Que sople

La decisión de Benedicto XVI de renunciar a su condición de papa se ha convertido en una de las grandes noticias del año. Cuando este número de alandar haya llegado a tus manos, ya habrás tenido la oportunidad de leer docenas de opiniones y análisis sobre el legado de su mandato. ¿Qué más podemos aportar desde esta publicación? Pues, seguramente, una versión diferente que brota desde la fraternidad y la libertad para opinar.

Joseph Ratzinger abandonó sus obligaciones el 28 de febrero. La Iglesia y el resto del mundo conoceremos al nuevo sumo pontífice, probablemente, antes de Semana Santa. Benedicto se va después de haber humanizado, con su decisión, la figura del papa de Roma. Mermado por los años y por las presiones internas, desechó la opción de buscar la santidad apurando el atardecer de su vida y optó por una salida digna, haciendo gala de modernidad y heterodoxia. El que fuera durante del pontificado de Juan Pablo II azote de la heterodoxia y el relativismo ha tenido que bregar durante su papado con fuertes presiones internas de las fuerzas más conservadoras -con el Opus Dei y Comunión y Liberación a la cabeza- que buscaban un mayor poder dentro del gobierno de la Iglesia.

Aunque fue recibido con recelo en el inicio de su papado, las decisiones tomadas y los documentos escritos le granjearon a Ratzinger alabanzas dentro y fuera de la Iglesia. Su determinación a la hora de condenar al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel –acusado de abusos sexuales– o de apoyar la investigación de algunos casos de pederastia en seminarios y colegios religiosos, avalan la toma de postura valiente ante algunos de los muchos Vaticanleaks que todavía son negados por gran parte de la jerarquía. En su “debe” hay que recordar, entre otras cosas, la dureza con la que calificó de “radicales” a las monjas norteamericanas por ser fieles a un Evangelio radical (como lo es el de Jesús).

Pocas personas esperan que el nuevo papa instaure el aggiornamento que se proclamó el Concilio Vaticano II. La curia vaticana, después de las “sorpresas” que supusieron Juan XXIII o Juan Pablo I, no volverá a cometer errores de cálculo. No obstante, pondremos nuestra terca esperanza en que el Espíritu sople con fuerza en el cónclave, igual que lo hace a diario en nuestras vidas.

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