El Sínodo: oportunidad y desafío

El comienzo del camino hacia el Sínodo del 2023 es una oportunidad para la renovación y conversión que necesita la Iglesia. Alandar se suma a ese esfuerzo  con una apuesta por recoger las reflexiones más significativas para  un debate enriquecedor. Comenzamos con estas “Doce propuestas para el camino sinodal», elaboradas por Carlos García de Andoin, laico de la diócesis de Bilbao, actual director de su Instituto Diocesano de Teología y Pastoral. Una propuesta que ha sido presentada ya en diversos Foros y que tendrá todavía, sin duda, un largo recorrido. Ésta es una síntesis de su propuesta, resumida por Alandar.

Introducción

Se convoca este Sínodo sobre la sinodalidad como continuidad de las cuatro conversiones a las que el Papa ha invitado a la Iglesia en sus escritos: la primera, es la conversión al Evangelio y a los pobres en la Evangelii Gaudium; la segunda, la conversión a la misericordia en la Amores Laetitia; la tercera es la conversión al cuidado de la casa común en la Laudato si y Querida amazonia; y la cuarta, la conversión a la fraternidad universal en la Fratelli tutti. Finalmente llega esta convocatoria de Sinodalidad, apuesta por el caminar juntos, frente al clericalismo tan frecuente en el funcionamiento eclesial.

Foro de espiritualidad

Además, el Papa ha emprendido reformas profundas en la curia vaticana, en la economía y en el tema de la pederastia, además de abrir el camino al diaconado femenino. Sin embargo, hay importantes bloqueos en todos esos caminos emprendidos, resistencias grandes, como la que atascó el avance hacia el diaconado femenino tras el Sínodo de la Amazonía. El camino sinodal tampoco estará exento de ellas. Podemos decir que el Sínodo representa la hora de la verdad del pontificado de Francisco.

Comunión y poder

La Iglesia ha de contar con una reflexión sobre el poder, la gestión interna del poder en su interior, alejada tanto de la espiritualización como de la negación de que esas luchas por el poder existen. Hay que entender que el poder es una realidad antropológica presente en todas las relaciones humanas, desde la pareja y la familia a cualquier otro grupo o comunidad. Aceptando esa realidad, no hay que negar el poder sino definirlo y regularlo al servicio de la comunidad desde los principios del Evangelio y de la común dignidad humana.

En la Iglesia se ha ido consolidando, especialmente después del concilio de Trento, un modelo de funcionamiento que adoptó el camino del absolutismo monárquico. Y ese modelo de gobierno, a pesar del giro eclesiológico del Vaticano II, sigue vigente hasta hoy, en la práctica y en derecho canónico, mientras que la sociedad internacional ha evolucionado hacia un modelo constitucional y democrático, más conforme con la igualdad y la libertad propias de la dignidad humana.

La Iglesia que es comunión, no es democracia, pero no es menos democracia sino más y mejor. En efecto, en la Iglesia el poder viene de Dios, no tiene su origen en el pueblo, y su norma normans es el Evangelio de Jesucristo, no constitución alguna y por ello no cabe hablar de democratización de la Iglesia. Pero si Dios es comunión trinitaria de amor y servicio, y si la Iglesia es comunión del Pueblo de Dios y toda ella es una, santa y apostólica, como dice el Vaticano II, lo que no se ajusta a su sacramentalidad es el absolutismo monárquico. Si hay distancia escatológica de la comunión del Pueblo de Dios con la democracia, que la hay, la hay mucho más con la idea de un monarca absoluto que gobierna para el pueblo, pero sin el pueblo.

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La Iglesia no puede posponer por más tiempo la reforma sobre su modelo de gobierno. El actual representa una concepción excluyente del poder, reservada en exclusiva a varones, célibes y ordenados; un poder que resulta extremadamente vertical, centralista, elitista y gerontocrático. Urge un modelo más abierto, transparente, corresponsable e incluyente de gobierno de la Iglesia.

La Sinodalidad en tres niveles

Sinodalidad significa caminar juntos, y ese camino ha de hacerse en tres niveles:

-entre obispos y laicos. Si la única autoridad es la del servicio, hay que escuchar el “sensus fidei” de los fieles; los cristianos laicos tienen “su «olfato» para encontrar nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia”. Así pues, no son sólo los obispos quienes forman parte del camino sinodal.

-entre los propios obispos: colegialidad episcopal, en las Conferencias episcopales, y Sínodo universal de obispos.

-entre los obispos y el papa: hay avanzar en una saludable “descentralización”, porque el Papa no debe reemplazar a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en los diferentes lugares. La sinodalidad exige, como ya anticipó en Evangelii Gaudium, la “conversión del papado” (EG 32) pues es preciso un nuevo ejercicio del primado.

Las doce propuestas para el Sínodo

  • Ningún sínodo sin paridad.
  • Abrir el sacramento del orden a las mujeres.
  • Instrumentar el sensus fidel.
  • Temporalización en el ejercicio ministerial.
  • Consejos Pastorales más allá del voto consultivo, con deliberación y decisión.
  • Dotar de un estatuto teológico a Conferencias Episcopales, con capacidad magisterial.
  • La celebración periódica de sínodos diocesanos con función legislativa.
  • Sínodos con fuerza deliberativa y con participación de toda la iglesia.
  • Prescribir canónicamente la rendición de cuentas pastoral.
  • Nombramiento sinodal de obispos
  • Confiar ministerios a laic@s. Directorios. La presidencia laica de comunidades.
  • Colegio elector del papa: de la triada del orden a la triada del bautismo.
  1. Ningún Sínodo sin paridad

“La mitad del pueblo de Dios son mujeres y están ausentes aquí. Lo dijo el cardenal Suenens en la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Poco se ha avanzado desde entonces. El nombramiento por Francisco de mujeres en puestos de responsabilidad se acoge como sorpresa, cuando debería de ser la

Mujeres católicas de todo el mundo preparan para la primavera de 2022 un Sínodo de mujeres para abordar todos los modos de subordinación y abuso de la mujer en la Iglesia y pedir la inclusión de la teología feminista en la Iglesia así como el diálogo con los movimientos feministas.

Hacen falta de modo urgente mujeres en todas las curias, en todas las facultades de teología, en sínodos, en concilios y en colegios cardenalicios. Si, como dice Francisco, en los diferentes lugares de la Iglesia “donde se toman las decisiones importantes” (EG 102).

  1. Instrumentar la expresión del sensus fidei: el hábito de las consultas

El sensus fidei propuesto por Lumen Gentium 12, pone de relieve el carácter de sujeto activo de todo bautizado en la Iglesia. En efecto, como dice el propio papa “Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei—que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios” (EG 119). Sin embargo, lo que parece claro en su formulación, se torna borroso en la aplicación.

El lugar principal donde debe hacerse práctica habitual la participación y el camino sinodal es en las diócesis y en las parroquias (o unidades pastorales).

Un modo de participación que va cobrando arraigo en algunas diócesis es la consulta para el nombramiento de los vicarios episcopales.  Habría que normalizar las consultas para multitud de decisiones relevantes de la comunidad eclesial.

  1.  Consejos Pastorales, más allá del voto consultivo, deliberación y decisión.

Un lugar privilegiado de sinodalidad son los Consejos pastorales, fruto del concilio. Sin embargo, después de varias décadas, son un espacio en crisis.

Por un lado, los laicos no siempre asumimos las responsabilidades que nos corresponden. Por otro, la experiencia de muchos laicos es la de que, en último término, se hace lo que el cura o el obispo manda, apelando al Código de Derecho Canónico: el consejo parroquial: “tiene voto meramente consultivo” (c. 536 § 2).

Los Consejos pastorales parroquiales deben entenderse como órganos de expresión y realización de la corresponsabilidad, por lo cual deben tener carácter decisorio en el ámbito que les corresponde. El planteamiento anterior es extensible al Consejo Pastoral Diocesano.

  1. La celebración periódica de sínodos diocesanos con función legislativa.

El sínodo diocesano, una institución presente en la Iglesia, desde el siglo IV, fue revitalizado por el Vaticano II como asamblea de sacerdotes y de fieles. Pero es muy limitada la participación de los laicos, su carácter es meramente consultivo, pues se considera al obispo como el único legislador.

Foto: Fernando Torres
Foto: Fernando Torres

Con todo, el Sínodo es una institución, que, de haber voluntad sinodal y de promoción de la corresponsabilidad, ofrece posibilidades que aún no han sido aprovechadas.

Cabe reseñar la falta de costumbre sinodal de la mayoría de las diócesis. Así como en 50 años el Sínodo de Obispos se ha reunido en 14 asambleas ordinarias y 3 extraordinarias, allá donde se ha celebrado un Sínodo diocesano no se ha producido una segunda celebración. Curiosamente el Código de 1917 en este punto establecía que todas las diócesis debían celebrar un Sínodo “al menos cada diez años”. Es un criterio que debería recuperarse.

  1. Prescribir canónicamente la rendición de cuentas pastoral.

Ni los obispos, ni los sacerdotes, ni los consejos pastorales, ni los equipos ministeriales… suelen explicar lo que han hecho y cómo lo han hecho a la comunidad cristiana. Si el ejercicio de la responsabilidad es un servicio a la comunidad, lo lógico sería dar cuentas a la misma cada cierto tiempo.

Presentar y explicar la gestión realizada, sus resultados, los avances y las dificultades, en relación a la planificación pastoral es una actitud acorde con el compromiso que, cara a la comunidad, asume el obispo. Esta rendición de cuentas sí se practica del obispo hacia el papa, a través de la llamada visita ad limina, cada cinco años, y en las diócesis, con ocasión de la visita pastoral del obispo a las parroquias.  Es una forma de entender la rendición de cuentas piramidal. Pues bien, la rendición de cuentas del ministerio pastoral al Pueblo de Dios es un derecho que habría de ser insertado el derecho canónico, un código bastante más extenso en los deberes que en los derechos del laico.

  1. Confiar ministerios a los laicos. La presidencia laica de comunidades

En los orígenes del ministerio en la Iglesia se nos habla de la suegra de Pedro (Mc. 1, 29-31) y del trabajo en la fabricación de lonas de Pablo (Hch. 18,3) “para no ser carga para nadie” (1 Tes. 2, 9). Esto es, en Pedro, el ministerio fue compatible con el matrimonio. Y en Pablo, fue ejercido en condiciones de voluntariado, esto es, compatible con la profesión. Sólo una sacralización ulterior, ha separado al ministro de la familia o del desempeño profesional civil. En el cristianismo primitivo ser buen padre de familia acreditaba condiciones para ser buen obispo (Tim. 3, 1-7) “si uno no sabe regir la propia familia ¿Cómo se ocupará de la Iglesia de Dios?”.

Por la perentoria escasez de sacerdotes, más pronto que tarde habrá de plantearse la apertura a los laicos y laicas de la presidencia de comunidades parroquiales o de las unidades pastorales. Urge tomar en serio los ministerios laicales y señalar “su lugar eclesiológico propio”, que no se limita a tareas de sustitución.

  1. Abrir el sacramento del orden a la participación de la mujer.
Michael Treu en Pixabay 

Es obligado plantear la cuestión de la participación de la mujer en condiciones de igualdad respecto del varón.

Y se debe de incluir el acceso de la mujer al sacramento del Orden. Propuesta que el propio papa Francisco ha admitido sea estudiada para el caso del diaconado de la mujer. Porque respecto al sacerdocio ministerial reservado a los varones ya ha dicho que  “es una cuestión que no se pone en discusión” (EG 104).

La actual posición del magisterio de la Iglesia, contraria a que la mujer pueda acceder al ministerio presbiteral, declarada en Inter Insigniores (1976) se basa en que es voluntad del propio Jesucristo, el cual “llamó solamente a varones para ser sus apóstoles” (ChL 51). Es un argumento que debe dirimir comprendiendo tanto teológica como históricamente la formación del colegio de los Doce y de qué manera éste es resultante de la voluntad de Jesús. Porque, desde luego, testamento ordenado, firmado y sellado no fue. Es necesario tener en cuenta que Jesús, aun siendo el Hijo de Dios y precisamente por el misterio de la Encarnación, fue, culturalmente, un hombre de su tiempo.

 Por otra parte, desde un punto de vista sociológico, cabe preguntarse si en la argumentación del magisterio actual no late una ideología de género, del otro género. Porque es paradójico que las mujeres, además de tener vedado el ministerio presbiteral, también tengan prohibido el acceso al diaconado, cuando hay testimonio neotestamentario de la existencia de diaconisas en la Iglesia.

  1. Temporalización en el ejercicio del cargo: encargos con plazo

La prudencia, sabia en las patologías del poder, ha aconsejado limitar con el tiempo el ejercicio del cargo. Por ello el Código de Derecho canónico tiene abundantes consideraciones al respecto.

Comenzando por el papa, dimisión a tiempo. La renuncia de Benedicto XVI debe marcar una pauta de comportamiento.

Bajar la edad de jubilación de los obispos de los 75 a los 70. Porque un gobierno gerontocrático tendrá enormes dificultades para estar atento a los signos de los tiempos. En el caso de los presbíteros, igualmente, bajar a los 70 años la edad de presentación de la renuncia a cargos de dirección pastoral. Ello no excluye prestar servicios pastorales, si las condiciones físicas, psicológicas y de salud lo aconsejan.

En cualquier tipo de ministerio, sea episcopal, sacerdotal o laical, no son recomendables los cargos indefinidos.

  1. Dotar de un estatuto teológico a las Conferencias, con capacidad magisterial.

Los problemas con el mundo moderno acabaron por definir en el siglo XIX una eclesiología que remarcó la primacía del pontífice hasta un punto extremo. Los últimos pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI han fortalecido el poder de la curia vaticana en relación a las Iglesias locales y continentales, lo que es a todas luces necesario reequilibrar.

Hay que decir que, cuando se observa el grado de división de otras confesiones hermanas, es de enorme valor la comunión de la Iglesia católica, debida en parte a su estructura jerárquica y particularmente el ministerio petrino. Pero, en este mundo global, la centralización excesiva es un hándicap para la dinámica misionera de la Iglesia.  Francisco apela a la responsabilidad de las Iglesias locales en la búsqueda de “soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales”; y en Evangelii Gaudium habla de la “descentralización” porque “no es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios”.

En ese sentido, apunta a conceder “un estatuto” a las Conferencias Episcopales “incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Es hora de que las Conferencias sean consideradas elemento estructural de la Iglesia con entidad teológica y jurídica.

  1.  Sínodos con fuerza deliberativa y con participación de toda la Iglesia.

El Sínodo de Obispos es uno de los órganos más importantes nacidos del Concilio Vaticano II. En los debates conciliares se barajaban dos modelos: el de quienes querían que fuera el órgano máximo de la colegialidad episcopal, con fuerza deliberativa, y el de quienes lo entendían como órgano consultivo del Pontífice. Ganó esta segunda opción para preservar la soberanía y autoridad del papa. De esta manera, las conclusiones sinodales sirven como materia prima para que el Papa haga con ellas lo que estime, mientras que podrían servir como declaración del cuerpo que dirige la Iglesia, con un carácter simultáneamente colegial y primacial.

En algunas de las convocatorias de los recientes Sínodos, se  ha llamado a los laicos a dar su testimonio, en un papel subalterno. Lo deseable sería la celebración de Sínodos de la Iglesia, con representación de todo el Pueblo de Dios, laicos, obispos y presbíteros y vida religiosa. La riqueza de esta experiencia de comunión sinodal sería extraordinaria. 

  1. Nombramiento sinodal de obispos.

La sinodalidad, debe alcanzar de modo particular al procedimiento de nombramiento de obispos. El modelo vigente, por el cual el nuncio elabora, a base de consultas discrecionales y reservadas, una terna sobre la que la Congregación de Obispos delibera, proponiendo al papa un candidato, es un modelo que hace aguas por varias razones. La primera, no es un procedimiento acorde con la communio, pues prescinde de la Iglesia local, y del nivel intermedio, la colegialidad regional entre Iglesias locales. La segunda, si se examina con verdad, este procedimiento, en lugar de ser un ejercicio de la soberanía papal acaba siendo una manifestación del poder de la curia. El modelo de discernimiento y elección episcopal necesita más participación, más transparencia, en definitiva, más sinodalidad.

En el primer milenio, para la elección de obispos, se observó por lo general un principio electivo. Y en el siglo V, el papa León Magno, pontífice centralizador, mantenía que “cuando haya que elegir a un obispo, prefiérase entre todos los candidatos a aquel que reclamen con unanimidad el clero y el pueblo”.  Es oportuno pensar que esa  práctica de escucha de la Iglesia local,  vigente hoy en muchas diócesis alemanas, por ejemplo, podría proponerse como regla principal.

  1. Colegio elector del papa: de la tríada del orden a la tríada del bautismo

No puedo concluir este catálogo de propuestas sin mencionar una más: la inclusión de varones y mujeres, laicos y de vida consagrada, en el colegio elector del papa, en el colegio cardenalicio.

Las tres vocaciones laical, ordenada y consagrada, completarían mejor la Iglesia communio, que una composición como la establecida por el Código de derecho canónico de 1983, que exige el orden (diaconado, presbiterado y episcopado) para formar parte de este organismo elector del papa, excluyendo a los bautizados. De la tríada del orden a la tríada del bautismo.

Puede visionarse la conferencia del autor en el Foro Gogoa en:

Carlos García de Andóin: «Por una iglesia sinodal en la cabeza y en los miembros. Nuevos retos».

1 comentario en «El Sínodo: oportunidad y desafío»

  1. Juanita Gómez Loayza, ss.cc.

    La Iglesia somos varones y mujeres, somos todos en un mismo caminar. Vat.II nos abriò una puerta de apertura, pero aùn hace falta la equidad. Creo que ya es de romper con el clericalismo y tener en cuenta el papel protagonico e importante de la mujer, Es un camino que necesitamos aprender de Marìa, la Madre de Jesùs, que abre nuevos caminos, lanza a la Misiòn a su hijo. Dios en vano no nos ha hecho hombres y mujeres, sino para complementarnos sin protagonismos, ni egooismos. Reconocer la misiòn de la mujer en la Iglesia es valorar el papel de Marìa y las mujres que acompañaron a Jesùs. Hace hace falta valorar el rol de las mujeres consagradas y mujeres Laicas, y darle su lugar en las organizaciones de la Iglesia. Tengo la experiencia que son ellas las pilares de las comunidades laicales, Somos nosotras las poratadoras de la bondad, sencillez y de la ternura de Dios. Si la Biblia y algunos documentos de la Iglesia estuvieran escritas por mujeres tendrìan mayor sentido de la humanidad, misericordia y compasiòn de Dios. En fin hay mucho camino por emprender en este sinodo. Dejemos al Espiritu actuar y escuchemos lo que Èl nos inspirè para trabajar por el reino de Dios y su justicia, sino queremos morir y desaparecer como ya està pasado en algunos paises del mundo. En Amèrica Latina està la semilla del Dios de la vida y el camino de la renovaciòn de Iglesia en Comuniòn y paricipaciòn.

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