La sopa japonesa

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El título de esta escalera de marzo viene a cuento de algo que alguien colgó en mi muro de Facebook el otro día y que decía, más o menos, así: “La solución al hambre y la pobreza en el mundo es adquirir sopa japonesa”. Y, a continuación, una foto en la que se leía “Compro Miso”, que es de lo que quiero hablar en este marzo preelectoral. Empecemos con dos casos.

Hace años, un grupo de alumnos que editaban una revista satírica y algo mordaz con situaciones cotidianas que se viven en las aulas y los pasillos vinieron compungidos a verme. En el número que acababan de sacar a la calle se habían pasado de alguna manera de frenada en su crítica con las autoridades académicas y el Decanato les quería retirar la subvención (creo que era de alrededor de unos 500€ al año) si continuaban en esa línea. No sabían que hacer. El total del colectivo editor rondaría la decena de alumnos y alumnas y, si se les retiraba esa dádiva, no podrían sacar más números de la revista.

Caso 2- este más reciente-. La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid ha denegado por segunda vez consecutiva la construcción de un centro público de enseñanza secundaria en el pueblo en el que vivo. El año pasado dijo no tener dinero (650.000€) a pesar de estar contemplado en sus presupuestos y en este 2015 apenas tardó 48 horas en desdecirse y donde dijo constrúyase luego dijo que no lo tenía claro. Largo es el caso para explicar aquí motivos y razones, más o menos ocultas, más o menos políticas, más o menos interesadas para la sorprendente y arbitraria negativa que deja a mi municipio sin plazas de secundaria para casi cien alumnos. El caso es que el pueblo anda muy revuelto y, entre otros, en la AFA (asociación de familias) del centro de primaria andábamos planteando movilizaciones, protestas, acciones… Debatíamos si cortar una carretera pasando y volviendo a pasar por un paso de cebra con camisetas, niños y niñas, pancartas, silbatos. Una carretera muy transitada en fin de semana, pues es el principal cordón umbilical con los puertos de montaña donde esquiadores y montañeros madrileños acuden a disfrutar de la nieve y los pinares. El atasco podría ser morrocotudo y la repercusión en prensa de nuestras reivindicaciones, interesante. Había riesgos, claro que los había: multas por entorpecer el tráfico o la actuación de las fuerzas de seguridad si, por ejemplo, a uno se le soltaban los cordones del zapato en medio de la carretera y tenía que agacharse a atárselos cuando el guardia de turno le dijera eso de “¡Circule!”. Una de las personas asistentes empezó a pensar que si eso nos iba a costar dinero o suponer algún riesgo -como el de tener, quizá, que ir a ser identificado al puesto de la Guardia Civil- que a lo mejor no merecía la pena.

Vienen a cuento estos dos ejemplos para hablar un poco del Compro-Miso. Ni los alumnos de la revista ni la persona miembro del AFA adquirían sopa japonesa. No pensaban que la reivindicación suponía algo más: los alumnos no estaban dispuestos a aportar cada uno 30, 50 euros y ser independientes en su proyecto. Preferían lamerse las heridas y no poner en peligro la subvención; En el caso del colegio, las multas se pueden pagar (hay formas: campañas de suscripción popular, ahora llamadas crowd). En otros países la reivindicación compromete incluso hasta la cárcel o la muerte, aquí hablábamos de una falta administrativa. Y creo que todos los que leemos este alandar conocemos a Uno que llevo su causa hasta el final, hasta la cruz. En esta sociedad hemos, estamos perdiendo el sentido de la lucha, que no es gratis: supone esfuerzos económicos, mucho tiempo, dolores de cabeza, preocupaciones; pero algunos pensamos que la causa lo merece (el hambre en el mundo, la libertad de expresión, la lucha por los derechos humanos). Algunos aún cantamos porque llueve sobre el surco y somos militantes de la Vida y porque no podemos, ni queremos, dejar que la canción se haga cenizas, que decía Benedetti.

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