El olvido

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Se levantó por la mañana, algo confusa. La cena con los amigos del sábado la había dejado un poco aturdida: ¡si es que ya no se tiene edad para según qué cosas! Y eso que no había bebido más que un par de copas de vino –bueno– con la cena. Pero ella ya no estaba para tanto trasnochar. Miró a su pareja, en la cama, aún dormía. Recordó que la cena había terminado en un animado debate sobre obligaciones ciudadanas, sobre desobediencias, sobre cómo el 15M, según Juan, había perdido todo su fuelle, empuje, frescura e ilusión. Y se acordó de cómo ella había rebatido vehementemente (casi, casi agresivamente, como diría Montse, pero es que Montse es tan mansa…) que el 15M estaba en los barrios, en las calles, en las asambleas de vecinos y vecinas.

Puso el café – de comercio justo, por supuesto– a calentar y pensó que, en vez de preparar la paella de los domingos, esta vez podrían ir a una terraza a comer. Hacía muy bueno. Nada sofisticado, unos chopitos, unas bravas de esas que ponen tan buenas donde Ángel, en la plaza. Vendrían sus hijos (dos) con los nietos (tres y el que estaba en camino) pero a ella no le iba a dar tiempo a cocinar. Hoy tenia asamblea de la despensa colectiva, una iniciativa a la que se había sumado hacía unos meses, para luchar por el derecho a la alimentación y a la soberanía alimentaria. Con el café en la taza y la tostada en el plato, con el sol de primavera que tanto había deseado entrando por la ventana, se dio unos minutos de cortesía antes de repasar los documentos de la reunión. La verdad es que los necesitaba. La semana había sido agotadora, entre las reuniones del comité de empresa, las clases y la corrección de pruebas y exámenes que, ahora que se acercaba el final del semestre, se acumulaban en la mesa; la tertulia de mujeres de la casa de la cultura, que esta semana le había tocado preparar y animar a ella; la reunión del consejo de presupuestos participativos del pueblo… Claro y luego estaba lo de hacer la compra, pensar en qué comer, tender lavadoras. ¡Menos mal que de casi todas esas cosas se encargaba Jose! Pero aun así.

La asamblea salió bien, más gente que de costumbre. Se hizo un calendario de recogida de alimentos para las cada vez más numerosas familias que acudían los miércoles a por sus bolsas: más de 100 en un pueblo de apenas 7.000 habitantes. Ahora ya se habían convencido de que era una iniciativa autogestionada y no caritativa, paternalista, como esos otros Bancos de Alimentos. La cosa funcionaba así mucho mejor. Era de todos y para todas las personas. Comieron como ella había dicho, en una terraza. Martín, el mayor, estaba triste: se había quedado sin trabajo. Ana, la segunda, arrastraba el final de su embarazo con cansancio. Y Carlos… ¡ese vivía feliz con sus guitarras y sus clases! Los nietos agradecieron el sol y poder correr por la plaza mientras los mayores tomaban café, aquí si que no era de comercio justo y Sofía pensó que esa era la próxima batalla, conseguir que en los bares de su pueblo se sirviera café con justicia: ya había llevado ella al pleno de ayuntamiento, a través del consejo de participación, la iniciativa de Municipios por un Comercio Justo y ahora solo quedaba que lo aprobado por los políticos se hiciera realidad ¡Políticos! –pensó– ¡si al menos un 1% fuera tan coherente y honesto como los que gobernaban en este pequeño pueblecillo!

La tarde caía pero, como era finales de mayo, el sol del atardecer era muy agradable y se dio un paseo con Jose hasta la ermita, una vez que los nietos y sus padres/madres se hubieron ido a sus cosas. ¡Qué majos pero qué cansado era estar siempre pendiente de ellos! El paseo fue largo y sirvió para cargar las pilas para la semana que empezaba. Llegó a casa y preparó algo rápido de cena: una ensalada con las primeras lechugas de su huertecita. Después de cenar y recoger la cocina, Jose y Sofía ¡por fin! se sentaron en el sofá a ver un poco el telediario. Y, cuando encendieron la televisión, lo primero que escucharon fue al ministro del Interior regañando a tantos y tantos españoles que, en un domingo como ese, habían sido muy malos ciudadanos y no habían ido a votar a las elecciones europeas. ¡Qué falta de civismo!

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