La sobriedad olvidada

sobriedad.jpgEn el momento difícil que está atravesando la economía mundial, junto con la solidaridad no debemos olvidar la sobriedad, que constituye la llave maestra hacia la solidaridad. De hecho, el uso correcto y sabio de los bienes es la primera forma en que se realiza una solidaridad plena y consiente el don generoso, sin retener nada más que lo necesario. Ante la crisis económica se ha insistido en la necesidad de sostener lo más posible el consumo. Es cierto que las exigencias de la economía moderna van en esta dirección: si no se produce, si no se vende, si no se consume, la economía se estanca. Pero la cuestión es la justa medida: ¿No hay quizá demasiadas necesidades inútiles dirigidas por una publicidad más que engañosa?

Crecimiento económico

Deberíamos reflexionar sobre la justa dimensión del crecimiento económico porque no se puede hacer crecer hasta el infinito la demanda de cosas. Quizá los economistas podrían ayudarnos a responder a la pregunta: ¿cuánto es justo crecer? Y ¿en qué sectores es justo crecer más? La medicina, la cultura, la investigación científica, la ecosostenibilidad, la industria agroalimentaria para dar de comer a todos…

Es una pregunta que se refiere, también, a la vida de los Ayuntamientos que administráis. En general, las acciones esenciales no faltan: escuelas, carreteras, alcantarillado, conducciones de agua, centros deportivos, etc. A veces, falta el cuidado diario de todas estas realidades para que, efectiva y útilmente, estén a disposición de la gente. Con más frecuencia, faltan o resultan inadecuados los servicios a las personas, sobre todo a las más necesitadas, por motivos no sólo económicos. Por ello, es necesario que nos preguntemos: ¿en qué dirección debemos crecer? ¿Qué es lo verdaderamente necesario? ¿Qué es y qué no es lo realmente urgente y prioritario en relación al bien del que habita en el territorio que administramos? ¿Dónde invertir los recursos que hay, aunque sean cada vez más insuficientes?

La medida del crecimiento

Más que preocuparnos genéricamente del crecimiento, es urgente que nos preguntemos por qué y cómo crecer. Lo que está en juego es nuestro modelo de desarrollo, su dimensión verdadera y plenamente humana, y su horizonte social. Aunque es justo crecer, ¿cuál es la justa medida de este crecimiento? Quizá nadie lo está pensando seriamente, porque nos dejamos envolver por el mecanismo irrefrenable del mercado. Hablando de la actual crisis económica global, como un «banco de prueba» y «como un desafío para el futuro y no sólo como una emergencia a la que dar respuesta a corto plazo», el papa Benedicto XVI ha hecho y motivado una pregunta que requiere una cuidadosa reflexión y una disponibilidad a la «conversión». ¿Estamos dispuestos a hacer, juntos, una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante para corregirlo de manera armónica y clarividente? Más que por las dificultades económicas inmediatas, nos lo exige el estado de salud ecológica del planeta.

Pongámonos algunas preguntas. ¿Podemos sostener un desarrollo que no se haga cargo de las exigencias del planeta: de los pueblos pobres y excluidos de las mesas suntuosas de los países ricos, del ambiente, del ahorro de los recursos naturales? Esto no significa frenar el progreso económico sino «re-orientarlo», preguntarse hacia dónde estamos caminando y corregir la ruta para llegar a puertos mejores. Cuestionar el modelo de desarrollo, la tasa de crecimiento y la distribución de los recursos tiene que ver con el progreso y el bienestar de todos. Son preguntas que con frecuencia molestan, quizá porque tocan el corazón de la cuestión.

(*) Discurso del arzobispo de Milán Dionigi Tettamanzi a los administradores municipales de la diócesis. Traducción: Juan Manuel Rueda

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.