecen sus servicios de consolación a precio bajo, qué redes mafiosas hay implicadas, qué deja de hacer la administración pública?

3) Anestesia de la indiferencia. Las estadísticas incalculables, a fuerza de repetirse, nos resbalan. Nos dicen que, de 42 millones de víctimas del SIDA, la mitad son mujeres; que mueren de hambre más de 800 millones y un larguísimo etc. y nos quedamos indiferentes. ¿Estamos insensibilizados y no reaccionamos?

4) Anestesia del miedo, utilizado por los poderes políticos como arma de control social y por los poderes económicos como recurso mercantil. Miedo al terrorismo, pretexto para multiplicar ordenanzas de control social que violan derechos humanos. Miedo a quedarse en el paro, que obliga a aceptar condiciones de trabajo injustas. Miedo a la inestabilidad política, que lleva a huir de su país a millones de personas refugiadas…

Ante esta realidad, quienes no pasan de largo no solo se compadecen, sino que unen sus esfuerzos en los movimientos de liberación. Cuando personas y comunidades animadas por una fe religiosa se incorporan a estos movimientos de liberación humana, su fe refuerza el compromiso. Y cuando se ponen a pensar la fe -eso es hacer teología: pensar la fe desde la vida y para la vida-, entonces surge una teología liberadora, impulsada por dos motores: 1) dejarse liberar por el Evangelio y 2) aprender del pueblo que se esfuerza por su liberación. Desde esas experiencias hablaba monseñor Romero cuando fue ejecutado, testimonio de fe y liberación.

¿Cómo implicarse en esta liberación las comunidades cristianas? Con oídos y ojos, con boca y pies. Oídos de fe para escuchar el Evangelio y ojos de sociología para ver la victimización y la injusticia. Boca para denunciar y pies para movilizarse. Evangelio y experiencia humana para discernir la realidad victimizada, dolerse con ella y luchar por su liberación.

Pero la relación entre las religiones y la liberación puede ser ambivalente. En el seno del cristianismo institucional han surgido teologías de la liberación y de dominación. Una parte de Iglesia, casada con el poder fáctico de la sociedad, prefiere una teología de la dominación o una teología solamente de compasión, pero que no sea conflictiva por comprometerse con la transformación social.

Ya lo había predicho Jesús. Si a mí me persiguieron, a vosotros os perseguirán (Jn 15, 20) El que os persiga, creerá dar culto a Dios. (Jn 16, 2). Jesús chocó con la cúpula dirigente de su religión y le tuvieron por blasfemo. Aunque la espiritualidad que inspira una religión sea liberadora, en la religión establecida como grupo social, surge (unas veces desde la cúpula jerárquica, otras veces, desde grupos diversos) una parte que se compromete y una parte que se casa con los poderes fácticos y se opone a los movimientos liberadores.

En Madrid, en febrero del 2012 la Delegación Diocesana de Pastoral del Trabajo publica un comunicado de la HOAC y la JOC sobre la reforma laboral. Al día siguiente, una nota de la vicaría general de la archidiócesis la desautoriza. En Tokio, en 2009, la comisión social de los obispos, a una con la Comisión de Justicia y Paz, publica una declaración denunciando las causas de la crisis económica a la vez que llamaba a la solidaridad. Al día siguiente, grupos católicos tradicionalistas criticaban la declaración y rechazaban la denuncia profética de la Iglesia. Estos dos casos parecen opuestos; pero, en ambos casos, dentro de la misma Iglesia surge una teología de la liberación y una ideología de la dominación. Jesús dijo: Los grandes jefes abusan de su autoridad. No ha de ser así entre vosotros… (Mc 10, 42-43).

Jesús encarga a sus discípulos la doble misión de compasión y de liberación: “Id a compadecer, id a denunciar” (Jn 20, 23). Las traducciones literales dicen: A quien perdonareis los pecados, perdonados les son; a quienes los retuviereis, retenidos quedan (Jn 20,23). Leído así, se malentiende, como si dijera: “Os doy poder para que perdonéis a unas personas y condenéis a otras”. Se hizo esta lectura desde el Concilio de Trento, para justificar la confesión sacramental.

Hay que entender el contexto. Los discípulos, antes que primera “jerarquía eclesiástica”, son “primera comunidad”. La misión de reconciliar y transformar es para toda la comunidad. Jesús dice: “Como he sido enviado, así os envío” (Jn 20, 21). No para acoger a unas personas y condenar a otras, sino para reconciliar y denunciar.

Jesús acogió a las víctimas y llamó a conversión a quienes victimizaban. En primer lugar, compadece a la mujer que iban a apedrear por adulterio, no la condena (Jn 8, 1-11). Libera al ciego curado (Jn 9, 1.39), que no tenía pecado pero era víctima de quienes lo querían expulsar de la sinagoga. En segundo lugar, libera al que se creía paralítico (Jn 5, 1-18) y le infunde ánimo para ponerse en pie y plantar cara a los líderes religiosos, que preferían darle el falso consuelo de una religión milagrera que le curase cuando un ángel agitara las aguas prodigiosas.

Jesús critica el sistema de los que, estando ciegos, presumen de ver: Yo he venido a este mundo para provocar una situación crítica de discernimiento (en griego, krisis). Para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos… Si fuerais ciegos, no tendríais pecado, mas ahora decís: Vemos. Por eso os digo: vuestro pecado permanece. (Jn 9,39-41).

Hoy, la teología liberadora trata de vivir esta doble práctica de Jesús: id y liberad a las víctimas, id y confrontad a quienes victimizan. Y se encuentra con el desafío y la dificultad de realizar esa doble tarea al nivel de las estructuras, las instituciones, los sistemas. Esta doble tarea no es meramente individual, ni meramente compasiva, es una labor de cambio estructural y de globalización de la justicia.

«Teología de la Liberación hoy»

Ana Bou

Como cada año el público abarrotó el salón de actos de CC.OO. para el Congreso de Teología. Este fue título del 33º Congreso de Teología que hemos celebrado en Madrid del 5 al 8 de septiembre. Un congreso esperado y añorado, lleno de reencuentros, abrazos, esperanzas e ilusiones en el que, como dice Is 1.17, “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad el derecho, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda”. Por todo ello hemos trabajado estos días ayudados por excelentes ponentes.

Juan Torres, como buen catedrático de economía, nos exponía la situación económica mundial que atravesamos proponiendo diversas alternativas. Cyprien Melibi, teólogo del Camerún; Teresa Toldy y Raúl Vera, obispo de México, hacían referencia a tres áreas especialmente necesitadas de liberación: África, el feminismo y la Iglesia de los y las pobres.

Hemos contado con dos ponencias de ética y teología. Adela Cortina nos ha hablado de la ética del reconocimiento recíproco de las personas y Juan Masiá hace referencia a las víctimas y personas que victimizan de nuestra sociedad. Nos encontramos con demasiadas víctimas del sistema, donde el sistema que tenemos actualmente es un sistema que causa víctimas.

También hemos contado con varias intervenciones en las diferentes mesas redondas desde diversos ángulos, como han sido las JOC, Guatemala, inmigrantes, amnistía, decálogo de liberación desde Europa… Pero todas ellas coincidían en dos aspectos: denunciar violaciones de los derechos humanos y la situación en que quedan las víctimas por un lado y criticar los sistemas económicos y políticos que causan esas víctimas e impiden su liberación, por otro.

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