Hacía mucho frío en aquel local de la calle Armenteros, el que fue durante varios años sede de Alandar. Una catalítica –aquellas estufas alimentadas por bombona de butano- intentaba que la temperatura interior no se pareciera tanto a la de la calle en los meses más duros del invierno, a la vez que despejaba la humedad del ambiente. Amalia se echaba por los hombros una toquilla parecida a la de mi tía abuela Margara, mientras andaba liada con las tareas de la secretaría. De vez en cuando, aquella ursulina de risa contagiosa y nacida en el pueblo que siempre olía a galletas, Aguilar de Campoo, me contaba cosas de sus años misioneros en Chiloé. Y entonces no solo sonreía más sino que le brillaba la mirada y se le esponjaba el corazón. Junto a ella, Kechu, hermana de su comunidad, trabajaba en la mesita de al lado, donde había una cafetera que se usaba a diario para un tentempie…y para entrar en calor.

Así fue la primera portada de Alandar. Era octubre de 1983 y nacía un nuevo medio dispuesto a acompañar en el camino a tantas cristianas y cristianos que pedían algo más.

Nacida en el barrio

Yo atravesé aquella puerta metálica con casetones de ese bajo sin pretensiones del barrio de Valdezarza porque había conocido la revista en casa de las dominicas. Las mismas que habían dejado ese colegio elegante donde cada mañana, al pasar lista, sonaban los mejores apellidos del reino. Las monjas se habían mudado al barrio -menos alfombras y más asfalto- en los tiempos en que muchas religiosas se iban a pisar barro y a compartir otra vida en lugares como aquellos. La parroquia cercana era un hervidero: se había montado un colegio, luego talleres para los chavales, educación de adultos, nuevas experiencias pastorales con jóvenes… Por allí pasó el cura García Laviana, antes de irse a Nicaragua donde le pegaron dos tiros los soldados de Somoza; allí se encerraron los del Metro en una huelga en los estertores del franquismo; allí me encontré una tarde a Rigoberta que venía a visitar a una familia de amigos refugiados guatemaltecos… en fin, ya se pueden imaginar de qué tipo de parroquia hablo.    

Pues allí al lado, en el local de Alandar, una gran mesa redonda blanca ocupaba el centro de la sala. Lo más normal es que casi siempre hubiese varios alandares más o menos desperdigados junto a libros y cosas varias. Excepto cuando llegaba de la imprenta la revista recién hecha y venía el duro momento de doblarlas, ponerles las corbatas y enviarlas a Correos. En esa gestión penosa, Carlos Barberá se había curtido en mil y una batallas (de las que daba cuenta en los prólogos de la entrega de premios). Tampoco venía nada mal la mano que echaba el bueno de Juan Poncini, con esas canas elegantes que comenzaba a peinar como un patricio romano de la Bética.

Tiempos intensos

Eran los tiempos de los últimos años de Suquía (que le tuvo bastante manía a Alandar) y los primeros de Rouco (que heredó esa manía de su antecesor). Se puede decir, para los historiadores venideros, que estábamos en la segunda época de la revista tras los primeros años de fundación y consolidación que lideraron Julián del Olmo y su equipo. Eran los años en los que Alandar se vendía como rosquillas en los tenderetes de los congresos de Teología (todavía resuena aquel aplauso cuando Jon Sobrino apareció en Madrid por vez primera tras la matanza de sus compañeros). 

Fue un tiempo en que hacíamos crónicas de gentes que pasaban por Madrid a hablar de lo suyo, ¡y qué gente! No sé si Carlos se acordará que entrevistamos a Uta Ranke-Heinemann, la primera mujer que obtuvo una cátedra en Teología católica, y cuyo polémico libro sobre sexualidad se atrevió a publicar Trotta. Eran los años de ir a encontrarnos con Jacques Gaillot, aquel obispo francés, el de “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Juan Pablo II se cansó y lo mandó a la imaginaria diócesis de Partenia, desde donde siguió dando guerra y de donde salió un día para ser recibido –las cosas de la vida- por el papa Francisco. Eran los tiempos de Tatik Samuel, en medio del lío de Chiapas y del subcomandante Marcos. No se me olvida la peculiar rueda de prensa que dio en la sacristía de la iglesia de los redentoristas de Luchana, en la que se enfadó y se puso muy serio cuando le pregunté si sentía que en la Iglesia mexicana le habían dejado un poco solo en aquella tormenta. En fin.

Los Premios Alandar, punto de encuentro y celebración de la comunidad alandariega casi desde sus inicios. Y ¡Ojo! ni más ni menos que la primera mancheta!

Eran los tiempos de contar cosas como el espantoso crimen de Lucrecia Pérez, al que un guardia civil le pegó dos tiros una noche en una discoteca abandonada de Aravaca. A la mañana siguiente, y con mi carné de prensa –de Alandar- entraba en el patio con una amiga fotógrafa, evitando pisar los regueros de sangre que había dejado aquella brutal agresión racista que conmovió a tantos. Eran los tiempos del sida en sus años duros. Y mucha gente de Iglesia –como pasó cuando comenzaron a llegar inmigrantes- dio un paso adelante y un montón de comunidades, religiosas y laicas, dieron lo mejor de sí mismas. Todavía recuerdo tener que esperar en la puerta de un centro a que sacaran al fallecido de cada día para entrar a hacer una entrevista. O aquellos principios de la buena gente de Basida, en Aranjuez, a las que le dimos un premio. Me parece que Javier Barbero publicó por entonces uno de nuestros cuadernos sobre sida y cárcel. Ya había publicado otro Tierno Galván y se le había dado uno de nuestros premios a una tal Manuela Carmena, entonces jueza todoterreno. Por cierto, que si me pongo a hablar de nombres propios también habría que hacerlo de Lois, de Burgaleta, de Martín Velasco, de Díez Alegría, de Valmaseda, de Iniesta, de Cortés, de Mary Salas, de Marifé Ramos, de Adela Cortina, de Echarren, de López Vigil… con los que me encontré para que me contaran cosas en Alandar.

Contar lo que hacía la gente

Y se trataba, también, de contar lo que hacía la gente, no solo de publicar lo que pensaban. Carlos no quería -y con razón- que la revista fuera un catálogo de manifiestos. Especialmente en una época en que si no hacías un manifiesto en contra o a favor de algo no eras nadie. Por eso siempre se le dio importancia a las experiencias, al trabajo de quienes se comprometían con los demás, a poner negro sobre blanco la mucha vida que hay en los movimientos eclesiales y sociales. En ese afán, recuerdo que en una de las reformas de la era Charo Mármol, propuse que una sección se llamara Decir haciendo. De eso se trataba.

Eran los tiempos de la sombra alargada que había dejado monseñor Proaño. Y los años interminables de las luchas de Casaldáliga. Me contó su vicario en la oficina de Armenteros que un día le cogieron los militares, le subieron a un helicóptero y lo tiraron en medio de la selva a ver si acababan con él. No lo consiguieron, sorprendente y evidentemente, porque el mismo vicario me lo estaba contando, cosa que nunca hizo antes a ningún periodista porque no quería disgustar a su madre. Fue también el tiempo de Ximenes Belo, aquel obispo de Timor que denunciaba el genocidio y cuya historia contamos en Alandar. Acabaron dándole el Nobel de la Paz. Pero los muertos siguieron muertos. 

Y fueron los años –como lo han sido y lo son hasta ahora- de mucha buena gente que creyó en Alandar. De Carlos –memoria viva de la revista-; de Charo –que se tomó muy en serio revitalizarla (eran estupendos aquellos consejos de redacción en un restaurante por Barquillo con Araceli, Tusta, Belén, Puche y Corretjé, entre otros muchos); de Cristina, que vino a poner la revista en hora en los tiempos de internet, etc. Y en ese etcétera, que ponga cada uno a tantísima gente que apoyaba la revista, sin cuyo esfuerzo no habría sido posible llegar hasta hoy. Y en ese hoy incluyo a Miguel Ángel. Nunca pudimos soñar con tener un director con tantas dosis de activista, utopía y lirismo.

El secreto de Alandar

El secreto no fue otro que creer en un proyecto periodístico y bastante utópico de hacer una publicación tan digna como modesta, tan libre como servidora de unos ideales, en la que sus lectores vieran reflejados los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la gente de nuestro tiempo. Y hacerlo gratis et amore, porque aquí solo cobraron quienes, lógicamente, tenían que trabajar a diario para sacar este sueño de papel y tinta. Los demás –y fuimos muchísimos- nos lo tomamos como un voluntariado muy especial. Por cierto, que me acaba de acordar que durante un tiempo llegué a firmar mis trabajos con un seudónimo, Rafael Ortega, como se llamó un famoso torero de mi pueblo. 

Ahora que Alandar muere para resucitar en otro formato pero con el mismo espíritu es tiempo de hacer memoria -que a mí me ha costado mucho porque la tengo fatal- y de dar gracias -que no me cuesta nada y es cosa de bien nacidos-. Pues eso: gracias.