Citius, altius, fortius…y pauperus

Mas rápido, más alto, más fuerte es el espíritu que nos debe imbuir en este septiembre en el que, cuando esta escalera vea la luz, ya sabremos si han a(des)graciado a Madrid con el encargo de la organización de los Juegos Olímpicos de 2020. Una de las fortalezas, según los que impulsan esta fallida candidatura desde hace ya muchos años es el gran apoyo popular que le demuestran los ciudadanos y ciudadanas de Madrid. Puede que en los intentos anteriores de 2012 y 2016 sí fuera así, pero esta vez no he visto grandes demostraciones de amor a la candidatura, bien es verdad que tampoco grandes protestas como en otras ocasiones. Permitidme por un momento ponerme romántico: recuerdo que la tarde de domingo que conocí a la persona con la que comparto vida, anhelos, aventuras, preocupaciones, alegrías, besos… mi alternativa era ir a una concentración de protesta (hoy llamada “escrache”) a la puerta del hotel donde la comisión evaluadora del COI reposaba antes de empezar su tourné por estadios, piscinas, restaurantes, salas de fiestas y otras zarandajas olímpicas. ¡Menos mal que no fui!

Volviendo al tema, que me disperso. Este septiembre ya sabremos si podemos respirar tranquilos y tranquilizarnos sin la amenaza de unas olimpiadas que nos endeudaran a los madrileños (y a los españoles) y enriquecerán a los de siempre o si por el contrario deberemos comenzar a vigilar, perseguir, controlar que eso que prometen de que unos juegos Olímpicos traen prosperidad a la ciudad que los organiza sea verdad. Nos dejaran bonitos parques, muchos edificios nuevos, instalaciones de élite para la práctica de deportes a los que el resto de mortales nunca podremos aspirar y un montón de basura. Además con la que está cayendo, organizar los juegos casi seguro que conllevara más sacrificios en educación, sanidad, servicios sociales, cooperación… pues de algun lado habrá que sacar el dinero para construir y mantener infraestructuras públicas, que pasaran a manos privadas en cuanto acabe el dichoso evento.

Lejos de mí la crítica del deporte, aunque no lo practique muy a menudo. Pero las olimpiadas no me parecen deporte. Me parecen un espectáculo a menudo ficticio de cuerpos machacados hasta límites inhumanos, juguetes rotos (sobre todo si pienso en gimnastas, nadadoras…), individualistas y egoístas que no cejan en su empeño de ser “los más” caiga quien caiga. El deporte siempre lo he entendido como una actividad para divertirse (incluso riéndose de las torpezas propias) y para mantener una cierta forma física. Mis hijos hacen deporte, bastante, pero espero que nunca quieran ser deportistas. Creo que los sacrificios que conlleva son demasiado grandes si tengo en cuenta el beneficio que proporciona. ¿Económico? Solo en los deportes de elite (fútbol, tenis) y solo si eres una superestrella que luego, además no sabes qué hacer con tanto dinero y lo dilapidas o lo evades. ¿Personal? Aparte del reto y el afán de superación, ¿qué valores inculca el hecho de ganar? De pequeños siempre nos enseñan a decir que lo importante es participar y sin embargo nos educan para y en la competitividad y la victoria: el segundo no deja de ser un fracasado, un perdedor…

Así que no, no quiero las olimpiadas en mi ciudad porque me provocan inconvenientes en mi vida diaria, suponen inversiones millonarias que luego hay que pagar y que no sé de dónde vamos a sacar y educan en una serie de valores que no comparto. No quiero ser ni el más rápido, ni el más fuerte, ni el más alto… y mucho menos el más pobre.

1 comentario en «Citius, altius, fortius…y pauperus»

  1. Citius, altius, fortius…y pauperus
    Absoluta y lúcidamente de acuerdo contigo en todos los puntos, amigo Rafael. Las olimpíadas que deso estarían encaminadas a mejorar nuestro espíritu, para siendo mejores hacia el prójimo (próximo) no tener que avergonzarnos de un Mundo que prioriza lo banal y el esfuerzo ególatra en detrimento de la armonía que es deseable en un plante tan pavorosamente maltratado. Un afectuoso abrazo.

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