Un merecido Nobel de la Paz

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Quien lleve tiempo siguiendo mis andanzas escritoras sabrá que no me gustan los nobeles, y mucho menos el de la Paz. Recuerdo que cuando le dieron el premio a Yunnus escribí aquello de un Nobel para el capitalismo en el que, entre otras cosas, protestaba porque al padre del microcrédito le dieran el premio de consolación cuando, de haberse merecido alguno, hubiera sido el de economía. Posteriormente me llevé las manos a la cabeza (y al teclado) cuando los señores (no sé si habrá también alguna señora, lo desconozco) de la Academia Sueca pensaron que el presidente Obama se merecía también esta distinción.

Desde hace unos años simpatizo (por no decir que empatizo) con una iniciativa de origen italiano que hace campaña por un Nobel de la Paz diferente. Un Nobel compartido; sin nombres y apellidos, sino premiando el anonimato; un premio a toda una vida de lucha, superación y canciones y sonrisas. NOPPAW Nobel Prize for African Women es una campaña nacida en 2008 que promueve que el premio sea concedido a la Mujer Africana, así en mayúsculas y en abstracto. La propuesta se basa en todo aquello que significa ser mujer en el continente africano: son líderes en diversas facetas de la vida, que van desde tareas domésticas a actividades sociales, económicas e incluso políticas. Son las verdaderas fundadoras del microcrédito, a través del sistema del Tontin. Proporcionan cuidados y son activas defensoras de los métodos de prevención del contagio de enfermedades terribles –malaria, VIH…. Sufren y a la vez combaten ritos culturales como la ablación genital. Defienden la familia y trabajan por la paz.

Diréis con razón ¿y por qué la africana y no cualquier otra mujer? Las mujeres latinoamericanas, asiáticas, incluso las europeas, también recogen en sí mismas muchas de esas cualidades. Cierto, pero África es la madre, nuestra madre. Es el continente olvidado y, a la vez, explotado a nuestra conveniencia. Solo conocemos de África las noticias que interesa que lleguen: corrupción, atraso, guerras, salvajismo, pobreza, miseria, emigración desesperada, ritos tribales ancestrales. Como decía Galeano en Los Nadie, “no practican cultura, sino folklore”. Interesa que pensemos que África es así porque de esa manera tendremos justificación para hacer lo que les hacemos. Y, sin embargo, existe un África rica, no solo en materias primas y minerales, sino en tradiciones, en historia (¿alguien conoce algo de la historia de África antes de la colonización?), en formas de organizarse, en maneras de enfrentarse a la vida, en sonrisas, en celebraciones, en maneras de ejercer la solidaridad entres sus habitantes, en la forma de entender el paso del tiempo y las prioridades vitales. Mientras los organismos internacionales de nuestro lado del mundo discuten y debaten cómo ayudar al crecimiento de África, ella, a través de sus mujeres, nos enseña cómo decrecer, cómo vivir una vida sostenible siempre que la dejemos.

Este año 2011 el Premio Nobel de la Paz se ha concedido a tres mujeres africanas. Dos liberianas y una yemeni. Ellen Johnson Sirleaf fue la primera mujer africana elegida democráticamente para presidir su país, cosa que hace desde 2006. Leymah Roberta Gbowee, es una activista conocida por haber organizado el movimiento pacifista que logró poner fin a la segunda guerra civil en Liberia en 2003, lo que posibilitó la elección democrática de la primera. Por su parte, Tawakkul Karman lidera el grupo de Mujeres Periodistas Sin Cadenas en Yemen.
Me reconcilio, pues, con la Academia Sueca, que esta vez ha tenido más visión y más lógica al otorgar sus galardones. Me hubiera gustado –la campaña sigue activa- que hubiera sido premiada la mujer en su conjunto pero, al menos, se ha vuelto la mirada a África. Primer escalón subido. Por cierto, que desde el primer premio -que se dio en 1901- un total de veinte mujeres han sido reconocidas con dicha condecoración, más que en cualquiera de las otras categorías.
No me puedo olvidar -y quería dejarlo para el final- como merecido y sentido homenaje, de otra mujer africana que recibió el premio en 2004. La primera en recibirlo con ese doble traje: mujer y africana: Wangari Maathai lideró, entre otras cosas, el Movimiento Cinturón Verde y fue miembro del Parlamento keniata, ministra de Medio Ambiente y fundadora del primer partido verde de Kenya (¿ah, pero en África hay de eso?). Wangari murió el pasado 25 de septiembre. Dicen algunas estadísticas que es responsable directa de la plantación de más de 30 millones de árboles. Yo he visto al menos uno (cerca de Kituy) y me sentí muy honrado al estar cerca de él. Se merecía sin duda el Nobel. Como las tres premiadas este año. Como la Mujer Africana.

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